El Alimento del Cerebro

Aunque me cueste, es muy evidente elegir un brócoli en vez de una papalina cuando me toca decidir con qué nutrir mi cuerpo. Y por lo mismo me parece extraño que uno piense más en qué se va a meter a la boca, que qué va salir de ella.

Generalmente se considera sólo lo que alimenta nuestra parte física, pero somos mucho más que cuerpos. Y todo lo que somos toma sustento de alguna parte, se lo demos conscientemente o no. Y eso también es lo que sacamos. Un cerebro anímico se nota con la primera frase. No creo que sea necesario estudiar física cuántica para tener algo interesante de qué hablar, pero tal vez sí vale la pena meterle al RAM algo más sustancial que chismes.

Mi cerebro da vueltas solo, supongo que le pasa lo mismo a todo el mundo. Y si no tiene algo importante en qué fijarse, termino obsesionada con cosas tan estúpidas como que me tengo que despintar las uñas. Desperdicio de espacio entre las orejas.

Intento encontrar los brócolis mentales para balancear la información chatarra que consumo. No siempre lo logro y termino atorándome de televisión tonta. Pero más de algo nutritivo se logra meter.

Prolongar el Placer

Tenemos muy pocos siglos de vivir como personas «civilizadas» que no tienen que salir a rifarse el pellejo para cazar y recolectar la poca comida que consigamos. Independientemente de si la agricultura fue mejor o peor para nuestra salud, todos esos milenios viendo tigres entre las sombras (aunque sólo fueran mariposas), le informaron a nuestros cerebros a esperar lo peor.

Luego vengo yo y estudio derecho. Ser abogado, esencialmente, es poder ejercitar la habilidad de imaginarse las peores consecuencias de una decisión. O sea, yo soy una pesimista profesional: un golpe en la cabeza inmediatamente puede ser una contusión cerebral, una llamada es para contarme malas noticias, los jeans seguro no me van a cerrar. Deformación profesional. No quiero ni preguntarle a un patólogo cómo mira el mundo.

Vivimos con la tendencia a enfocarnos en lo malo, en lo negativo, en el peor escenario y creemos que la gente que vive feliz y optimista no sólo está engañada, sino que es tonta. Y se nos olvida enfocarnos en las cosas lindas que nos rodean, incluídas las más banales. ¿Cómo es eso que un chiste deja de ser gracioso a la segunda contada? ¿Pero seguimos llorando por el novio que nos cortó cuando teníamos 15 años?

No se trata de enterrar la cabeza en la arena y no ver lo malo que hay en el mundo. Yo creo que la meta es prevenir las consecuencias (malas y buenas) de nuestros actos y de las circunstancias que nos rodean, pero enfocar nuestra energía en lo positivo, lo bueno, lo bonito. Desde el aroma de una tortilla recién hecha que esperamos comernos con sal, hasta una mirada que encierra amor y deseo y felicidad. Por eso trato de darme un par de segundos para sentir el sabor de la comida en mi boca, para fijarme en lo suave del pelo de mi gato, para grabarme en el alma el sonido de la risa de mis hijos, para disfrutar el peso de una mano conocida en mi espalda. Aunque luego le encuentre el pelo a la sopa.

Ponerse en Vitrina

Dicen que a uno le molestan cosas propias cuando le caen mal otras personas. Yo no estoy del todo de acuerdo: cosas como la patanería y la hipocresía son defectos que me repugnan y ninguna me aplica, por lo menos eso espero. Pero no deja de haber algo de realidad en ese dicho. De alguna forma nos vemos reflejados en las personas con las que interactuamos.

Enseñarse al mundo, de cualquier forma, es exponerse al escrutinio. Queremos compartir alguna parte de nuestra vida y nos ponemos bajo un vidrio. Y allí está la magia: el cristal en una vitrina sirve tanto para ver hacia dentro, como para revisar nuestro reflejo.

Por eso hay que enojarse muy poco, o nada, de lo que opinan extraños acerca nuestro. Muchas veces lo que perciben son sus propias ideas rebotadas en nosotros. Es lo lógico. Percibimos el mundo a través del filtro de nuestras experiencias.

Así es que, la próxima vez que me caiga mal alguien gritón, que habla mucho y le gusta llamar la atención, voy a quedarme calladita.

La Batalla de las Siestas

De verdad espero que cuando sea grande, mi hija sea tan difícil de llevar a la cama como cuando quiero que haga una siesta. ¡Qué gana de pelear contra dormir! Las ojeras le llegan hasta la barbilla, los ojos se le traban, se pone insoportable, pero no. Pareciera que le estuviera ofreciendo comer arena.

Entonces le digo que tal vez, si se está muy quietecita, uno de los dos gatos al fin se va acostar sobre ella. La paz le dura cinco segundos. Luego la pongo a escoger el ruido de fondo (lluvia, viento, fuego, truenos). Nos acomodamos, alega, la abrazo, alega, le hago cariñito, alega. Y alega. Y alega. Hasta que, a media alegada, ronca. Así. No hay transición. Y yo me quedo con un nudo de piernitas y bracitos sin poder moverme hasta que a la bella durmiente se le da la regalada gana despertarse. Cuatro horas después.

Podría (y lo he hecho) sentir que estoy desperdiciando tiempo valioso que estaría mejor empleado en otra cosa. Revisar correos de clientes, hacer capas de Batman, organizar eventos de Rotarios, escribir… Muchas cosas parecieran más «importantes» que estar acostada sin siquiera poder dormir, esperando que una peluda abra los ojos.

Y luego siento el peso de una piernita y un bracito. Y huelo el aroma de su cabeza en mi hombro. Y oigo el dulce retumbo de sus nada delicados ronquidos. Y no hay nada más importante en ese momento que servirle de almohada y calentador y rocola y protectora.

Es por eso que mañana también voy a luchar la batalla de las siestas. No siempre salgo victoriosa, pero siempre vale la pena intentarlo.

Pintar con Palabras

Durante el almuerzo me balanceo entre el deseo de escuchar aventuras de colegio y la necesidad de apurar a los niños para que terminen rápido. Mientras uno habla, el otro come, cuando me va bien. Y, entre recordatorios del uso correcto de cubiertos, respeto de espacios personales y ¡por favor no hables con la boca llena!, también se dan lecciones de comunicación. Los niños parecieran venir con un stock de efectos especiales auditivos. La mitad de las descripciones son «Bum, crash, piuj, piuj…», acompañadas de dedos que dan vueltas, palmas que chocan, puños que somantan.

Yo soy fanática del lenguaje. Creo que es la herramienta que verdaderamente nos distingue de los demás seres vivientes. Nos permite hacer tangibles cosas que sólo existen en el éter de nuestros cerebros. Les damos forma a los sentimientos, color a las emociones, sustancia a las ideas. Quitarle la voz (en sentido esotérico) a una persona, su capacidad de expresarse, es quitarle mucha de su pertenencia al mundo. Enseñarle a alguien a traducir su mundo interior a un medio de expresión que pueda compartir con los demás es abrirle paso para cumplir con sus sueños.

La manipulación del lenguaje, torcer conceptos comunes para que signifiquen algo diferente de lo usual, es casi un crimen. Es un engaño solapado que causa más conflictos que muchos insultos. Tratar de dialogar con alguien que le da un sentido distinto a la misma palabra es correr cuesta arriba en el lodo bajo la lluvia arrastrando una tonelada. Descalzo.

Por eso los pobres y sufridos menores de edad de esta casa saben bien qué contestar cuando se les pregunta ¿para qué sirve el lenguaje?: «Para comunicarse.» Y guardan los efectos especiales para cuando trabajen en el cine.

El Desorden Organizado

Recuerdo la mesa de trabajo de mi mamá: más parecía una escultura moderna intentanto desafiar la gravedad de tantas cosas que tenía apiladas. Pero ella decía que podía meter la mano entre el relajo buscando un lápiz azul y ¡voilá! salía un lápiz azul. El desorden era evidente, pero el método existía. Yo heredé métodos para hacerlo todo, así venzo mi inclinación natural hacia el desastre.

Ser metódico es bueno para terminar procesos, como siempre vestirse en el mismo orden y no olvidarse de la ropa interior. Difícil hacer un pastel sin medir meticulosamente todos los ingredientes.

Pero también es peligroso dejar que el método sea más importante que el resultado final. Aprender a tener flexibilidad para salir al paso de eventos inesperados, es una cualidad que ayuda al final a conseguir lo que se quiere.

Yo funciono mejor sobre una cuadrícula, aunque me duela el cerebro tratando de meterme a curvas. Y, para evitar el desorden, hago trampas como no tener gavetas en la casa.

Las Sonrisas Peligrosas

Mi adolescencia pasó entre lágrimas: de tristeza, de enojo, de vergüenza, de «pasó la mosca». Expresar emociones a través de llorar es un poco frustrante, tanto así que ahora me es casi imposible soltarme a chillar. A lo más que llego es a que se me pongan los ojos igual que caricatura japonesa, con una capa líquida que no se rompe.

Tal vez lo peor sea llorar por enojo, porque he aprendido a igualar lágrimas con debilidad y eso quita legitimidad a las indignaciones. Y aunque resulta que las mujeres estamos hormonalmente predispuestas a accesar los ductos lacrimales más fácilmente en una emoción fuerte, yo detesto llorar y prefiero clausurar las compuertas.

Si estoy ensatanada, lo más probable es que me ponga muy callada y muy sonriente. Si me miran así por la calle, huyan. En serio. La gente puede ocultar muchas cosas detrás de los dientes expuestos: dolor, tristeza, enojo… Y así como una lágrima no equivale a sentirse mal, una sonrisa tampoco es igual a estar feliz.

Las personas somos complicadas, sobre todo si pretendemos adivinar qué le pasa a la gente que uno tiene a su alrededor. Creo que lo mejor siempre es preguntar.

Hasta que lo conocen tan bien a uno que saben lo suficiente como para pegar la carrera.

Llevar un David Adentro

Siempre me gustó esa historia de Miguel Ángel diciéndole a su David: «¡Habla!» Le habían dado un pedazote de mármol que alguien ya había comenzado a esculpir y sacó una estatua que parece pulsar. Decía que él sólo quitaba el mármol que estaba demás, que las estatuas ya estaban allí, esperando ser liberadas (parafraseo). También siempre he dicho que ha de ser espantoso llevar un David adentro. Tener algo que lo arrastra a uno a producir, a crear, que quita el hambre, el sueño, la vida, porque sólo se vive a través de su conclusión.

El mundo que conocemos existe gracias a esas personas que fueron arrastradas por sus davides personales. Esos hermanos que decidieron que sí podíamos volar como los pájaros. El primer cavernícola innombrado que replicó el milagro del fuego. Los incontables genios que nos han dado la libertad personal de las computadoras.

La pasión que abrasa y que no tiene cauce, destruye. Y aún así, es mejor morir en una pira, consumido por el fuego de una idea, que vivir con horchata en las venas. Encontrar en dónde reside la chispa de la obsesión es una de las metas de la vida. No importa cuál sea, un trabajo bien ejecutado, hecho con gusto, es una obra de arte en sí misma. Peinar a los niños por las mañanas y asegurarse que salgan con sus loncheras llenas es otra manifestación de vivir plenamente.

La vida invita a lanzarse a ella con todo. A buscar nuestro David y encontrar un trozo de mármol en dónde plasmarlo. Todos los días. Sí, tener dentro esa fuerza que arrolla es espantoso y, por supuesto, no todos somos un Miguel Ángel. Pero, si estamos vivos, no hay mejor cosa que alimentarla, sabiendo bien que muchas veces nos vamos a lastimar por el impacto. Yo no esculpo, pero escribo.

El Amor en Perfume

Mi papá olía a una mezcla de tabaco de pipa, colonia, cuero, caballos y aceite de pistola. Además me pasó una predilección por la lavanda, la cuál sigo mezclando con todo.

Mi mamá dejaba su aroma en todo: un collar de perlas, sus pañuelos, hasta en el gato que murió seis años después que ella. Lloré la muerte de ese gato con mares, porque se me fue el último lugar donde podía meter la nariz y encontrarla.

Mis hijos… Creo que lo primero que hice en cada parto fue olfatearles la cabeza. Me pueden quitar los ojos y los oídos y los reconocería por su olor. Aún es dulce y cada mañana que abro la puerta de su cuarto me acaricia una bocanada de recuerdos de leche y ser humano recién estrenado.

Luego está él: el único hombre que conozco que usaba una loción que amé y luego detesté en el primer embarazo. Guácala. Le conozco el humor por el aroma que despide. Siempre cálido, grande, dulce. Recién bañado huele a pan. Y aunque duermo a su lado, no me es suficiente y me envuelvo en la camisa que usó ese día, como un escudo contra cualquier pesadilla, para que su olor me acompañe en sueños.

El Por y el Para

Hay pocas formas tan certeras de amargarse uno la vida como preguntarse «¿por qué?» «¿Por qué llueve el día que lavo el carro?» «¿Por qué no gané el examen?» «¿Por qué murieron mis papás?»

Lanzar preguntas sin respuesta al aire es alimentar el hámster que da vueltas en nuestro cerebro. Puede que corra muy rápido dentro de su bola, pero no va a ninguna parte. Crea uno en un ente superior o no, tratar de adivinar motivos ulteriores en acontecimientos de la vida es meterse en campos esotéricos. Salvo que uno se dedique a la filosofía, dudo que esa ocupación sea satisfactoria.

A mí me ha tocado recablear neuronas y comenzar a pensar «¿para qué?» El tratar de encontrarle un sentido hacia futuro accionable a las cosas que me han pasado, me da por lo menos la ilusión de tener agencia sobre mi vida. Mi mamá no está para ver a sus nietos. No sé por qué. Mi «para» es el tener una libertad mayor para vivir la maternidad a mi manera. No es que no preferiría que estuviera criticándome, pero puedo darle un sentido a su ausencia.