La aprobación de nuestros muertos

El 21 de mayo cumplió once años de muerto mi papá. Y todavía no sé cómo me siento al respecto.

La relación con él siempre fue complicada. Un hombre seco, de carácter volátil, severo y poco afectuoso. Jamás escuché un «te quiero» de su boca. Mucho menos un «bien hecho», a pesar de mis múltiples reconocimientos académicos. Mucho menos un «qué bonita te ves». Eso era de las cosas que jamás se decían.

La relación con nuestros padres nos nutre para nuestra salud emocional el resto de nuestra existencia y está en nosotros de adultos llenarnos los agujeros que nos van quedando. Ahora que me toca criar dos niños, veo en dónde fallo y estoy consciente que hay mucho más que no veo.

Con mi papá aprendí a comer helado (que sigue encantándome), a tomar Coca-Cola (que ya no puedo ni oler) y a comer huevos duros con vinagre y sal (deliciosos). De él aprendí que el dolor físico es mental y que del otro, del profundo, no se habla. De mi papá entendí que la edad no es excusa para aprender cosas nuevas. Que uno jamás deja desamparada a su gente. Que la vida es dura y que uno no debe esperar algo diferente, sino que le debe hacer ganas. Hasta el último aliento. Que jamás se dejan cuentas sin pagar. Que siempre se deja una parte del corazón bien resguardado. Que ser violento daña. A cuestionarlo todo. Todo. A hacer siestas con la gente que uno quiere. A compartir el vaso.

Nunca he estado segura de ser la hija que él quería. Sé que me parezco en muchas cosas a él, la mayoría de ellas buenas. Jamás sabré si aprueba cómo llevo mi vida. No es relevante. Pero sí me gustaría saberlo.

Mi papá cumplió once años de muerto. Y todavía no sé cómo me siento al respecto.

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