El regreso

Salir de uno mismo

para ver hasta dónde se llega

tratar de perderse

y no regresar jamás.

Como si el cuerpo que nos lleva

no fuera el mismo recipiente

que queremos vaciar

sin lograrlo del todo.

Porque, a donde sea que vayamos

nos llevamos.

Estar callado

La tristeza habla

del mar en solitario

de las noches vacías

de las pieles sin manos.

Quiere llenar con palabras

las bocas que extrañan besos

secar con tinta

los ojos que se derraman.

Estar triste es contar

minutos en ausencia

días flotando

infinitos repetidos.

La felicidad calla

porque está satisfecha.

El deseo

Eso que es más que querer

que arde en la punta de los dedos

quema los pensamientos puros

deshace las buenas intenciones.

No es dejarse arrastrar

ni perderse en una erupción

es navegar con propósito

directo hacia la tormenta.

Pero, ¿qué vas tú a saber

del deseo que consume

y mata y revive

si eres tú quien lo provocas?

Las manos

El conflicto de dos manos que se buscan

es que no siempre se encuentran

porque a veces están en otras manos

sosteniendo otras piernas

acariciando otras pieles.

Y se buscan, las manos,

sin siquiera saberlo,

sólo sintiendo que lo que sienten

no es suficiente.

Hasta que se encuentran.

Los gustos adquiridos

Cualquiera que ha tenido que alimentar un niño de dos años conoce el: “no puedes saber que no te gusta, si no lo has probado”. Poco a poco, pasa uno de darles lo más básico hasta cosas más aventadas. Termina uno cenando con una niña de 7 años que quiere comer rana.

Hay muchas cosas que me hace falta probar. Me pasa un poco con las montañas rusas. Sufro antes de subir y luego no me quiero bajar. O las personas, que me hago una idea de cómo son y tengo que cambiarla cuando las conozco.

Todos tenemos ideas preconcebidas de lo que aguantamos, queremos, nos gusta. Luego viene una pérdida y la sobrepasamos. Conocemos a alguien y se nos mueve el mundo. Comemos un buen plato de callos a la madrileña y nos encanta.

Vivir nos debería abrir la mente, ampliar los gustos, dar sed de experiencias. Pero, lamentablemente, a veces vamos cerrándonos. Porque nos da miedo o pereza. Miedo de no conocernos. Pereza de movernos.

Para alguien como yo que florece en la rutina, el cambio parece una pista de obstáculos. Pero así he aprendido a cocinar, a hacer karate, a escribir. Todas cosas que me gustan. Y le he agarrado el gusto a comer casi todo.