– Te amo.
– Yo a ti.
– Te amo.
– Yo a ti.
Cualquiera que ha tenido que alimentar un niño de dos años conoce el: “no puedes saber que no te gusta, si no lo has probado”. Poco a poco, pasa uno de darles lo más básico hasta cosas más aventadas. Termina uno cenando con una niña de 7 años que quiere comer rana.
Hay muchas cosas que me hace falta probar. Me pasa un poco con las montañas rusas. Sufro antes de subir y luego no me quiero bajar. O las personas, que me hago una idea de cómo son y tengo que cambiarla cuando las conozco.
Todos tenemos ideas preconcebidas de lo que aguantamos, queremos, nos gusta. Luego viene una pérdida y la sobrepasamos. Conocemos a alguien y se nos mueve el mundo. Comemos un buen plato de callos a la madrileña y nos encanta.
Vivir nos debería abrir la mente, ampliar los gustos, dar sed de experiencias. Pero, lamentablemente, a veces vamos cerrándonos. Porque nos da miedo o pereza. Miedo de no conocernos. Pereza de movernos.
Para alguien como yo que florece en la rutina, el cambio parece una pista de obstáculos. Pero así he aprendido a cocinar, a hacer karate, a escribir. Todas cosas que me gustan. Y le he agarrado el gusto a comer casi todo.
Las cosas bellas
no dejan de serlo
cuando nadie las mira.
Pero qué desperdicio.
Dejamos la botella sin terminar
la comida servida
la ropa a medias
para darnos enteros.
Él llevaba el mar de noche
en los ojos negros sin estrellas
y ella lo llevaba revuelto
entre las ondas de su pelo sin peinar.
Ambos naufragaban.
Había una vez
la palabra fin
al principio de un cuento
que no terminaba.
Tal vez si me siento
a la orilla del paso
en una esquina del tiempo
pueda verte pasar de nuevo
como la primera vez
y empezar de cero.
¿Todavía quieres todo?
Todavía.
¿Por qué?
Porque existes.
Tomar café me recuerda a nuestras charlas sin fin
que se volvían vinos
que se volvían besos
que se volvían caricias
que se volvían noches
que se convertían en mañanas
para tomar café.