La piel se marca

La piel se marca, se arruga, se abulta

hay pliegues en el vientre, estrías y moretes.

La piel se estira y no regresa a su lugar

se mueve con la vida, se adelgaza.

La piel es lisa y firme cuando no le damos importancia

espera, suave, una mano que la recorra.

La piel lleva nuestra historia escrita

un mapa del sol, los golpes, las heridas.

La piel se marca también con los besos y caricias

las que no se notan, que se llevan por dentro.

Ven, márcame la piel, hazme un tatuaje con tu boca

deja surcos en el campo de mi cuerpo.

La piel es tierra que se marca y se siembra

y yo le planto tu recuerdo para que me germine tu presencia.

El ensatane

No es tanto que me enoje, sino que soy expresiva. Con mis hijos soy estricta y seria, pero también nos reímos mucho y está bien. El volumen de voz en la casa es alto y allí vamos. Nos queremos mucho, eso sí. En general, no estallo de pegar paredes y tirar cosas, mucho menos insultar. Pero…

Hay un término acuñado por mi persona para describir el súmmum de la molestia: el ensatane. Es más que estar enojada. No implica rabiar. Es el coraje que recorre caliente desde los pies hasta la cabeza y lo deja a uno con ganas de cortar cabezas mientras se sonríe. Yo me pongo extremadamente calmada y fría y digo las cosas más espantosas, sin insultar. Cualquiera prefiere gritos a eso.

Creo que vale la pena dirigir la energía de cualquier emoción hacia lo que se quiere lograr al final. Todo tiene una dirección y es posible apoyarse hasta de un sentimiento negativo para llegar a donde uno quiere. E implica sentir verdaderamente, observar la sensación que nos deja, analizar cómo usarla y hacerlo. Da libertad sentir y aún más el no dejarse arrastrar por el enojo o lo que sea. No es uno un incendio forestal para arrasarlo todo al paso. Pero sí puede ser un lanzallamas para destruir lo que se interpone.

Aún me duele la cabeza de anoche. Pero logré solucionarlo y quedar en una situación de ventaja sin arrepentirme de una palabra grosera. Y ya regañé parejo a los engendros hoy.

Lo nuevo, lo malo y lo viejo

Me cambié el corte de pelo. Es lo nuevo. Me queda nuevo, o sea, me siento rara. Lo malo. Pero como lo tenía antes, lo viejo, ya no funcionaba.

Aceptar los cambios es salirse de lo que uno conoce, dejar de comer igual, pasear por otro camino, probar nuevas formas de contestar. Lo exterior también influye en lo interior, porque somos todo uno. Y sí, hasta el pelo refleja el estado de ánimo (un poco más la humedad).

Me cuestan los cambios. Pero he aprendido a no dejarlos para el extremo de la desesperación porque entonces tomo decisiones extremas. Y ya me ha tocado esperar mucho tiempo para dejar crecer otra vez el pelo.

Revisar

Mi día termina haciendo agenda y revisando el trabajo del día. Nunca imaginé tener tanto qué ver con las tareas de los niños en el cole. A mí me dejaban como animalito de monte, hacerlas sola, y creí que esa era la forma normal. Resulta que no.

Pero va más allá de la vigilancia el asunto, al menos eso he aprendido. Revisar lo que hacen me entera de cómo van en las clases, de qué maestra da mal (muy mal) las instrucciones y no se le entiende, en dónde están flojos y cómo puedo ayudarlos. No es en balde que ahora sí puedo ofrecerles mi ayuda y sentir que sé qué hacen.

No me gusta tener que estar encima para que hagan lo que les dejan del cole. Me cansa. Pero voy aprendiendo, poco a poco, a que ese tiempo también nos acerca más.

Quiero volar

Y con alcohol no se puede, ninguna otra sustancia ayuda. Volar tiene más que ver con ser libre, la facilidad de cambiar de postura, una cierta inquietud, inconformidad. Quiero salir a correr, mejor a nadar. Un mundo suspendido entre corrientes de deseo, calientes y frías, siempre hacia delante. Flotar sobre un río, llegar al mar.

También se puede esperar en la playa y que el calor me evapore. Los domingos se me desamarran las obligaciones para poder escogerlas al final del día y retomarlas mañana, las que sirvan. Vamos a sentarnos en el sillón de siempre, contemplar desde una vista más amplia y dejarme del lado, no al centro, no hay centro (al menos eso dicen los astrofísicos).

Voy a querer hasta olvidar, un amor sin razón, sin límites. Y allí, así, voy a volar.

Bordar sangre

Me pincho los dedos con la aguja

todo lo que he cosido lleva sangre

no se puede tener el hilo con punta

haciendo y deshaciendo figuras

sin que cobre su parte la tela herida

todo agujero abierto a fuerza de romper

necesita de sangre para que exista.

Conceptos hermosos

El lenguaje es un proceso de sintestesia que hacemos todos los seres humanos y ni siquiera lo pensamos. Asignarle significados abstractos a sonidos aleatorios es, sin duda, más importante que el fuego en el orden de avances de la humanidad. El mismo concepto de “sinestesia”, una mezcla de percepción que permite, por ejemplo, ver los sonidos, es hermoso porque nos demuestra que somos capaces de imaginar un mundo más allá del que efectivamente percibimos todo el tiempo.

La abstracción de una idea es lo que nos permite comunicarnos, porque no tenemos que llegar a determinar a qué árbol particular hacemos referencia, el genérico basta para entendernos. Hasta el amor, con tal que tenga un denominador común, no necesita ser exactamente igual para que lo compartamos.

Como concepto, me gusta la integración de los sentidos, la posibilidad de abrirlos a otras percepciones. Y, también como concepto, no sé si lo entiendo en todas sus partes, pero estoy segura que eso es lo menos importante.

Muebles en todas partes

Me he mudado de casa las veces suficientes como para tenerle respeto. Desarmé la casa de mis papás en la que encontré hasta recibos de mi colegio cuando iba al Kinder. No puedo asegurar que no acumulo cosas, porque hay una bodega llena de telas que compró mi mamá y que no me decido limpiar. Veo los muebles que me rodean, una mezcla de míos y antiguos, cada uno en el lugar que me gusta. Cuesta moverlos de su sitio, porque me cuesta el cambio. Siento que me voy a equivocar de forma irremediable, que le voy a quitar un apoyo al universo. Como si no fuera tan fácil volverlos a cambiar. Tal vez es porque me siento completa, aunque me haya roto tantas veces.

Encontrar el lugar donde uno pertenece y poder llevarlo dentro, creo que allí está todo lo que se debe aprender. La habilidad de respirar y ver todo, sentirse parte de algo. En mi caso, es cerca de la risa de mis niños, frente a una página que lleno de palabras, la música que colecciono y lo que pasa detrás de mis párpados cuando duermo. La vida, como escribí ayer, definitivamente no me ha sido fácil, pero hoy, sentada en un sillón que me gusta, con el gato al lado y un libro a medias, es bella.

Todo tiene modo

Leí hace poco en un tuit que la vida es bella, no fácil y sentí que me habían revelado una de las verdades más verdaderas del mundo. Y es que sí, ni los partos son fáciles. Sin embargo, no todo tiene que ser innecesariamente complicado, pero nos lo hacemos así. Las cosas tienen un modo de hacerse y uno tiene la forma propia de hacerlas. Así, una receta lleva pasos que se siguen, los entrenos llevan rutinas, la vida avanza de cierta forma y salirse del orden siempre acarrea un esfuerzo extra, primero, para quitarse de la velocidad que ya lleva el impulso y segundo, para encontrar la otra dirección.

Todo tiene un modo, el trazo probado una y otra vez. Hasta que ese modo ya no sirve y hay que encontrar otro. Porque el camino ya tiene muchos baches, porque ya la misma forma se complicó de tanto usarla o, simplemente, porque ya nos aburrimos. Allí nos toca pesar qué nos importa más, si irnos rodando en bajada o tratar de acarrear la piedra.

Aprendí a no hacer nada

Mido mi vida por lo que hago en el día. Que si la comida, el ejercicio, los niños, lo escrito. Lograr cosas se vuelve el parámetro de lo que valgo. Y, claro, uno demuestra lo que puede, con lo que hace. Pero nunca es suficiente.

Llega el día en el que uno aprende a ser. Eso. Nada más. Y eso basta.

Hoy fue uno de esos días en los que logré estar. Todo lo que salió de allí, la comida, el pie de manzana, ordenar clóset, ver pelis con los míos, fueron las consecuencias. Fue suficiente. Y más.