Me pusieron anestesia y todo fue mejor

Pasé más de cuatro horas tatuándome hoy. En otras ocasiones les hubiera dicho que no me dolió, que me dormí, que el dolor es mental. Pero en otras ocasiones no me habían tatuado tan cerca del huesito de la cadera. Duele. Indiscutiblemente, duele. Y una se hace la valiente, porque tiene catorce años de estarse tatuando con el cuate que siempre la ha felicitado a una por no quejarse. Canté, moví los pies, tuiteé. Nada. Claudiqué y pedí anestesia.

Medir el aguante que uno tiene sólo se puede con cierta medida de exactitud cuando uno ya probó hasta dónde de verdad aguanta uno. Por eso las primeras veces de muchas cosas son tan poco predecibles. ¿Qué sabe uno como vaya a reaccionar a la hora de tener el problema encima? ¿O con cuántas libras se dobla el hombro al momento de hacer el bench-press?

Es fácil pasarse del verdadero límite o quedarse muy corto. Y así va uno conociéndose y afinándose y tratando de llegar un poco más. Hasta que duele como la chingada y pide la pinche anestesia. Que, de todos modos, me pusieron hasta casi terminado el tatuaje, porque si no, la aguja no entra bien.

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