Pasaba frente a tu puerta abierta
para ver que no estabas
escalinatas vacías, ventanas sin miradas.
Hoy estaba cerrada
no sé si había alguien
tirándome palabras detrás de la madera.
No sé si no estás.
Pasaba frente a tu puerta abierta
para ver que no estabas
escalinatas vacías, ventanas sin miradas.
Hoy estaba cerrada
no sé si había alguien
tirándome palabras detrás de la madera.
No sé si no estás.
La desviación de las palabras se puede hacer usándolas demasiado o utilizando otras expresiones menos «fuertes». «Amar», por ejemplo, se utiliza para tantas cosas distintas, que apenas saca alguna sangre cuando se dice de verdad. Las cosas que se dicen, cuando llevan todo el filo que deben, cortan, queman, marcan, duelen. Como debe ser.
Pero no sé qué me disgusta más, si la sobreutilización de palabras, o su desuso por completo. «Compañera», en vez de novia (hasta «pareja» es menos tibio). Acabo de leer que un político dio «aseveraciones falsas», háganme favor, cuando «mentira» explica perfectamente lo que se hizo.
El lenguaje nos separa del resto de animales, sobre todo en su uso abstracto y desligado del tiempo inmediato. Poder hablar de planes futuros, de recuerdos, de anhelos y rechazos, nos ha construido la cultura. ¿Qué sería de la poesía si no hubiera una calle de idioma por dónde llevar todos los sentimientos?
Me gusta ser precisa, aunque me arriesgue a ser pesada. Al fin y al cabo, prefiero que lo que digo lleve toda la gravedad de lo que quiero comunicar. Para cosas efímeras, están las miradas y ésas sí son sujetas a interpretaciones erróneas.
Cuando toca cambiar teléfono, me da ansiedad. Nunca me sé todas las contraseñas, ya he borrado cientos de fotos y bajado repetidas veces sistemas operativos. Digamos que los nuevos aparatos me encantan, pero quisiera que se pasaran solos la información. Y eso que ya no vuelve uno a escribir todos sus contactos… parece de la prehistoria.
Nos gustan las cosas que nos gustan. Tendemos a ser amables con sus defectos, aceptar en dónde se quedan cortas y minimizar sus carencias. Lo nuevo, tan brillante y seductor, da miedo por lo mismo que es desconocido. Nos dicen que puede ser mejor, pero sólo podemos saberlo hasta que lo probemos y, una vez montados, ya no hay marcha atrás. O al menos así se siente, como si cada cambio fuera irremediable. Peor aún, como si no cambiáramos de todas formas, hasta sin darnos cuenta.
Todos los cambios asustan. Pero, el pelo vuelve a crecer, hay otros trabajos, la siguiente comida tal vez nos gusta y… cada vez es más fácil cambiar de aparatos.
Las mejores meditaciones son las que logro hacer en medio de mucho ruido. Me obligan a fijarme en lo que tengo en ese momento. En general, medito en el clóset, de madrugada, sin muchas distracciones externas. Y allí es cuando todo mi cerebro se pone de acuerdo para no callarse. Hasta canciones escucho.
El secreto de no tener gastritis nerviosa es ponerle atención a lo que hay. Hasta las peores circunstancias merecen tiempo, porque escondernos sólo las prolonga. Es como los ruidos de la calle o las nubes en el cielo. Simplemente existen y no tenemos forma de quitarlos.
Estoy tan dispersa que no puedo ver media hora de tele sin distraerme. Pero intento fijarme, porque es lo que tengo enfrente.
Me encanta, cuando voy de copiloto, fijarme en las calles al revés. Verlas en el sentido opuesto del que siempre las observo cuando manejo. Tienen una cualidad de espejo, familiares pero distintas. Algo así como cuando conozco gente nueva. Siempre es una oportunidad para presentarme en una luz diferente. Soy yo, pero no me conocen, así que pueden ver otra cosa.
Las historias principales de la vida siempre son las mismas, lo que varía es quién las experimenta. Así no importa que no haya nada nuevo bajo el sol, porque cada persona es un universo en explosión, las palabras llegan por primera vez a los oídos, los amores se viven por primera vez, miles, millones, infinitas veces.
Así, hagamos un simple cambio de ángulo de cabeza. Si logramos encontrar el enfoque distinto, todo será nuevo. Tal vez hasta nosotros.
Hazte un tatuaje en la espalda
caminos en volutas
que te cubra la piel.
Lo recorren mis dedos
un paseo de domingo
sin levantarnos de la cama.
Todos los retos comienzan donde termina la paciencia. Ésa que nos hace aguantar lo que nos molesta, que nos aconseja quedarnos tranquilos porque es lo que conocemos, la que nos acomoda donde no estamos felices. La paciencia, como virtud, no es mi favorita. Creo que no la tenemos definida de una forma positiva, porque eso de aguantarlo todo no le puede servir a nadie.
En cambio, el amor, tanto propio como para los demás, sí nos ayuda a tener dimensión de lo que debemos tolerar y cómo nos debemos comportar. A alguien que amo no lo trato mal y le comprendo los días difíciles. Sobre todo si esa persona soy también yo.
El final de la paciencia sirve para avanzar, pero lo mejor es hacerlo sin destruir. Mis mejores decisiones las he tomado antes de llegar al límite. La orilla de un precipicio nunca es buen lugar para dar un paso.
En casa, lo que va quedando de la comida (que nunca es demasiado), lo paso en tacos, reimaginado en sabores distintos de los originales. Se convierte en algo hasta mágico, eso de presentar lo mismo, pero no. La gente en casa siente que le puse un buffet para escoger, yo me siento como administradora eficiente de recursos y la refri se vacía. Todos ganamos.
Siempre nos van quedando pequeños resabios de cosas útiles, el retazo de un poema aprendido en el colegio, la falda que nos gustaba hace años, el suéter de mi mamá. Cosas que no vamos a tirar, ya son parte nuestra, pero parecen piezas sueltas de Legos. Construirse uno cada vez con lo que tiene a mano es lo único que nos salva de quedarnos desperdigados por el suelo. Seguro no nos parecemos al plan original, pero no significa que no seamos igual de bonitos.
Y, los tacos de sobras, se elevan a otro nivel con aguacate.
Nunca he podido hacer malabares con tres pelotas. Supongo que es falta de técnica y práctica, pero no me sale y me encanta ver a la gente que sí puede. Supongo que es un balance entre fijarse y dejar ir para que todo fluya.
En estos días me siento así, como una malabarista principiante a la que sacan al circo con más pelotas de las que puede tener en el aire. Le pongo atención a una cosa y se me descompone otra. Si sale bien el almuerzo, falta una tarea de mate y si tengo que comprar verduras, sale mal el arroz. Va siendo complicado y la vida no está en cuarentena. Seguimos necesitando vivir.
Tal vez lo mío no sea mantenerlo todo en el aire al mismo tiempo, sino irle dando atención a cada cosa a la vez y tener fe que lo demás se puede atender solo. Menos mal no he probado con antorchas encendidas.
Los días me empiezan temprano porque el tiempo se diluye entre revisar tareas, trabajar, hacer almuerzos… las horas no alcanzan y las ganas se desvanecen con la oscuridad. Así que me suena la alarma a las 4 y comienzo. De lunes a viernes y resulta que sábados y domingos, sin alarma, igual me despierto a la misma hora.
Las rutinas son para facilitar las cosas y la conveniencia de no pensar en detalles repetitivos. Así le damos descanso al cerebro de tomar decisiones, porque no distinguimos entre lo importante y lo meramente de trámite. Tener que escoger entre una camisa y otra no va a determinar nuestra vida, pero igual tenemos un momento de indecisión.
Todo eso está bien, hasta que la rutina igual me hace despertarme antes de lo que quiero los domingos.