– ¿Cuál es tu palabra favorita?
– Todavía.
– ¿Todavía?
– Sí, para siempre.
– ¿Cuál es tu palabra favorita?
– Todavía.
– ¿Todavía?
– Sí, para siempre.
Pagué tenerte, con las grietas
que se abrieron en mi corazón
dejando escapar el torrente
que se desbordó de mis ojos.
Con el peso de tu ausencia
el vacío que cubría mi piel
en vez de tu mano que me daba forma.
Lo pagué con tristeza y desidia
con las ganas que se fueron tras de ti
con tardes de soledad,
noches de insomnio.
Y, aún así, quedé debiendo.
Ni el viento que me despeina
ni el agua que recorre fresca mi garganta
ni el cielo al que se le prenden las estrellas
ni el sol que me envuelve como un manto
ni el sueño interrumpido por las noches
ni mi voz que canta para nadie
ni mi piel que pierde forma sin tus manos
ni mis ojos que se ahogan de no verte.
Nada de eso tiene que ver contigo.
Pero sí.
El objeto poseído es feliz de tener dueño.
El hechizo sólo sirve cuando lo invocan.
El fuego sólo arde cuando lo prenden.
Y yo sólo existo cuando estoy contigo.
Como una oración esperanzada que se convierte en realidad.
Para navegar en un océano de noche
un infinito brillante sin estrellas.
Sujétame con ellos
para que no me ahogue
y no salga volando para siempre.
Envuélveme de negro
y llévame contigo
cuando parpadeas.
Préstame tu ojos
y no me dejes ir.
El corazón tiene un reloj
diferente al de la cabeza
porque recuerda todo
como si estuviera sucediendo.
Me dijiste que me amabas para siempre
mientras salías por la puerta con tu vida empacada en dos maletas
sin intención de regresar jamás.
Ahora sólo estoy esperando
que me digas que nunca será igual
y que regreses para quedarte.
Para siempre.
Dicen que hasta el universo acabará,
el infinito tendrá un «hasta aquí»,
el tiempo terminará.
Y yo lo creo,
porque hasta mi tristeza encontró su fin,
en el fondo de tus ojos.
Me gustan las coincidencias
que se vuelven historias
con aire de inevitabilidad
tan parecidas al destino.
Otra vez me lo preguntas.
Quiero todo.
Aunque sea por pedazos.