Sé poner malos títulos

Lo difícil de escribir un cuento, tal vez no sea escribirlo, sino nombrarlo. Como hacer un niño. ¿Por qué necesitamos titularlo todo? Conozco hasta casas con nombre, generalmente de mujeres muertas hace generaciones, de quienes ya nadie recuerda cómo caminaban.

Me dedico a ponerle palabras a emociones, a través de la única herramienta que tenemos para hacerlo: el lenguage. Y, aunque una imagen pueda decir más que mil palabras, nada es tan elocuente como una cosa bien dicha. Para eso sirven los nombres, para separar e identificar. No es lo mismo cualquier hombre que el que responde a mi voz cuando lo nombro. Es que hasta el gato con mejor récord de ignorar a su humano sabe cómo se llama, aunque no le guste admitirlo.

Me gusta ponerle títulos a las cosas, a las relaciones, a las horas para hacer algo en especial. El martes es el día de lavar las sábanas y con suerte tú y yo somos amigos. No es encasillar las cosas, es otorgarles un lugar propio, aceptando que todo puede cambiar. Hasta el nombre. Sólo no me hagan ponerles títulos a mis cuentos.

Pintar de nuevo

Me gustan las paredes blancas. Es un color que no complica el resto de ambientes, siempre se puede conseguir, no hay que mezclarlo y se mira… amplio. Como si uno viviera dentro de una página por escribir. Pero también me dan ganas de poner murales por toda la casa, que me saluden colores vivos.

Tengo amigos que hacen un verdadero espectáculo de sus ambientes, cada detalle, hasta las plantas, con intención. Mi idea de decorar es poner todo lo que me gusta junto y dejarlo allí. Así están los libros en la mesa de la sala y las plumas en una librera. Los platos bonitos cuelgan de una pared y en mi cuarto están los cuadros que ha hecho la niña. Diseñadora no soy. Y no importa.

Mis paredes seguirán siendo blancas.

En esta casa se baila mal

Hay un par de canciones con las que nos ponemos a bailar los engendros y yo, no importan las circunstancias. Lo hacemos muy mal, porque esa es la idea. Si uno no puede brincar sin ritmo en la intimidad de su propia casa, está más amarrado por dentro de lo que se imagina. Y se nos mueve todo, sin pensarlo, un poco siguiendo la música y mucho siendo felices.

He encontrado que, mientras más me dejo ir con impulsos que me hacen feliz sin dañar a más gente, no importa si son ridículos, me ayudan. Como cantar en la ducha del club, aunque me escuche más gente. O ponerme los shorts cuando hace calor. O darle un abrazo apretado a los míos.

Creo que nos importa demasiado hacer las cosas bien, cuando deberíamos hacerlas felices. Nada en esta vida (bueno, pocas cosas), son tan tremebundas que no se puedan arreglar. ¿No quedó bien ese pastel? Habrá que volver a hacerlo. Y así con todo.

Hay más felicidad en bailar mal que en nunca bailar bien.

El arroz a lo bruto

Desde hace quince años, hago el arroz en arrocera. Porque ha sido tan sencillo. Y porque, para ser algo que se come siempre, el arroz resulta ser una cosa muy quisquillosa de hacer. Todo iba bien en ese vecindario de mi cocina, hasta que la bendita maquinita se arruinó.

Hay tantas cosas que funcionan perfecto hasta que ya no. Y tal vez los resultados no sean los mejores, pero son consistentes y a uno lo gana la ilusión de poder predecir los resultados en un mundo tan lleno de incógnitas. Hasta que se arruinan las formas conocidas y hay que aprender algo nuevo. Siempre llega ese momento, ni la forma de maquillarse puede quedar igual toda la vida. Menos cómo llevamos nuestras relaciones.

Así que se vale tener una manera cómoda de hacer las cosas. Pero hay que saber que, alguna vez, eso ya no va a funcionar. Hoy haré arroz en olla, como una cavernícola. Y me va a salir rico.

Limpié la bodega

Tengo varias cajas con telas y encajes, hilos y bastidores. Además de los juguetes de mis hijos que guardo. Y herrajes de caballos. Y herramientas viejas. Y mis trofeos de cuando tiraba y ganana campeonatos. En una bodega en l esquina del jardín, un cuarto grande, en el que he metido lo que no quiero ver todo el tiempo pero de lo que no me quiero deshacer.

Sentí delicioso hoy limpiarlo. Tirar todo lo que de verdad no quiero. Quedarme con el resto porque sí lo quiero. Que es distinto que no quedármelo por no sacar cosas de mi mamá. Lo vi todo y puedo hacer algo con ello.

Limpiar espacios es hacerle lugar a cosas nuevas, aunque sea la nada. Y eso es perfecto. Pobre la gente que venga después de mí y le toque ordenar eso, si no lo hago yo primero.

Una lista de eventos

Si tuviera qué confesar, diría que me gusta cómo soy ahora. Pero que hubiera querido ahorrarme un par de “lecciones” que me llevaron hasta aquí. Obvio no se puede tener una cosa sin la otra, pero tal vez me gustaría ser de otra forma también.

Hacer una lista detallando las cosas que nos han formado es más complicado que hacer una historia clínica. Además está el problema de la transitoriedad de nuestro propio estado y de cambiar de opinión acerca de qué y cuánto ha sido importante en nuestras vidas. Porque no vemos el pasado igual hoy que mañana y lo que nos pesaba antes puede ni siquiera registrar un sentimiento hoy.

Todo lo que hacemos nos define. Pero nada nos limita. Porque siempre vamos corriendo esa definición a otra cosa en la que también nos estamos convirtiendo. Lo mejor es reconciliarse con lo que vamos siendo.

La guarda

Detesto ponerme la guarda para dormir. Al principio sobre todo tenía pesadillas, porque siento que me aprieta los dientes. No pareciera tener relación una cosa con la otra, pero en mi mente sí y supongo que eso es suficiente.

Yo no sé cómo habrán dormido nuestros antepasados. He leído que, hasta la invención de los relojes personales y su democratización, nadie pensaba que fuera normal ni necesario dormir ocho horas de corrido. La gente se acostaba temprano y se despertaba las veces que fuera normal para cada uno, hasta la salida del sol. Ahora, dormir es una experiencia mistificada que debe realizarse con horarios y mínimos. Suena más ordenado, pero no sé si le sirve a más personas.

Anoche me puse la guarda para dormir y no me apretó demasiado. Pero tampoco dormí de corrido.

Lo que me doy cuenta

He aprendido a poner atención. Que tiene muchísimo qué ver con no hablar. En realidad, cuando entendí que yo ya sé lo que tengo que decir y que me falta la parte que me tienen qué contar, dejé que la demás gente hablara. Es divertido, como una cuestión de costumbre, o de estar en una obra de teatro. Uno no va a ver una película queriendo contar su historia, al contrario quiere ser sorprendido.

Algo así es con la demás gente. Siempre tienen una perspectiva distinta de la de uno, por cuestiones obvias: tienen una mente distinta. Y, siempre, pueden aportar una pieza que uno no tiene al rompecabezas.

Que no quiere decir que no me guste hablar. Claro que sí. Sólo que he aprendido a que puedo esperar. Y sólo contarle mi parte a las personas que realmente quieran escucharlas. En lo demás, prefiero fijarme. Darme cuenta de todo lo que me dicen y lo que no. A veces todo eso me sirve, sobre todo cuando quiero escribir algo que no sé de experiencia propia.

El prado en llamas

Cualquier cosa que arda me parece mágica. ¿En qué momento aprendimos que el fuego era un elemento que nos mantendría vivos y adaptamos todo nuestro sistema digestivo para comer comida cocinada. En ninguna otra especie está esa necesidad de transformar la comida mediante calor para poder nutrirse.

El fuego nos ha dado luz, nos ha permitido hacer arte, hasta movilizarnos. Todo lo que vive tiene una chispa que lo anima y nuestras concepciones de lo divino tienen que ver con llamas.

Me gusta contemplar una chimenea encendida, sentir que soy dueña de un elemento que, definitivamente, es salvaje y que no está bajo ningún punto de vista a mi merced. La vida en llamas, dejando huella del paso de alguien, un campo ardiendo, tal vez no es la imagen más fértil del mundo, pero sí que es imponente.

Tal vez yo no quiero ser un prado en llamas. Sólo llevarlas conmigo a donde sea que las necesite.

Las medidas que no sirven

Todo lo medimos, hasta la vida la contamos en tiempo. Parece que nos sobrepasa la necesidad de llevar un récord y hacer comparaciones. Lo cual es perfecto para una compañía, pero no para una persona.

Obtener satisfacción de un número en frío es perdernos de la travesía que llevó allí. Tal vez estoy con la alerta puesta en una cifra en una balanza. Es cierto que me hace ruido. Pero también sé desde dónde he llegado hasta aquí.