Prefiero que los besos
sean amargos
como un café caliente
porque el negro infinito
diluido no es igual.
Prefiero que los besos
sean amargos
como un café caliente
porque el negro infinito
diluido no es igual.
Creemos que somos dueños del tiempo
porque llevamos relojes que marcan la hora.
El verdadero transcurso de la vida
se mide por el espacio entre un beso y el otro.
Encontré la soledad
en una cama
cuando pedí un abrazo
y me dieron la espalda.
En tus ojos, casi me pierdo,
un momento pensé que casi me querías,
que la eternidad casi estaba en un beso,
la felicidad casi la alcanzaba.
Casi logramos un «para siempre»
en nuestra vida casi perfecta
con las promesas casi cumplidas
y los corazones casi intactos.
Así, los círculos casi cerrados
nos permiten, casi, cruzar a salvo
llegar a la meta, casi,
y casi tener éxito.
Pero el casi, que es una palabra maldita, nos dejó todo justo fuera de nuestro alcance y derribó el castillo de naipes en la última carta.
El infinito adquiere los límites
que le ponen tus brazos a mi cuerpo
cuando traes el universo entre los ojos
negros, profundos, calientes,
esperando que pose
un par de soles,
fríos, verdes, húmedos
para estallar en la creación
que nos destruye y rehace
en cada beso
hasta acabarnos el tiempo
y volver a empezar.
Me miras como un gato al canario.
Y yo me dejo atrapar.
– ¿Cuál es tu palabra favorita?
– Todavía.
– ¿Todavía?
– Sí, para siempre.
Pagué tenerte, con las grietas
que se abrieron en mi corazón
dejando escapar el torrente
que se desbordó de mis ojos.
Con el peso de tu ausencia
el vacío que cubría mi piel
en vez de tu mano que me daba forma.
Lo pagué con tristeza y desidia
con las ganas que se fueron tras de ti
con tardes de soledad,
noches de insomnio.
Y, aún así, quedé debiendo.
Ni el viento que me despeina
ni el agua que recorre fresca mi garganta
ni el cielo al que se le prenden las estrellas
ni el sol que me envuelve como un manto
ni el sueño interrumpido por las noches
ni mi voz que canta para nadie
ni mi piel que pierde forma sin tus manos
ni mis ojos que se ahogan de no verte.
Nada de eso tiene que ver contigo.
Pero sí.
El objeto poseído es feliz de tener dueño.
El hechizo sólo sirve cuando lo invocan.
El fuego sólo arde cuando lo prenden.
Y yo sólo existo cuando estoy contigo.
Como una oración esperanzada que se convierte en realidad.