Para navegar en un océano de noche
un infinito brillante sin estrellas.
Sujétame con ellos
para que no me ahogue
y no salga volando para siempre.
Envuélveme de negro
y llévame contigo
cuando parpadeas.
Préstame tu ojos
y no me dejes ir.
Para navegar en un océano de noche
un infinito brillante sin estrellas.
Sujétame con ellos
para que no me ahogue
y no salga volando para siempre.
Envuélveme de negro
y llévame contigo
cuando parpadeas.
Préstame tu ojos
y no me dejes ir.
El corazón tiene un reloj
diferente al de la cabeza
porque recuerda todo
como si estuviera sucediendo.
Me dijiste que me amabas para siempre
mientras salías por la puerta con tu vida empacada en dos maletas
sin intención de regresar jamás.
Ahora sólo estoy esperando
que me digas que nunca será igual
y que regreses para quedarte.
Para siempre.
Dicen que hasta el universo acabará,
el infinito tendrá un «hasta aquí»,
el tiempo terminará.
Y yo lo creo,
porque hasta mi tristeza encontró su fin,
en el fondo de tus ojos.
Me gustan las coincidencias
que se vuelven historias
con aire de inevitabilidad
tan parecidas al destino.
Otra vez me lo preguntas.
Quiero todo.
Aunque sea por pedazos.
Somos esponjas que absorben la felicidad,
nos ensanchamos, crecemos
para regresar a nuestro tamaño
cuando pasa el momento.
Lo único que nos cambia,
es la tristeza,
que llega con un par de tijeras
y nos quita pedazos,
nos transforma, nos rearma.
Para luego volvernos a llenar,
cuando llega otra vez la felicidad.
Diferentes.
Tejemos un manto
con los recuerdos de nuestra vida
que luego nos sirve
para cubrirnos de noche.
Esperamos que nos sea suficiente.
Decir que no estoy bien,
Que hay dolor.
Está bien sentirse mal.
Porque todo pasa.
Entre la misericordia y la justicia.
La esperanza y la realidad.
Lo fuerte y lo sensible.
La felicidad y la paz.
Sólo sé que lo quiero todo.
Porque ya lo tuve.