Me pusieron anestesia y todo fue mejor

Pasé más de cuatro horas tatuándome hoy. En otras ocasiones les hubiera dicho que no me dolió, que me dormí, que el dolor es mental. Pero en otras ocasiones no me habían tatuado tan cerca del huesito de la cadera. Duele. Indiscutiblemente, duele. Y una se hace la valiente, porque tiene catorce años de estarse tatuando con el cuate que siempre la ha felicitado a una por no quejarse. Canté, moví los pies, tuiteé. Nada. Claudiqué y pedí anestesia.

Medir el aguante que uno tiene sólo se puede con cierta medida de exactitud cuando uno ya probó hasta dónde de verdad aguanta uno. Por eso las primeras veces de muchas cosas son tan poco predecibles. ¿Qué sabe uno como vaya a reaccionar a la hora de tener el problema encima? ¿O con cuántas libras se dobla el hombro al momento de hacer el bench-press?

Es fácil pasarse del verdadero límite o quedarse muy corto. Y así va uno conociéndose y afinándose y tratando de llegar un poco más. Hasta que duele como la chingada y pide la pinche anestesia. Que, de todos modos, me pusieron hasta casi terminado el tatuaje, porque si no, la aguja no entra bien.

La aprobación de nuestros muertos

El 21 de mayo cumplió once años de muerto mi papá. Y todavía no sé cómo me siento al respecto.

La relación con él siempre fue complicada. Un hombre seco, de carácter volátil, severo y poco afectuoso. Jamás escuché un «te quiero» de su boca. Mucho menos un «bien hecho», a pesar de mis múltiples reconocimientos académicos. Mucho menos un «qué bonita te ves». Eso era de las cosas que jamás se decían.

La relación con nuestros padres nos nutre para nuestra salud emocional el resto de nuestra existencia y está en nosotros de adultos llenarnos los agujeros que nos van quedando. Ahora que me toca criar dos niños, veo en dónde fallo y estoy consciente que hay mucho más que no veo.

Con mi papá aprendí a comer helado (que sigue encantándome), a tomar Coca-Cola (que ya no puedo ni oler) y a comer huevos duros con vinagre y sal (deliciosos). De él aprendí que el dolor físico es mental y que del otro, del profundo, no se habla. De mi papá entendí que la edad no es excusa para aprender cosas nuevas. Que uno jamás deja desamparada a su gente. Que la vida es dura y que uno no debe esperar algo diferente, sino que le debe hacer ganas. Hasta el último aliento. Que jamás se dejan cuentas sin pagar. Que siempre se deja una parte del corazón bien resguardado. Que ser violento daña. A cuestionarlo todo. Todo. A hacer siestas con la gente que uno quiere. A compartir el vaso.

Nunca he estado segura de ser la hija que él quería. Sé que me parezco en muchas cosas a él, la mayoría de ellas buenas. Jamás sabré si aprueba cómo llevo mi vida. No es relevante. Pero sí me gustaría saberlo.

Mi papá cumplió once años de muerto. Y todavía no sé cómo me siento al respecto.

Cambiamos para ser iguales

Mañana me cambio el primer tatuaje que me hice. Es un dragón. Amo los dragones. Me lo hice con todo el miedo al dolor, a la regañada de mis papás, al no saber si realmente quería uno que puede caber en un tatuaje. Lo llevo desde hace tanto que ya es parte de mí y es el que menos me llama la atención cuando miro mi cuerpo desnudo. Amo mi dragón. Pero ya no me gusta mi tatuaje.

Como personas, nos transformamos muchísimas veces. No somos los mismos de ayer para mañana. Menos de década en década. Y nos decimos que somos otros, que lo que hemos hecho, buscado, anhelado, ya no es lo mismo. Y, sí. Pero no. Hay cosas nuestras que nos hacen ser distinguibles del resto de la humanidad, que permanecen. Los ojos pueden estar rodeados de arrugas, pero siguen fijándose en lo mismo. las personas que nos hacen suspirar son distintas, pero el corazón que guarda los recuerdos es el mismo. Las causas contra las que luchamos evolucionan, pero nuestra pasión sigue ardiendo.

Nosotros cambiamos, evolucionamos, nos transformamos. Y permanecemos.

Amo mi dragón. Soy yo. Con todo lo que ese animal mitológico significa para mí. Pero esa representación que llevo en la cadera derecha ya no me representa. Y por eso lo voy a cambiar. Por otro dragón. Diferente, pero igual.

El modo de las cosas

Como para todo en esta vida, hay karateguis diferentes para diferentes tipos de entreno. Se usan más livianos para las clases de técnicas básicas y de combate en donde la velocidad (la que uno alcance a su edad, claro), es más importante y unos mucho más gruesos para hacer las katas, porque suenan bonito y se miran mejor. Mi traje de kata es tan tradicional, que no tiene elástico y se lo ajusta uno con unas pitas que van dentro de la cintura del pantalón. Me encanta mi traje. Detesto ponérmelo y peor aún, quitármelo. Es tan tieso que me cuesta un mundo aflojarlo de donde me lo apreté para que no se me cayera a media clase (ya me pasó, no fue divertido).

Mi papá decía que todo tiene un modo y que, si uno lo conoce, las cosas se pueden hacer suavecito, así, alargando la «i» y haciendo una seña con los dedos. Es de esos temas recurrentes sobre los que patina mi cerebro: todo tiene un método que hace la vida más fácil. Las cosas tienen una forma adecuada de hacerse y, aunque se puede luchar en contra, la consecuencia es sufrir más de lo necesario e inevitable. Como querer meter algo circular en un agujero triangular más pequeño que el diámetro. Eventualmente, a la fuerza seguro, se puede. Pero mejor si encontramos el agujero que le corresponde…

Los métodos ya comprobados por supuesto que pueden mejorarse. Todo puede mejorarse. Pero hacia el lado de lo más eficiente y sencillo, nunca a la inversa. Igual que mi forma de arrancarme el hombro para poder bajarme el karategui… Resulta que sólo hay que halar de las pitas de los lados.

El dolor sin fondo

He escuchado alguna vez decir que alguien es «demasiado joven para pasar por algo así de duro». Claro que hay acontecimientos que, por profundos, tal vez se entienden mejor con un cerebro de adulto que con uno de niño, como la muerte repentina de un padre, o cualquiera de esas tragedias que son tan tristemente comunes. Pero lo cierto es que el pozo de las emociones tiene el fondo en el mismo lugar para un niño que para alguien mayor.

Podemos aprender a templar nuestras emociones con la lógica, pero el primer impulso de sentimiento, ése que parte el corazón, sigue doliendo igual a los cuatro que a los cuarenta. Y no hay una cuota de dolor asignada. Algo así como: «Mire, usted ya sufrió suficiente, tenga este pase, mire. Ya no le va a doler nada nunca más». Las emociones no son un frasco que se llena y ya no le caben más cosas. Son una catarata que arrastra consigo todo lo que le viene al paso y siempre quiere más.

Creer que podemos ser inmunes a las lágrimas porque ya estamos viejos-ish es tan ingenuo como creer que no podemos enamorarnos aunque luzcamos más arrugas que un pergamino. Que no siempre admitamos que sentimos es muy diferente.

Porque, mientras vivimos, sentimos. Y eso no siempre es bonito. Pero tampoco siempre es feo.

Leer demasiado nunca es demasiado

Tengo un vicio al cual regreso como en el tango aquél de las rondas y que no son buenas. Me viene desde tan pequeña que no recuerdo cuándo lo empecé y estoy segura que me acompañará hasta la muerte. El viernes pasado recién estuve en el lugar en donde más de mis amores he visto juntos en toda mi vida y, sinceramente, me dieron ganas de quedarme otras tres horas más que las que ya había pasado allí. Si no fuera porque ya se me había acabado el dinero y la mochila ya pesaba lo de un elefante no tan pequeño…

Libros. Libros por todas partes. No hay suficiente tiempo para leer todos los que quiero, más los que me recomiendan, más lo que se supone que tengo que vivir en el mundo de afuera. Con los libros he aprendido historia (pero no geografía, soy fatal con los mapas), filosofía, ciencia. He vivido emociones que probablemente nunca sienta. He sido un viejo a punto de morir, una guerrera plantada ante un ejército, un joven enamorado al cuál rechazan.

Leer fue mi primer amor. Sigo enamorada de una hilación de palabras bien lograda. Mis gustos ciertamente han cambiado, me fijo más en la genialidad del uso del lenguaje y ya no me importa que las historias no sean luminosamente felices. Basta con que sean luminosas, aunque duelan. Creo que nunca me he encaprichado con una estrella de cine, pero sí que he suspirado por más de algún escritor (daría una pestaña por tomarme un café con Dumas).

Quisiera alguna vez ver mis palabras impresas en papel en las manos de alguien desconocido. Tal vez así le repague un poco a mi acompañante de toda mi vida.

Extremos infalibles

Me dijeron hace poco que yo no me conformaba con las cosas a medias. Y puede ser. A mí algo me fascina o lo detesto. Alguien me cae súper bien y soy capaz de cocinarle su comida favorita, o pasarle al lado por la calle y no saludarlo. Platico como perica sin parar o no pronuncio palabra durante horas.

Me gustan los extremos. Como estar parada al borde de un precipicio con alas y no saber si me voy a estrellar o voy a volar. Me gusta la gente que se deja arrastrar por mi entusiasmo. Agoto fácil, eso sí y he tenido que aprender a rotarme entre gente linda, porque las termino exprimiendo.

A mí misma me lastima a veces rebotar entre paredes opuestas y trato de atemperar mis sentimientos. Me dura lo que tarda en entusiasmarme algo (nuevo o viejo). Por lo menos si me vuelco en algo o en alguien, es tan fuerte la experiencia para mí, que no lo dejo fácil.

Los extremos, las emociones en pico, las pasiones. Tal vez es porque el resto del tiempo soy fría, insensible, dura. Empezar a sentir es lo difícil, pero irme hasta el tope es pura cuestión de dejarme.

Tal vez crecer es aprender a que sí se puede vivir en el medio.

Cambios no permanentes

Llevo seis días de no comer como siempre como. Ni les cuento cómo tengo la piel de llena de granitos, los cachetes hinchados y un sentimiento general de no estar del todo bien. Cambios tontos que nos alteran de lo que venimos haciendo. Pero que no son permanentes. Porque en cuanto llegue a mi casa, regreso a mis hábitos normales y todo esto se va (espero).

Y es bonito y está bien. Como cuando uno es niño y se va a pasar unos días a la casa de amigos que tienen diferentes costumbres que uno. Recuerdo que alguna vez fui a pasar casi una semana a la finca de una amiga. En mi casa, la hora de dormir era a las 8pm, sí o sí. Allí simplemente no existían los horarios. Nadábamos a las 12pm, desayunábamos a las 11am, comíamos lo que queríamos y, cuando terminaban mis vacaciones, regresaba agradeciendo el orden de mi casa.

Todos tenemos rutinas de las que nos gusta escaparnos sólo para volver. Ésas son las que nos llevan de un día al otro como sobre rieles bien enaceitados. Nos quitan el trabajo de tener qué pensar en cosas pequeñas como a qué horas almorzamos o en dónde tenemos que estar un martes por la tarde.

A veces sacamos a pasear al salvajito interior que protesta ante tanto orden. Lo bueno es que se cansa fácil y regresa feliz a la comodidad de lo seguro. Hasta la siguiente vez.

Veremos cuánto tiempo me toma regresar a mi normalidad. Y en cuánto tiempo me quiero ir de nuevo. (Ya ahora tengo ganas de playa, oooootra vez.)