El precio que se paga

Pagué tenerte, con las grietas

que se abrieron en mi corazón

dejando escapar el torrente

que se desbordó de mis ojos.

Con el peso de tu ausencia

el vacío que cubría mi piel

en vez de tu mano que me daba forma.

Lo pagué con tristeza y desidia

con las ganas que se fueron tras de ti

con tardes de soledad,

noches de insomnio.

Y, aún así, quedé debiendo.

No tiene nada qué ver

Ni el viento que me despeina

ni el agua que recorre fresca mi garganta

ni el cielo al que se le prenden las estrellas

ni el sol que me envuelve como un manto

ni el sueño interrumpido por las noches

ni mi voz que canta para nadie

ni mi piel que pierde forma sin tus manos

ni mis ojos que se ahogan de no verte.

Nada de eso tiene que ver contigo.

Pero sí.

La sustancia de las cosas

El objeto poseído es feliz de tener dueño.

El hechizo sólo sirve cuando lo invocan.

El fuego sólo arde cuando lo prenden.

Y yo sólo existo cuando estoy contigo.

Como una oración esperanzada que se convierte en realidad.

Préstame tus ojos

Para navegar en un océano de noche

un infinito brillante sin estrellas.

Sujétame con ellos

para que no me ahogue

y no salga volando para siempre.

Envuélveme de negro

y llévame contigo

cuando parpadeas.

Préstame tu ojos

y no me dejes ir.

La eternidad

Me dijiste que me amabas para siempre

mientras salías por la puerta con tu vida empacada en dos maletas

sin intención de regresar jamás.

Ahora sólo estoy esperando

que me digas que nunca será igual

y que regreses para quedarte.

Para siempre.

El fin de todo

Dicen que hasta el universo acabará,

el infinito tendrá un «hasta aquí»,

el tiempo terminará.

Y yo lo creo,

porque hasta mi tristeza encontró su fin,

en el fondo de tus ojos.