Leer demasiado nunca es demasiado

Tengo un vicio al cual regreso como en el tango aquél de las rondas y que no son buenas. Me viene desde tan pequeña que no recuerdo cuándo lo empecé y estoy segura que me acompañará hasta la muerte. El viernes pasado recién estuve en el lugar en donde más de mis amores he visto juntos en toda mi vida y, sinceramente, me dieron ganas de quedarme otras tres horas más que las que ya había pasado allí. Si no fuera porque ya se me había acabado el dinero y la mochila ya pesaba lo de un elefante no tan pequeño…

Libros. Libros por todas partes. No hay suficiente tiempo para leer todos los que quiero, más los que me recomiendan, más lo que se supone que tengo que vivir en el mundo de afuera. Con los libros he aprendido historia (pero no geografía, soy fatal con los mapas), filosofía, ciencia. He vivido emociones que probablemente nunca sienta. He sido un viejo a punto de morir, una guerrera plantada ante un ejército, un joven enamorado al cuál rechazan.

Leer fue mi primer amor. Sigo enamorada de una hilación de palabras bien lograda. Mis gustos ciertamente han cambiado, me fijo más en la genialidad del uso del lenguaje y ya no me importa que las historias no sean luminosamente felices. Basta con que sean luminosas, aunque duelan. Creo que nunca me he encaprichado con una estrella de cine, pero sí que he suspirado por más de algún escritor (daría una pestaña por tomarme un café con Dumas).

Quisiera alguna vez ver mis palabras impresas en papel en las manos de alguien desconocido. Tal vez así le repague un poco a mi acompañante de toda mi vida.

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