La Simbiosis y la Parasitud

Una de las cosas científicas que más me ha perturbado aprender es que uno termina siendo como un 90% de bacteria cuando se muere. Nacemos sin una sola y poco a poco vamos adquiriendo flora intestinal, ácaros en la piel y otro montón de compañeros microscópicos que son indispensables para nuestra salud. Plantea cuestiones casi filosóficas de la base de nuestra identidad. Muy diferente es cuando se nos mete uno de esos parásitos que todos hemos anidado alguna vez, como las amebas, que nos hacen miserable la existencia.

Así miro yo también las relaciones. Una cosa es crecer juntos apoyándose en las fortalezas del otro, hasta el punto de funcionar muy bien como unidad. No se pierde la esencia individual, pero se trabaja mejor con el otro. Las parejas que llevan mucho tiempo de casados hasta llegan a parecerse físicamente, desarrollan atajos de comunicación y alimentan una intimidad cada vez mayor.

Otra muy diferente son las relaciones que se apoyan en la debilidad del otro. El sádico que necesita al de baja autoestima. El inseguro que necesita al distante. El celoso que necesita al promiscuo. Alimentarse de lo que más nos atormenta es como comer con una solitaria en el estómago.

Me gustaría creer que con el tiempo he logrado deshacerme de las relaciones parasíticas en mi vida. De todas formas, cada año tomo un desparasitante.

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