Yo entiendo la fe como la seguridad de que va a suceder algo. Por ejemplo, tengo fe que mi despertador va a funcionar todos los días. Tengo fe que la fábrica que hizo mi carro no me vendió un limón. Esa certeza en el funcionamiento de las cosas inanimadas me permite quitarme ciertas preocupaciones.
La fe se vuelve más complicada cuando se pone en las personas. Las compras que he hecho a la China han sido un salto en la oscuridad, que, hasta ahora, no ha resultado en ningún trancazo. Confío en gente a la que nunca voy a ver en mi vida. Cuando invito a mis amigos, les creo que van a venir si me confirman.
La fe es esencial para no volverse loco con las situaciones que están por completo fuera de nuestra esfera de influencia. Yo no podría vivir si tuviera que dudar que mis hijos van a amanecer vivos.
Sin fe, el mundo no funcionaría. La certeza de las cosas que se esperan mueve las interacciones humanas en todos los ámbitos y es un bien especialmente preciado en las relaciones más cercanas. Es más frágil que el respeto y más difícil de recuperar que el amor.
No entiendo a la gente que vive con personas de las que dudan. Eso de registrar billeteras (si no es para sacar pisto), me parece extraterrestre. Ni siquiera se me ocurre ponerle notificaciones a los tuits, ¿¡a qué horas!? Porque la otra cara de la moneda es el miedo y yo ya estoy muy grande como para tenerle miedo a nada.
