El espacio en medio

Yo no sabía que me gustaba estar ocupada. Hasta que comenté que creía que había estado sobreentrenando y la reacción de toda la gente a mi alrededor fue «¡Tna!» Ahora mismo tengo tres proyectos de remodelación de muebles, lámparas y paredes, tres columnas, karate, ejercicio, ser mamá de grado, pintarme las uñas, una casa, dos niños, tres gatos y un marido que colaboran para mantenerme entretenida. Normal. Para haber crecido con mi mamá diciéndome que yo era una rehuevona, me parece que he logrado superar traumas de la infancia.

El tiempo le abunda a la gente que lo llena. Mientras más actividades tenemos qué organizar, pareciera que más cosas logramos hacer. Sino por qué del dicho de «si quieres lograr algo, encárgaselo a alguien ocupado.» El problema es que la pelota rueda hacia abajo y luego cuesta pararla. A veces no hacer nada, también es hacer algo, sólo que hay que aprender a meterlo como un «pendiente» en la agenda.

Si no aprendo a hacerlo, estoy como ahorita que tengo al enano con la costilla fisurada (nada grave) en casa, me quiere al lado suyo viendo tele y yo siento que tengo hormigas en el pantalón de todas las cosas que quiero/tengo qué hacer. El tiempo también se llena con las cosas importantes que tienen que estar encima de las cosas pequeñas que nos distraen.

Las obras de arte tienen espacios en blanco, la música tiene momentos de silencio, los edificios tienen ventanas. También la vida tiene que tener un momento que quede libre. Ya la próxima les enseñaré cómo me quedaron los sillones.

Repetir primeras veces

Este año cumplo 40 años, lo que se llama «la mediana edad». Atrás quedaron las angustias de la adolescencia, los golpes de los veintes y los esfuerzos de los treintas. Me siento menos experimentada y sabia que hace 15 años. Pero tiendo a caer en la trampa de creer que ya lo he hecho todo y que me conozco tanto, que ya no me puedo sorprender.

Todo lo que vive tiene períodos cortos de crecimiento acelerado, esa etapa en la que un palito se vuelve un árbol, un pollito en una gallina, un bebé en persona que hasta maneja carro. A uno de papá le dicen que se goce las etapas de sus hijos, porque pasan en un abrir y cerrar de ojos. Allí es donde los cambios son más notorios.

Tal vez por eso cuando cruzamos esas aguas turbulentas de nuestra juventud, nos sentimos afianzados en una aparente estabilidad. Pero, si no hemos muerto, seguimos cambiando, preferiblemente para ser mejores. Además, no sólo nosotros evolucionamos, todo lo que está a nuestro alrededor tampoco permanece estático. Aceptamos que el mundo gira, como parte de lo que no cambia, sin percatarnos que también se desplaza.

Cada vez que encontramos algo nuevo en nosotros, volvemos a experimentar primeras veces. Conocer gente nueva, aprender una nueva destreza, conversar de temas diferentes con la pareja de años.

Ya dejé atrás mi etapa de cambios bruscos. Pero estoy muy lejos de estar estancada.

Preguntas al aire

Entre muchas cosas buenas que le aprendí a mi mamá, fue a no preguntarle a nadie si le gustaba cómo me había quedado algo. Darle la oportunidad a alguien para que opine acerca de las cosas de uno, es abrir la puerta a que le encuentren todos los defectos. Es que es lo que hacemos los humanos: nos fijamos en lo que se sale de la norma. Lógico. Pero no siempre es saludable.

Pedir la opinión de alguien más acerca de algo que hacemos (o somos), tiene valor para cuestiones de aprendizaje. Yo necesito que mi Shihan me diga si estoy haciendo bien mi kata, o no.

Pero ese valor es nulo en cuestiones de existencia. Mi Shihan no tiene nada qué opinar acerca de mis tatuajes, mi pelo, o mi peso.

Confundir las categorías y asignarle importancia a lo que terceros no afectados piensen de nuestras vidas, es el camino más seguro para ser infelices. Tal vez una de las mayores ventajas de crecer es ir reduciendo cada vez más el círculo de la gente a la que uno le interesa agradarle y entender que nunca puede faltar incluirse a uno mismo. Y, cuando quiero enseñar algo, hago como mi mamá y digo: «¡Mira qué bonito me quedó!»

Contar conmigo

Para obligarme a seguir adelante.

Para no dejarme vencer por la hueva.

Para multiplicar el cariño que a veces me escasea.

Para aventurarme a probar cosas nuevas.

Para tenerle poca paciencia a mis berrinches.

Para aprender a quererme.

¡Feliz Año Nuevo de mí para mí!

Perderse para encontrarse

El año y medio entre agosto del 2005 y diciembre del 2006 fue mi «Annus Horribilis». Y sí, fue tan feo como suena. Peor. Comenzando por el derrame de mi mamá, pasando por la muerte de mi papá y culminando con la muerte de mi mamá. Terminé de pasar a la adultez en esos meses y no me gustó. Ni modo, es un proceso irreversible.

«No sabemos de qué estamos hechos hasta que pasamos por los momentos más fuertes de nuestras vidas.» Tantas veces que uno escucha esa frase, un poco como oír llover, hasta que tiene que enterrar un pariente, nace su primer hijo, pierde el trabajo, se gana la lotería (ya mero). Lo muy malo igual que lo muy bueno, el trancazo de la emoción no distingue y nos pega duro. Allí podemos probar qué tan fuertes son nuestros cimientos.

Supongo que es como un barco que se pierde en una tormenta; mientras navega por un mar en calma, ¿qué necesidad tiene de comprobar que sirvan sus motores y los instrumentos de navegación? Pero, cuando se pierde entre la tempestad, allí es cuando le sirve todo lo que trae para las emergencias. Nuestros valores, nuestro carácter, nuestra adaptabilidad, hasta nuestro buen humor son el gps que nos saca de la nube. Ninguna nave sale ilesa luego de un embiste de la naturaleza, pero sí con un mejor conocimiento de su capacidad. Igual nosotros, nuestro espíritu sí se resiente, pero las heridas cicatrizan y continuamos, mejores y más fuertes.

Salir de los momentos duros nos prepara para los felices. Disfrutar de las cosas buenas nos llena el tanque de reserva para los períodos de estío. La clave está en seguir encontrándonos cada vez que el viento nos saca de nuestro rumbo.

Dentro de ese mismo año, también tuve una de las emociones positivas más fuertes de mi vida: me casé con mi marido.

Lo que encontramos

Entre todas las clases extrañas que he tomado, una tiene un brillo especial. Fue en Austin, en un lugar que se llama «La Academia del Mago» que nada tiene que ver con Hogwarts, pero que no deja de ser mágico. El Doctor Nick Grant nos habló durante las 2 horas más cortas de mi vida acerca de verbalización de emociones, preferencias de comunicación, toma de energía personal. Todo esto me ha ayudado en el trato con otras personas. Pero lo que más me llamó la atención fue la parte en donde él explicó por qué tenemos «crisis de la mediana edad» y cómo se solucionan. Resulta que es un momento en nuestras vidas en el que ya definitivamente dejamos atrás la adolescencia y la juventud veinteañera, es como la mitad de nuestra maratón personal y nos cuestionamos qué hemos hecho y hacia dónde vamos. Nada de esto es nuevo, se encuentra en cualquier artículo de revista de consultorio. Lo que sí fue nuevo para mí fue en donde él explicó por qué es precisamente en ese momento cuando «se hacen sencillo» a las parejas (prevalecientemente a las esposas, pero hay suficientes casos inversos como para no decir que sólo y siempre son los hombres los que se buscan una muchachita).

Estoy segura que no le estoy haciendo honor a lo que aprendí, pues el Dr. Grant es un maestro consumado, pero voy a tratar de explicárselos como lo entendí y como lo recuerdo: Cuando encontramos una persona que nos llama la atención de una forma casi mágica, que no es nuestra pareja, lo que nos está halando hechizados NO es la persona en sí. Es que vemos en ella (o él) todo lo que percibimos que nos hace falta en nuestras vidas. Por ejemplo: llega un(a) muchachitx joven (ya nosotros no lo somos tanto), sin preocupaciones (al contrario de la montaña de facturas que debemos pagar), sin más responsabilidades que las propias (cuando nosotros nos tenemos que encargar de oficina, familia, pareja) y con energía para todo (y nosotros nos morimos del sueño a la hora de habernos despertado). ¿Ven por dónde va la cosa?

Y resulta que este encontronazo hasta es bueno, si uno lo sabe manejar: nos confronta con lo que nos está haciendo falta. Tal vez no podamos deshacernos de todas las carencias, pero dejar tirada casa, familia, hijos, trabajo, vida por salir corriendo detrás de una ilusión, tampoco es la mejor de las opciones.

Ser sinceros, saber que la vida es un camino que sigue siempre y que siempre vamos a estar luchando por/contra algo, es parte de lo bonito de tener cierta edad. Es el momento de ver hacia atrás y agarrar todo lo que hemos aprendido. Al final del día, estamos sólo a la mitad del camino y ahora sí somos dueños de nuestro mundo.

La Vida Después

Cuando a uno le preguntan de niño «¿qué vas a ser cuando seas grande?», generalmente es qué profesión quiere. Obvio, yo a los 5 años quería ser pediatra en la mañana y veterinaria en la tarde. Cómo les cuento que ni me gustan los animales y que los niños que me gustan son los míos propios de mí. En fin. A esa corta edad, daba igual una persona (viejo) de 20 que una de 40, que una de 60. Hay tanta diferencia de kilometraje, que no se puede diferenciar y el «cuando sea grande» no va mucho más allá de la mítica universidad que aparece como un espejismo al final del desierto del colegio (son más de 14 años de escolaridad para graduarse, si contamos los prekínderes y demás vainas).

Resulta que uno se gradúa de la universidad y ya es «algo». ¿Será? Yo soy Abogada y Notaria, con una maestría. Mejor dicho, eso estudié. Ahorita, lo que soy es una señora de casi 40 años con dos hijos, tres gatos y casi 10 años de casada. Pero tampoco. Soy escritora, editora, cantante frustrada. Pero tampoco. Y no importa, no me estoy tratando de encontrar a mí misma, me tengo bien ubicada. Hago cosas diferentes, dependiendo de las circunstancias exteriores, pero soy yo, esa de adentro, la que necesita mejorar muchas cosas pero es la misma, siempre. Y estoy muy contenta así.

Hay vida después de «ser grande», así como hay matrimonio después de la boda y pareja después de los hijos. La clave está en saber que un hito temporal es sólo eso, temporal y que hay que tenerse bien medido para aguantar lo que reste de nuestras vidas. Y todavía no soy «grande».

Querer Quedar Bien

De adolescente, recuerdo que me esforzaba mucho por caerles bien a todo el mundo. No recuerdo haber tenido mucho éxito. Las personas que quieren mucho quedar bien, terminan siendo desesperantes y probablemente así podían describirme. Para ser una persona que le sea agradable a todo el mundo, es necesario no tener aristas, no crear controversias, no antagonizar. Eso sólo se logra sin personalidad propia, siendo plano, sin sabor. En pocas palabras, una papa sin sal.

Una reacción es volverse tan lleno de opiniones propias que no nos gane un cactus de lo espinoso. Pero así tampoco conseguí muchos amigos. El vestirse con un manto de cinismo nos puede proteger del mundo exterior, pero no dejamos que nadie se nos acerque.

Seguir cumpliendo años y no desarrollar una personalidad propia, no puede ser considerado crecer.

El problema, como siempre, es encontrar un intermedio entre los dos extremos. Ni tan complacientes que nos borremos a nosotros mismos, ni tan espinosos que nadie se nos acerque.

Ahora que ya no soy adolescente desde hace algunas décadas, me encuentro con varias aristas y peculiaridades que jamás me hubiera atrevido a demostrar antes por temor a «caer mal». Y resulta que ahora sí tengo amigos que me aprecian, con todo y mis rarezas.

Amar el «Raro» Interior

Tener peculiaridades generalmente nos amarga los años de colegio. Que si uno es muy gordo, flaco, alto, bajo, rubio, moreno, feo, bonito, inteligente, tonto, nerdo, huevón… Cualquier cosa que sobresalga de esa media mítica que se forma en la adolescencia. Todos con los mismos zapatos, la misma ropa, el mismo corte de pelo, la misma marca de ropa interior. Que nos agarraran confesados si éramos los primeros en hacer, decir, o llevar algo. Tuve la fortuna de nunca encajar. Lo digo ahora con algunas décadas de por medio, porque en ese entonces, hacía todo lo posible por mantener atrapada a la «rara» que llevaba dentro. Nunca lo logré.

La mayor parte de la gente a la que tengo aprecio y toda a la que le tengo cariño, tienen algo que los distingue del montón. Pareciera que formáramos una tribu de aborígenes de un continente perdido. Yo reconozco a mi gente a leguas, desde un tuit particular, hasta un primer saludo pesado. Hay algo en las personas que me atraen. Resulta que todas tienen historias personales peculiares, muchas veces duras, que templan su carácter y las hacen más humanas a fuerza de golpes. El hecho de ser diferentes, las hace interesantes.

Lo simpático es que todos llevamos un «raro» dentro. Ese talismán que nos hace reconocernos al espejo y distinguirnos del vecino. Porque somos únicos, no hay nadie más en el mundo igual. El problema es que nos gustaría ser como los de nuestro grupo. Porque caminar solo a veces da miedo, otras da pereza y muchas más da vergüenza. En una fiesta, todos bailan más o menos igual y nadie pone atención al montón. Pero sí sobresale el mejor. Y el peor. Y si uno no está muy seguro de cuál de los dos se es, prefiere pasar inadvertido.

Qué aburrido. A estas alturas del partido, con el resguardo que me da conocerme y quererme mejor, me encanta poder ver una foto de grupo de tiempos del colegio y encontrarme a la primera. Por diferente.