Puedo querer

Sé que mi cariño vale y por eso me siento con más libertad de ofrecerlo.

Desde que ya no tengo miedo a ser herida, me arriesgo más y duele menos.

Cada vez que me veo y me gusto a mí misma, defectos y todo, siento menos necesidad de llamar la atención.

Mientras más gente valiosa tengo a mi alrededor, menos ansiedad tengo de quedarme sola.

Aprendiendo a amar, a darme, a sonreír, a soltar, encontré la fuerza para dejarme querer.

Y tengo quién me quiera.

El placer de verte

Hacer las cosas que te gustan, cuando te pierdes en el momento. Te quedas allí parado, con esa gracia casi felina que hace que salte cada vez que te me acercas por detrás sin hacer ruido.

Jugar con tus hijos, alentándolos a mejorar y a esforzarse y a pasársela bien. Y ellos se te pegan cual hierro al imán, atraídos por el amor que les das, confiados que tienen un padre a quién admirar.

Dar opiniones acerca de las cosas que dominas a la perfección, sin pretenciones petulantes, pero no por eso menos contundentemente. Despliegas un talento para decirle a la gente que está equivocada y que te lo agradezcan.

Pero, sobre todo, el placer de verte dormir a mi lado, con la cara completamente relajada, quitada de años. Saber que, en esos momentos callados, tú estás en paz porque estamos juntos, sin importar lo que nos cansó ese día y lo que nos tendrá corriendo al día siguiente. Y, a veces, a media noche abres los ojos y nos vemos hasta volvernos a dormir.

Dos dagas juntas

Cuando uno piensa en dos personas que se llevan bien, se imagina que «encajan», como si fueran una daga y una vaina. Mi problema es que yo siempre he sido daga y que han buscado una vaina. No ha funcionado. Imagínense dos dagas: tienen punta, cortan, no se mete una dentro de la otra. No encajan. Pero yo no quiero ser vaina y sólo recibir la punta cortante y no poder cortar yo. No sé. No tengo carácter para eso. Y entiendo que no es para todos.

Ahora, imagínense un par de dagas con filo, largas, peligrosas. Apuntadas una frente a la otra, es obvio que no van. Evoca una pelea mortal. Así no funciona ninguna relación.

Hasta que se pone una al lado de la otra. Las puntas se dirigen hacia el mismo lado. Si se alinean bien parecen una misma. Tienen un mismo objetivo y se dobla su fuerza.

Eso es lo que tengo ahora. Una daga que le hace juego a la mía, que se dirige hacia el mismo objetivo que yo, que me ayuda a cortar, a luchar, a seguir. Incluso, si me falta el filo, allí está mi partner.

Y, a veces, también soy vaina.

Una mano

pequeña, que se siente segura tomando la mía para cruzar el mundo

una menos pequeña, que se mide contra la mía, ansioso de crecer y comerse el mundo

una grande, que encuentra la mía, la izquierda, para compartirnos el mundo

 

Mi vida en suspenso

Recuerdo el tiempo en que no hice recuerdos

Existía para sobrevivir y vivir más tarde

Guardaba mi cariño, porque no quería querer

Respirar y moverse no es lo mismo que estar

Tengo siete años que me debo a mí misma

Hay un agujero en mi existencia que no puedo llenar

Porque no lo viví

Me perdí teniendo brújula, sólo por no querer usarla

Morí esos años y llevo aún mi duelo en alguna parte

Menos mal, sí existe la resurrección y pude quitar el botón de pausa

Los peligros del amor

No es que te devuelvan el corazón hecho pedazos,

es que se lo queden para siempre.

No es que no puedas vivir sin ellos,

es que no vas a querer hacerlo.

No es que te hagan sufrir,

es que te hacen más feliz.

No es que engañen,

es que te cumplan.

El amor es el arma más peligrosa, no porque mate, sino porque te hace vivir.

Una vez lo pruebas, sabes que no hay otra forma de ser humano.

El amor te atrapa sin amarrarte.

Y, en esa permanencia voluntaria, estás más libre que estando fuera.

Descansar

No puedo pedirlo.

Quiero darme una pausa, pero la vida continúa.

Y es la vida que quiero.

Parar. Lo que no crece, se muere. Mejor no parar.

Pero tampoco vivir en el más allá del presente.

Hasta desconectarse, esa palabra tan usada ahora, implica una renuncia.

Prefiero seguir, fijándome en lo que está a mi alrededor, pero seguir avanzando.

Implica dejar atrás lo que no me ayuda a crecer.

Y está bien. No sólo quiero acumular dígitos a mi edad.

Entonces. No paremos. Sigamos.