De esos que te alumbran
y duelen porque son ciertos
y cuestan aceptar.
De esos que te hacen replantearte
tu forma de pensar
y cuestionarte
tu forma de sentir.
De esos que liberan
que desatan
que te hacen crecer
y se agradecen.
De esos que te alumbran
y duelen porque son ciertos
y cuestan aceptar.
De esos que te hacen replantearte
tu forma de pensar
y cuestionarte
tu forma de sentir.
De esos que liberan
que desatan
que te hacen crecer
y se agradecen.
Porque no puedo acompañar de una mueca torcida y chistosa un comentario ácido.
Porque las manos haciendo ademanes por el aire se quedan de este lado del teclado.
Porque no puedo explicar varias veces lo que quise decir.
Porque siento que me desnudo frente a un estadio lleno cada vez que lo hago.
Porque me pongo en cada palabra.
Escribir duele porque es el momento en que soy más yo, porque no hay escape de mi mente, porque no tengo con quién pelotear la idea.
Y, cuando termino, me siento liviana y aliviada. Hasta que tengo que volver a empezar.
«Los niños están dormidos.»
«Ven más cerca.»
«Me hace falta hablarte.»
«¿Salimos hoy y estamos juntos?»
«Tú siempre estás linda.»
«Me gustas tú.»
«Tengo ganas.»
«Te amo.»
Por haber guardado mi corazón
Por haber dicho la verdad
Por haber tenido esperanza
Por creer en el amor sin evidencia
Por luchar contra mis decisiones estúpidas
La recompensa de todo eso
Eres tú.
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Diez años después y sigo aprendiendo de ti
que recto no es lo mismo que rígido
que vulnerable no es lo mismo que débil
que tener fe no es lo mismo que exponerse.
Amar no es sufrir, compartirse no es perder, ser feliz no es ser iluso.
Se puede tener esperanza en la humanidad y no dejarse engañar por el ser humano. Se puede ser firme de convicciones, sin ser una piedra que atropelle. Se puede ser un chico bueno con malas mañas.
Dormir resulta el escape más grande hacia dentro de nosotros mismos. Es el único momento en donde dejamos que el lado derecho de nuestro cerebro proyecte en la pantalla de nuestros pensamientos. Y, como ese lado es el que se entiende en abstractos, las películas que soñamos son invariablemente marcianas. Y estamos solos. No podemos compartirlos, no podemos platicarlos, ni siquiera estamos concientes del asunto.
Y es en esa soledad en la que nos revelamos. Es allí en donde recurrentemente me doy cuenta de lo mucho que me importa estar contigo. Me recuerdo que, aunque pueda vivir sin ti, simplemente no quiero hacerlo.
Despertar de mi lado de la cama, porque tú tienes el tuyo, todavía me sorprende. Y me gusta.
Eres abierto y firme y plano
Yo soy oculta y suave y redonda
Seco, alto, angular
Húmeda, baja, curva
Te miro y te muestras
Me miras y me escondo
Y juntos somos fuertes, vulnerables y nos volvemos uno.
Este año se me está pasando lento
como aletargado, amodorrado, arrastrado.
Un día le pide permiso al otro para amanecer.
Tal vez no quiero que terminen mis treintas.
Tal vez he saturado mi vida de mil cosas.
Tal vez se me está multiplicando.
Pero ya casi es junio.
Tal vez, después de todo, no va tan lento.
Que no puedo usar t-shirts de Batman
Ni me puedo poner ganchos en el pelo
Ni salir sin arreglarme a la calle
Ni querer cantar a todo pulmón.
Que la edad me obliga a ser seria
Que mis hijos necesitan mamá formal
Que ya pasó el tiempo de tener aventuras
Y que tampoco puedo esperar más.
Que la belleza se va
El cuerpo envejece
La piel se cae
El deseo decrece.
Y me miro al espejo y allí estoy la misma yo.
La del pelo largo, el cuerpo joven, la cara fresca.
Aunque me esconda detrás de los casi 40 años.
Con ella salgo, todos los días.
Por ella vivo, porque soy mi mejor yo.
Y con ella vives tú. Y te gustamos.
La yo que cambia y la yo que permanece.
Y las dos te queremos. Porque también conocemos tus dos yo.
El día termina
las flores se marchitan
el deseo se apaga
las estrellas mueren.
Y hay un nuevo amanecer
germinan las semillas
se estrenan ganas
y nacen galaxias.
Nada permanece igual para siempre.
Pero contigo, Amor, se transforma siempre en algo mejor.