Te voy a doler

Las palabras con filo

que lanzo de mi boca

tu corazón el blanco

mi puntería certera.

Las palabras redondas

se me caen como piedras

que transporto a prisa en una carreta

sin la intención de dañar. Un accidente.

Las palabras escondidas detrás del silencio

no quisieron salir a decirte

que lo sentí mucho

que tenías razón.

De todas las palabras que duelen

y que he dejado me salgan de la boca

vivas por el aliento que cabalgan

las peores siempre son “ya no”.

Cosas que nunca quise que supieran

Te va a doler. La rodilla cuando te caigas. El estómago cuando comas mal. La consciencia cuando mientas. El corazón cuando te lo rompan. Te va a doler y no hay nada que yo pueda hacer parar evitarte el dolor que tiene la vida para ti.

Hay gente que te va a hacer daño. Los que tengan la intención, esos monstruos que acechan las esquinas de cada interacción virtual a la que tienes acceso ahora. Pero también gente que conoces. Hasta las personas que quieres y te han querido, pueda que te hagan daño sin querer (o queriendo). Te van a lastimar y fallar y herir. Y vas a poder salir del asunto con más o menos una colección de cicatrices que sanan.

Tú le vas a fallar a alguien. A mí, a la maestra, tu jefe, tu pareja. Lo vas a hacer con toda la gana de hacerlo o vas a cometer un error y verás la decepción en los ojos de las personas que te importan. Espero que eso te sirva para no volver a cometer el mismo error. No te preocupes, siempre hay nuevos para estrenar.

El mundo está lleno de cosas horrendas y no quisiera que tuvieras contacto con ellas. Pero tratar de protegerte, de esconderte, es negarte la posibilidad que encuentres todo lo maravilloso que sí existe. Así que tendremos estas conversaciones muchas veces. Aunque me cuesten tanto como hoy.

Las cosas que he aprendido

En la olla de cocimiento lento tengo lo que, después de horas y horas al calor, se convertirá en la salsa verde que le gusta a mi gente. O no. Porque estoy aprendiendo a hacerla y, a pesar de lo metódica, nunca apunto qué le pongo a las cosas como la salsa verde. Termina gustándome mucho y a la siguiente vez, me gusta igual, aunque no sepa a lo mismo.

Los martes lavo las sábanas y toallas y los jueves la ropa. Para eso sí tengo un orden que no falla, porque el resultado tiene que ser el mismo con la menor cantidad de pasos posibles. No he aprendido a doblar las sábanas con elástico…

Escribimos la libreta de tareas del día siguiente con el niño todas las noches, yo, que nunca he llevado una agenda en mi vida. Y he aprendido a no levantarme temprano los domingos.

Entre tantas cosas nuevas que he aprendido en estos meses, no llego a entender todo lo que me falta, como más paciencia y menos impulsividad. Tengo que aprender a escuchar con empatía las emociones de mis hijos aunque me parezcan desproporcionadas. A darme más espacio para no reaccionar sin pensar. Y a doblar esas cochinas sábanas con elástico.

Confirmaciones dudosas

El sábado, la niña me dijo que había muerto la Reina Isabel, cosa que no es cierta. Hay cosas que se deben corroborar, el problema es cuando el lugar a donde uno va, es el mismo del que salen las mentiras.

Pasa igual con nuestros sentimientos. Nos dicen que algo es de cierta forma y les volvemos a preguntar. ¿Cómo nos van a decir qué hacemos si no hay manera de saber si son ciertos?

A la par de eso, considerando que toda apreciación de la realidad es necesariamente subjetiva, lo único inobjetable es lo que uno siente. Y así nos dejamos navegar por la vida. Hasta que aprendemos a examinarnos ¿de verdad eso es lo que me está pasando? ¿Segura que tengo hambre, no sólo es aburrimiento? Y pasa. Muy seguido.

Al menos para noticias como la de la Reina, sí puedo ir a Wikipedia.

La noche de domingo

Hay un pozo sin tiempo que sucede todas la semanas. Principia el domingo a las 4 de la tarde y no termina nunca, hasta que, ¿milagrosamente? es lunes. Los atardeceres en esos días se alargan, porque las noches se pasan en desvelos. No sé si sea el exceso de comida, el antojo de pizza que nunca se sacia, el tomar vino con cautela porque mañana nos despertamos temprano.

Es una estación entre dos ciudades concretas y nos deshacemos allí en el no-estar. Tal vez por lo mismo es el día que como sin pensarlo, vemos películas viejas y nuevas todos juntos, ocupamos un espacio reducido y nos hablamos mal. Queremos comprimir en este día místico toda la atención, el descanso y la comida que no le pusimos a los otros días. O se nos hace evidente que ya termina otra semana y que se nos acumula la vida que debemos.

Mando a los niños a dormir temprano y trato de hacer lo mismo. El tiempo gelatinoso se evapora y me va a dejar al fondo, toda pegajosa de lunes.

En medio

Quiero sentarme

en medio de un subibaja

el punto en donde nada se mueve.

Estar dentro de la tormenta

ver el mundo caerse a mi alrededor

pasar sin mojarme.

Quiero caminar sobre la llama ardiendo

mis pies tocar las brasas

sin sentir el calor.

Despojarme del ir y venir

de la marea que me mueve

quedarme quieta

y dar un paso al frente.

El tedio

No hay espacio emocional más peligroso que el aburrimiento. Es ese vacío que uno sólo llena de cochinadas y, en estos tiempos, estar ocupada no es sinónimo de estar entretenida. Hoy en especial me da pereza hasta tener hambre y quiero cambiarlo todo, la rutina de ejercicios, mi pelo, la ropa, el clima. Tal vez sea que no he podido salir al sol (no entiendo a la gente que prefiere los días nublados), o que no he podido salir a nadar, o que no he podido salir. Y van a pasar más días en lo mismo, así que, hacer cambios es imperativo.

Siempre caen bien los cambios cuando las marcas que deja la rutina ya son demasiado profundas. Las ruedas no caminan bien y se traban sobre los rieles ya conocidos ad nauseum. Así que, o reimagino mis días para que me sean menos aplastantes, o me dejo caer en la miseria de la nada. Y qué aburrido eso.

El momento justo

He tratado de leer Tropic of Cancer de Miller tres veces en tantos años y no paso de la página 50. Me parece repulsivo. Luego recuerdo los otros libros que me han caído mal antes y que me gustan después. Todo tiene un momento.

Pasa frecuentemente con las pelis que escogemos para ver con los niños. El criterio de qué es adecuado es más un arte que una fórmula matemática y se reduce a no querer llenarles la mente de cosas para las que aún no están preparados. Todo tiene matices y si no se pueden discutir por falta de cualquier cosa (edad, experiencia, disposición), se pierden y lo que queda es lo más burdo.

Al igual que con Miller, The Sopranos no me había llamado la atención hasta hace unos meses. Al contrario que el libro, esa serie sí la estoy viendo con gusto. Espero que en este cuarto intento, pase de la página 100.

Un café o un té

Tantas veces que un café se vuelve una plática y el líquido pasa de servirse en taza a copa, púrpura al final del día. Extraño las tardes sentada en un lugar que no sea mi casa con alguien que no sea mi familia, para hablar de cosas que no sean el virus. Y también acepto que me gusta la cercanía que hemos tenido en estos meses con los míos, las comidas compartidas y los vinos de los viernes. Quiero creer que había cosas flojas que apretamos (me lo escribieron en una carta) y que me hace falta todo lo que me estaba sobrando.

Ahora tomo té en la mañana, una taza extra después de almuerzo y mucha agua para ahogar los deseos innecesarios. Podría estar viendo una serie de adultos, pero en la mesa del comedor estamos los cuatro, cada uno con lo suyo y esto también me hace bien. Me he enterado de la marea de emociones de los engendros y cómo navegarla. Y también en dónde regalar las mías.

Nada volverá a ser igual. Igual nada nunca lo es.

Un lunes más

Vivir en estos tiempos es estar entregados a lo surreal. Ese plano que se sale de lo normal, pero que de todas formas podemos palpar. ¿Qué otra queda cuando el mundo se desmorona? Nada más que seguir. Y querer.

Me tocó pasar mi cumpleaños en el encierro y me la he pasado lindo. Hasta con pizza. Quiero lo que tengo y eso me hace afortunada. Tal vez no lo hubiera apreciado de otra manera.

Gracias por todo.