Las manos de mis hijos

El viernes caminaba con la niña, agarradas de la mano y de pronto me di cuenta que ya no se pierde su manita entre la mía. La pude apretar, sentir que me pesaba. Me dolió en esa forma dulce en que duelen los hijos cuando crecen. Esa niña era más pequeña que el antebrazo de su padre cuando nació y pesaba menos que mi gata. Al niño ni hablar. Ya me quedan sus zapatos y ni siquiera hemos entrado a la adolescencia.

La forma más evidente de medir el tiempo es en el crecimiento de los hijos. Uno a esta edad no se mira los cambios (a veces porque ya no mira bien) y puede creer que enero es igual a diciembre. Además, uno tiene la impresión que los hijos siguen siendo bebés. Los momentos de darnos cuenta golpean duro. Nos hacen detenernos un momento, aún en medio de la calle, para abrazar al cuerpecito que tenemos al lado y que todavía es pequeño.

Ya no tengo bebés, ya tampoco quiero. Me gusta verlos crecer. Pero no deja de cortarme el filo de la pérdida.

Qué hacer con los pedazos

Uno crece con expectativas de qué va a pasar en su vida, que van desde poder volar cuando se es niño hasta cualquier futuro que se imagina uno de joven. A los veinte años, aún tenemos ilusiones de amores de cuentos de hadas, viajes alrededor del mundo, niños perfectos y carreras exitosísimas. O lo que sea que nos despierte por las noches a soñar.

Resulta que las ilusiones son pedazos de mosaicos que armamos en diferentes formas. Nos gusta pensar que tallamos nuestras vidas en piedra, pero eso sólo significa que, si las cosas no salen como queríamos (spoiler: nunca salen exactamente como queríamos), nos despedazamos ante la realidad de ilusiones rotas.

Los mosaicos, ese arte tan lindo de hacer imágenes con retazos, es otra forma de entendernos. Tenemos pedazos que son inmutables, pero que podemos mover para formar nuevas expectativas y ajustarlas a lo que viene. No es que las ilusiones sean malas, pero ni siquiera podemos saber si nos va a gustar lo mismo en cinco años. Hay cosas que cambian. Nosotros, principalmente.

Lo que se hace con los pedazos es ponerlos en formas nuevas. Que nos gusten en este momento. Conservando las piezas. Al final del día, se trata de hacer algo bello, no de rompernos.

No siempre hay que ser especial

Anoche hice tres platos de comida distintos: la cena de Mario, mi cena y mi almuerzo. Todo porque ando de dieta con cosas específicas y tengo que comer lo que me obligan, digo, me recomiendan.

Uno mira una manada de elefantes y, si bien es cierto, ninguno es idéntico al otro, tampoco sobresale uno morado, digamos. Supongo que, en el desarrollo de una especie, da ventaja ser mejor, pero igual. Por algo a las ovejas negras las sacan del rebaño. No van.

Me ha pasado toda mi vida que no voy. Algo tengo cableado distinto, tal vez. Eso me ha producido muchos malos ratos, tanto en situaciones sociales como en mi estado emocional personal. Hasta que, ya a mis casi cuarenta y dos años, me estoy gozando ese no pertenecer a un grupo demasiado homogéneo y grande. Porque he encontrado otras personas que son distintas que se me parecen.

Tal vez la clave es ser uno. Como uno es. No tratar ni de encajar, ni de ser diferente. Estar muy afuera de la sociedad en la que uno decide vivir, es incómodo. Y allí está la clave: uno escoge la sociedad de la que se rodea, al menos la inmediata. Allí donde uno encaja sin mucho esfuerzo y con felicidad a adaptarse.

Espero volver a encarrilarme con la comida. Me gusta ser especial, pero no tanto.

Es una mala decisión, pero es mi mala decisión

Pasé mucho tiempo tiñéndome el pelo de muchos colores. Alguna vez mi papá se acercó, agarró un mechón y preguntó al aire de qué color verdaderamente lo tendría. Ni yo sabía. Y, cuando digo “de muchos colores”, incluyo el rojo y el morado. Cada vez que me lo pinté, supe que le hacía daño, pero la satisfacción de verme como yo quería pesaba más que lo otro.

Siendo sinceros, así es con todo. Tomamos decisiones que sabemos no nos son satisfactorias del todo, porque las preferimos a la alternativa. A veces hasta no hacer nada y dejar que las circunstancias nos pasen encima es una forma de escoger. Porque, no estando bajo coacción, digamos que lo que uno tiene enfrente (y al que uno tiene al lado o no) es lo que uno quiso.

Hay pocas actitudes más valientes que aceptar la parte de responsabilidad en nuestra vida y admitir que es lo que uno pudo hacer. Definir como “sacrificio” lo dejado atrás es un poco engañoso. Porque, mientras más valor tenía lo que no escogimos, tanto más valor tiene con lo que nos quedamos.

Por supuesto que a veces nos damos cuenta que las cosas no eran lo que creíamos. Y está bien arrepentirse. También todo cambia y se vale reexaminar las prioridades.

Como yo, ahora que no me tiño ni un poco. El pelo está mucho más sano. Y allí vienen las canas.

Soy tóxica

Comenzamos el día haciendo un recuento de las cosas que los niños han dejado olvidadas en el colegio. Digamos que no les alcanza su mesada para pagar hasta los tenis que han perdido. Me toca hacer consciencia. Me toca no dejarlos llevar suéter que no es del uniforme. Me toca recordar que no se habla con la boca llena. Me toca exigir que no se saquen la yo entre ellos. Me toca ser la tóxica.

Aprendemos a base de repetición. Todo. Hasta a caminar. Porque podremos «saber» las cosas, pero no las sabemos hacer. ¿Han tratado de cantar? Como si uno no usara la voz todos los días. Resulta que hasta eso hay que practicar.

Los hábitos se nos vuelven nuestras realidades. No sonreír, fruncir el ceño, bajar las comisuras de la boca en una mueca de desagrado. Poco a poco nos vemos como sapos ponzoñosos. Y se nos olvida el último día en el que fuimos felices.

Tal vez por eso me esfuerzo por encontrar a los niños en el bus con una sonrisa, preguntarles al almuerzo si se la pasaron bien, tenerles comida que les guste. Aunque se me vaya la amabilidad por un caño a la primera conversación llena de pasta en la boca.

 

Los círculos que se nos deshacen

La Tierra da vueltas alrededor del sol, que a su vez da vueltas alrededor de una galaxia, que a su vez da vueltas… (Elipses, yo sé, pero da lo mismo). Giramos. Avanzamos hacia un camino lateral que nos regresa al punto de partida. O eso pareciera. Porque nunca estamos en el mismo sitio. Ni siquiera los recuerdos que visitamos en nuestras mentes son iguales cada vez. Nos hacemos la ilusión de regresar a lugares amados, pero éstos ya no existen y quién sabe si alguna vez lo hicieron como nos los imaginamos.

Uno arma la vida alrededor de rutinas que parecieran mantener un orden. Como si trazáramos el camino con un hilo sujetándonos de en medio y giráramos. Círculos perfectos y cerrados. Pero eso no es la vida. Eso lo hacen los hámsters en sus rueditas de hacer ejercicio: correr y correr y no ir a ninguna parte.

Nosotros, aunque no lo sintamos, avanzamos. Hacia lugares diferentes. Y, si no nos fijamos, podemos llegar a sitios que no nos gustan. No hay opción. Porque así es. Ningún círculo es perfecto y nunca somos los mismos.

Hay que aprender a aprovechar ese impulso que da el mismo giro y dirigir, hasta donde se puede, la dirección de la rueda que nos lleva. De repente se rompe y nos libera.

El objeto del deseo

Como a base de antojos. Es muy raro que yo tenga hambre, pero sí muy frecuente que tenga «ganas». De unas macadamias, de ensalada, de chocolate, de sorbete de limón. Es una sensación que se queda en el fondo de mi estómago y que me hace sentir insatisfecha, aún que esté llena.

Pareciera que, como humanos, nos movemos a puro deseo. El querer algo. Y lo escogemos de forma irracional, aunque aprendamos a justificarlo con la mente. Entre dos cosas equiparablemente buenas, siempre vamos a preferir la que más nos gusta. Y, si lo que nos gusta es menos bueno que lo otro, le vamos a encontrar todas las razones del mundo para llevárnosla.

Pocas veces nos damos el permiso de aceptar que tenemos algo, porque es lo que queríamos, a pesar de sus defectos. Es como si tuviéramos qué pedir perdón por desear algo.

Le damos prioridad a lo racional y nos avergonzamos de nuestras emociones. Creemos que tenemos que seguir lo establecido para todos, aún cuando no cazamos. Y rechazamos lo que nos llena de satisfacción, porque no se conforma a lo «normal».

A mí me gustan las t-shirts negras y los Keds y sé que no me miro como «debería», según las reglas de lo que una mujer de mi edad debe seguir. Lo he intentado justificar de forma racional para sentirme bien. He intentado cambiar. Y, ni lo primero funciona, ni lo segundo me satisface. Así que, en días como hoy que voy al súper, regreso a mi ropa favorita.

El deseo a veces no necesita más justificación que sí mismo. Y un helado de limón siempre se me antoja.

No tengo nada qué ponerme

Y no se rían, no es una queja banal. Es que, probablemente, no «me sé» y cuando estoy en uno de esos mis dilemas existenciales, no me gusta nada de lo que tengo en el clóset.

La ropa, que ya es mucho más que un simple recubrimiento para protegernos de los elementos, es una forma de expresión, de conexión, de disfraz. Ciertas profesiones juzgan al que las ejerce dependiendo de cómo se viste. ¡Díganmelo a mí que fui abogada de bancos tanto tiempo!

La edad, la bendita edad, también nos pone en un cuadro del ropero de donde es «apropiado» escoger. Pero también nos vestimos para sentirnos de cierta edad. Hace poco que salimos a parrandear (y no se terminó el mundo), pude ver a muchas de mis contemporáneos vestidos igual que como lo hacían 20 años atrás.  Y cuántas veces no pensamos que a alguien lo avejenta la ropa.

Vestirse es un acto de situarse en un momento, una situación social, una actividad física, una emoción, un recuerdo… También presenta un pequeño conflicto cuando uno no sabe qué chingados ponerse. Que es lo que me está sucediendo con cada vez más frecuencia.

Y es que sé que, por mucho, ya no soy una jovencita. Pero también estoy completamente segura que no quiero vestirme como lo hacía mi mamá a su edad. Tampoco quiero su vida. Quiero la mía. Y entonces me da un poco de pena querer estar en mis fachas habituales, pero no mucha. O veo a alguien vestido y arreglado y peinado y maquillado y pienso que así me gustaría verme siempre, hasta que me recuerdo la hueva que me da y se me pasa.

Supongo que no saber qué ponerme es una mini versión de mi crisis de la mediana edad. Y, mientras la resuelvo, seguiré poniéndome jeans y t-shirts blancas con Keds.

 

Ansiedades superfluas

Objetivamente, no tengo nada de qué quejarme: estoy casada con alguien con el que nos queremos, tenemos dos hijos sanos y bien adaptados, casa, comida, amigos, espiritualidad. Y, sin embargo…

Existe la famosa pirámide de Maslow que ilustra cómo el ser humano siempre tiene necesidades qué llenar. A más básicas las necesidades externas, como no tener comida, menos tiempo de introspección tenemos. Pero eso se traduce a lo contrario: si nuestra seguridad física está cubierta, procuramos llenar la afectiva, si ya cumplimos con ésta, queremos completar la intelectual y, por último, la «existencial». No la estoy explicando exactamente como es, porque para eso la pueden ir a buscar. La estoy diciendo como yo la entiendo en mi caso particular.

No me atrevo a decir que es más fácil sentirse contento cuando se tiene poco. Creo que, teniendo mucho, es necesario aprender a necesitar poco. Y a ver hacia adentro. La verdadera satisfacción nunca puede venir de las cosas que pasan, sino del mundo que cubrimos con nuestra piel.

Mi crisis de los casi cuarenta me está enseñando todas las cosas que tengo que cambiar dentro de mí, si es que quiero conservar lo que me rodea. La parte fuerte que me ha ayudado a pasar momentos difíciles está muy cerca de volverse en algo rígido que lastima. Mi búsqueda por perfeccionarme se puede volver en la tragedia de buscar la inalcanzable perfección. La cima de una satisfacción personal es resbalosa y en constante cambio. Sé que si lleno un vacío, seguro descubro otro. Lo importante es querer continuar.

 

Vivir envejeciendo

Se me acerca un cumpleaños con número interesante: los cuarenta. Hay algo casi cabalístico con ese número, como si se tratara de un agujero en la fábrica del espacio-tiempo que nos transportara a otro mundo: el de los rucos. Ya no más pelo largo, ya no más t-shirts de Mickey Mouse, ya no más bikinis… De repente, la vida debería ser seria, porque ¡qué pena hacer el ridículo de creerse joven!

Nuestra especie ha pasado de tener una expectativa de vida de no más de cuarenra años en tiempos no muy lejanos pre-antibióticos, a una esperanza de longevidad de 90 y más en circunstancias óptimas. También se ha triplicado (me estoy sacando el factor de la manga, pero por allí ha de estar) la incidencia de enfermedades degenerativas, debilitantes, autoimunes y todas esas vainas que lo hacen a uno no querer llegar a viejo. Vemos halones de piel, inflaciones de silicona y extracciones de grasa para continuar en un estado artificial de «juventud».

No sabemos envejecer, porque el paso de los años es silencioso y no se hace uno lata de un día al otro, aunque a algunos sí les guste devastarse seguido. Al final del día, en el fondo seguimos siendo las mismas personas con un envoltorio que cambia, así como debemos cambiar por dentro para mantenernos fieles a nosotros mismos, por muy contradictorio que esto suene.

Quiero vivir de tal manera que me siga reconociendo en el espejo con el paso de los años, sin importar cuántas arrugas tenga. ¡Bienvenidos los primeros cuarenta!