Tal vez si me siento
a la orilla del paso
en una esquina del tiempo
pueda verte pasar de nuevo
como la primera vez
y empezar de cero.
Tal vez si me siento
a la orilla del paso
en una esquina del tiempo
pueda verte pasar de nuevo
como la primera vez
y empezar de cero.
¿Todavía quieres todo?
Todavía.
¿Por qué?
Porque existes.
Tomar café me recuerda a nuestras charlas sin fin
que se volvían vinos
que se volvían besos
que se volvían caricias
que se volvían noches
que se convertían en mañanas
para tomar café.
Prefiero que los besos
sean amargos
como un café caliente
porque el negro infinito
diluido no es igual.
Creemos que somos dueños del tiempo
porque llevamos relojes que marcan la hora.
El verdadero transcurso de la vida
se mide por el espacio entre un beso y el otro.
Encontré la soledad
en una cama
cuando pedí un abrazo
y me dieron la espalda.
En tus ojos, casi me pierdo,
un momento pensé que casi me querías,
que la eternidad casi estaba en un beso,
la felicidad casi la alcanzaba.
Casi logramos un «para siempre»
en nuestra vida casi perfecta
con las promesas casi cumplidas
y los corazones casi intactos.
Así, los círculos casi cerrados
nos permiten, casi, cruzar a salvo
llegar a la meta, casi,
y casi tener éxito.
Pero el casi, que es una palabra maldita, nos dejó todo justo fuera de nuestro alcance y derribó el castillo de naipes en la última carta.
El infinito adquiere los límites
que le ponen tus brazos a mi cuerpo
cuando traes el universo entre los ojos
negros, profundos, calientes,
esperando que pose
un par de soles,
fríos, verdes, húmedos
para estallar en la creación
que nos destruye y rehace
en cada beso
hasta acabarnos el tiempo
y volver a empezar.
Me miras como un gato al canario.
Y yo me dejo atrapar.