Mi preferida

De todas las veces que te fuiste

y regresaste porque

no podías estar lejos

quisiste mi piel

añoraste mi voz

ahogaste la despedida en un saludo

volviste a tocarme

besaste el vacío

y te sentaste a mi lado,

de todas esas veces,

la que más me ha gustado es

cuando nunca te fuiste.

Una por una

En algún libro leí que un elefante se come un bocado a la vez. Chiste viejo, verdad antigua. Y me está pasando con el mentado rompecabezas que armo ahora. No hay manera de ordenar bien las piezas, tengo que fijarme en el patrón y buscar de una en una. La tarea parece interminable.

Todas las hazañas del mundo se perciben como milagrosas. Alguien que descubre un invento, la solución a una fórmula inalcanzable, la pose de yoga que desafía la biología. Y es porque no acompañamos en el camino a la persona que logra todo eso. Muchas veces, los pasos son cortos, hay pausas, hasta retrocesos. En realidad, el éxito es la única diferencia entre la necedad y la perseverancia. Y aunque tiene mucho qué ver que el avance sea en la dirección correcta, hay que admitir que para cualquier resultado, hasta los que no queremos, lo que se requiere es aportarle algo de forma constante.

Todos tenemos rutinas que dan exactamente los frutos para los que están diseñadas. Hay que revisar lo que obtenemos y ver si eso es lo que queremos. Y seguir comiendo el elefante bocado a bocado. Tal vez algún día termine este rompecabezas.

Un poco es demasiado

Me siento a revisar tareas con el niño preadolescente y huelo vainilla. Se hace leche con café y avena y hoy le echó una tapita de concentrado de esa esencia, pero una tapita es demasiado y todo se siente exagerado. Algo pasa en su cerebro estos días que se va exprimiendo hasta no dejar mucho más que ojos y dientes. Resulta que, a esa edad, comienzan todas las neuronas a volverse más eficientes en su comunicación. Surge la necesidad de reforzar la red automática que se asienta en la corteza prefrontal y cada conexión se agiliza. Pero perdemos integración. Con cada año que pasa y más información que tenemos, menos le ponemos atención a los detalles porque creemos que tenemos todas las respuestas. Rellenamos los espacios vacíos porque necesitamos ser más rápidos. O al menos eso requería nuestro entorno cuando debíamos huir de depredadores. Ahora que no es necesario, ¿de qué tanto nos estaremos perdiendo?

Un poco a veces es demasiado, como el olor de mucha esencia de vainilla que le ponemos al café. Pero, el poder fijarnos en ese poco, sí hace una diferencia.

En seis días

Mi cumpleaños es el domingo. No me gusta celebrarlos. Y resulta que este año estoy feliz de cumplir años. Qué sé yo cómo funciona esto. Tal vez es porque no tengo presión de hacer algo y puedo genuinamente pedir algo que yo quiero. Pizza, vino, waffles, relámpagos. Todo lo que no como y que se me antoja. Cosas nada complicadas. Estar con los míos. Tal vez buscar una película.

Hay cosas que se cuelan y comienzan a ocupar espacio. Son pequeñas al principio pero se acumulan hasta pesar. Los recuerdos también. Este año estoy desempolvando los cuartos de mi vida y me siento más liviana. Puedo ponerle energía a lo que sí me importa. Y pensar en la comida que quiero para mí.

El rito y la sustancia

Tan rico hacer una receta que quede bien. Entre los pasteles que se tienen que medir con exactitud, los panes que se deben calcular con el tacto y la comida salada que hay que inspirarse, las recetas son fórmulas, guías y sugerencias. Encontrar una que sirva tiene magia en sí. Y el proceso de realizarla hasta comerse el primer bocado es alquimia. El rito de comer en familia nos une desde la primera fogata y regresamos a él todos los días.

Lindos los domingos sin prisas. Hasta el café es pócima. Entre el pan del desayuno hecho el sábado, las costillas del almuerzo y un remedo de pastel en taza, la comida que me doy permiso estos días adquiere toda la dimensión de las cosas prohibidas que se atesoran. Porque estoy con los míos y es lo mejor de todo.

Como al tiempo

Enamorarse como del tiempo

que anda atrás nuestro

un paso tarde, nostálgico, hermoso.

O delante, aprisa, fuera de alcance,

el rostro de perfil y el cabello al viento

nosotros corriendo detrás.

Nunca está a nuestro lado,

sabemos que pasó,

por las huellas en la piel.

Te amo como al tiempo

que cuenta mi vida

que tiene fin.

Volveré a escribir

Cuando nade, cuando maneje sola, cuando no revise tareas. O cuando me siente a escribir. Un párrafo a la vez y serán buenos. O no. Y ya lo hago siempre, pero venir aquí a veces me distrae.

Escribir es armar rompecabezas con palabras, dejar que la historia se cuente sola y en estos días no me he podido sentar a escucharla. Pero… hoy me senté a poner algo en la pantalla. Mañana haré lo mismo y saldrá lo que sea. Va a ser glorioso. Y no porque lo que escribo sea bueno, pero hacerlo sí lo es.

Los días veganos

Decidimos, para no quedarnos con las ganas de probarlo, hacer días veganos en casa. Quedan justo después de mis días de ayuno, así que a la hora del almuerzo los martes, podría comer casi cualquier cosa y pensar que sabe rico. Y, sí, saben rico los garbanzos y los vegetales rostizados. Pero me hace falta la proteína y tal vez los miércoles son mis días favoritos.

La ventaja de tener días que se salgan de la rutina, es que nos ayudan a reinstaurarla. Sólo porque creemos que no tenemos disciplina, no quiere decir que no hagamos cosas consistentemente, lo que pasa es que no necesariamente hacemos las cosas que mejor nos caen. Como ejercicio, o escribir, o meditar. Es fácil decir que lo único que se necesita para hacer algo es hacerlo. Fácil y suena tonto. Pero es lo más importante. Vencer el microsegundo de rutina ya instaurada que nos impide levantarnos y simplemente comenzar.

Los martes instauramos los días veganos y ya son parte de la rutina, aún cuando lo que hacen es interrumpir la que siempre llevamos. Ya lo hago en automático, el menú varía y la inversión de pensar cómo ponerles los vegetales a la gente de la casa para que se los coma es intensa, pero gratificante. Pero no quiere decir que no ansíe el pollito de mañana.

Una taza grande

Hay cosas que me gustan grandes. Las tazas, por ejemplo. Así tomo todo el café de un solo y no voy por más. Cuando lo hago en tazas pequeñas, termino tomando tres o cuatro veces lo de siempre. Pura cuestión de percepción. Igual que comer “boquitas”. Nunca sacian, porque siempre cree uno que fueron pocas. O servirse en un plato pequeño la comida para que parezca mucha.

Hay demasiadas formas de engañarnos. Es divertido que uno mismo sea quien lo hace y se lo cree. ¿Será que podemos ocultarnos de manera efectiva las cosas? Lástima que creer que lo que uno come parado frente a la refri no engorda no sea suficiente para que no lo haga.

Y ese es el problema de los autoengaños. Siguen siendo mentiras y tarde o temprano debemos enfrentar la realidad. Tener esa conversación incómoda. Aceptar el error. Sentir esa emoción negativa. Querer ver una cosa distinta de lo que es, sólo enferma. Y tomar demasiado café también.

Me tomo fotos

En todas partes, con todo el mundo. Le tomo también a la comida y a mis gatos. Obligo a mis hijos, les pido a la gente que quiero. Las fotos me sitúan en un momento bonito y me hacen regresar.

Me gusta verme en una foto, porque sé que jamás voy a volver a ser igual y, probablemente, tampoco haya sido como lo recuerdo. Y está bien. Es un acto de magia que perdura y se multiplica. Las notas de resumen de la vida que luego juntamos y volvemos a contarnos, aunque no sean tan fieles. No importa.

Hoy hicimos las empanadas de ciruela de la receta de mi mamá con la niña y las fotos nos tienen sonriendo juntas luego de una semana complicada. En un año voy a regresar a las sonrisas y ni voy a recordar las peleas. Mejor así.