Las manos de mis hijos

El viernes caminaba con la niña, agarradas de la mano y de pronto me di cuenta que ya no se pierde su manita entre la mía. La pude apretar, sentir que me pesaba. Me dolió en esa forma dulce en que duelen los hijos cuando crecen. Esa niña era más pequeña que el antebrazo de su padre cuando nació y pesaba menos que mi gata. Al niño ni hablar. Ya me quedan sus zapatos y ni siquiera hemos entrado a la adolescencia.

La forma más evidente de medir el tiempo es en el crecimiento de los hijos. Uno a esta edad no se mira los cambios (a veces porque ya no mira bien) y puede creer que enero es igual a diciembre. Además, uno tiene la impresión que los hijos siguen siendo bebés. Los momentos de darnos cuenta golpean duro. Nos hacen detenernos un momento, aún en medio de la calle, para abrazar al cuerpecito que tenemos al lado y que todavía es pequeño.

Ya no tengo bebés, ya tampoco quiero. Me gusta verlos crecer. Pero no deja de cortarme el filo de la pérdida.

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