Exagerar es bueno

El principio del budismo de alejarse del sufrimiento siempre lo malinterpreté como bajarle la intensidad a todas las emociones. Convertirme en una especie de recipiente con agua tibia, que no hace registro de cambios de temperatura. Nada peor que el agua tibia. Sirve para adormecer ranas.

Ni en la Biblia se aplaude la tibieza. Las emociones son unos faros luminosos que nos indican por dónde vamos. Y claro que son engañosos a veces, son nuestros, nosotros somos fallidos a veces. Pero la manera de ser dueño de nuestras emociones no es diluyéndolas. Es sintiéndolas intensamente hasta agotarlas. Porque son efímeras.

Exagerar en la atención a nuestro entorno y a los que sentimos, exagerar en ser sinceros y honestos con lo que llevamos dentro, exagerar en agotarlo todo en el momento en que se presenta. Y continuar. Nada de tibieza, que eso no sirve ni para tomarse.

Demostraciones de cariño

Cada quien quiere como puede. Y a cada uno le gusta que lo quieran de cierta forma. Claro que hay espacio para cambios, porque si no, ya nos hubiéramos extinguido como especie.

El cariño es un valor inmaterial en una relación, pero esencial. Puede abarcar un espectro amplio de ellas, no sólo debe ser algo romántico. Y suele ser la parte más satisfactoria de la vida, el dar cariño como al otro le gusta. Pero para eso hay que aprender.

Podemos navegar bajo la bandera de la intransigencia y que nos quieran como somos y ya. Pero si eso no nos hace felices, tal vez valga la pena cambiar de rumbo y adaptarse, hasta donde uno pueda, a la preferencia del otro que nos importa. Y demostrarlo.

Confusión

Hay muchos libros que se llaman igual. Pueblos, personas, canciones. Hay pocas cosas nombradas que no se repiten y, de éstas, hasta hay algunas “del sur” o “del norte”. Parece que hay una cantidad limitada de palabras que sirven para darle identidad a lo que nos rodea. Como si no pudiéramos inventarnos más.El lenguaje es un objeto cultural que evoluciona de forma espontánea con su uso y que cambia conforme pasan los años. Nadie está a cargo de modificarlo, porque su adopción viene de forma natural. Marca generaciones, épocas, países y modas. Y agrega un grado de confusión cuando no hay un puente que una las brechas lingüísticas. Ni siquiera hablo de distintos idiomas. Uno suficiente tiene para confundirse con las expresiones que se usan.

Ser único es la cosa más común. Marcar en dónde ha pasado uno, aunque tenga el nombre repetido, es lo que nos brinda inmortalidad. Y se vale que a uno le guste más el libro x que el y, aunque se llamen iguales.

Reconfiguraciones

Hay muchas formas de pensar de nuevo. Y con “de nuevo” me refiero a ver las cosas desde un punto de vista distinto. La más común es simplemente dejar que pase el tiempo porque uno siempre cambia y eso le altera la percepción. Pero es más satisfactorio cuando se hace de forma consciente y constructiva.

El cerebro es plástico, que es una forma de decir que se puede manipular. Específicamente las conexiones neuronales. Aunque son parte de un sistema mucho más complejo, estas correspondencias instruyen en gran parte la forma en que reaccionamos a los estímulos. Y eso determina hasta nuestra satisfacción total hacia la vida.

En meditación se habla mucho de ver el mundo desde el punto de vista del principiante, tratando de dejar atrás preconcepciones para recibirlo todo como nuevo. Tal vez eso no sea totalmente posible, pero es una manera de pensar que no lo sabemos todo y que vale la pena aproximarse a la vida con la sensación de estar aprendiendo siempre. Con esa disponibilidad de ser asombrados y de progresar. Antes que quedarse estático y que eso nos haga las conexiones, es mejor crecer de nuevo, cada vez que podamos.

Lo que he aprendido de los perros

Me gustan los gatos. Su elegancia y falta de servilismo y forma de demostrar cariño. Cuando quieren atención la piden sin pena y cuando no, se van sin esfuerzo. Uno sabe que es querido, pero que ese cariño no es asfixiante y que convive con otro ser que tiene gustos propios. Ahora también tengo perros.

Tengo unos años de escuchar y leer acerca de cómo comienzan a ser nuestras mascotas, la evolución conjunta y la comprensión entre especies. La historia especulativa es fascinante. Y no encuentro mucha diferencia en el trato con mis gatos, salvando el tamaño.

De tener perros he aprendido que es mejor tratarlos como seres con personalidad y deseos propios. No son humanos, distan mucho de eso. Pero tampoco son muñecos sin voluntad. Los trato como me gusta. Y a ellos también.

La bendita casualidad

Entre creer que todo es aleatorio y que nada es casualidad yo estoy, como siempre, en medio. Porque me mareo de ver conexiones por todas partes y me entristece pensar que no las hay.

Cuando uno se pone una prenda roja, comienza a ver ese color por todas partes. Sesgo de confirmación, que le dicen. No es más que fijarse en lo que uno quiere ver. Así, si uno busca lo malo lo encuentra. Lo bueno también. La afinidad no es otra cosa que poner la mirada en lo mismo.

He conocido gente entrañable por azares del destino. Y me he fijado en ellas por la costumbre de buscar lo que me interesa. La casualidad me las acerca, pero yo me los apropio como destino. Buen término medio.

El promedio

Hay escalas para todo. Nos dan estándares hasta para las sillas. Y están tomados de medidas que deberían servirle a todos. Como buenas panaceas, no le sirven bien a nadie.

Algo así pasa con la “normalidad”. Mientras más se quiere uno parecer a ese ejemplo un poco aleatorio de comunidad, más se siente uno frustrado de sus divergencias. Y éstas hasta sirven para hacer atrocidades como la discriminación.

En realidad, lo más común en el universo es la originalidad porque no hay dos cosas idénticas, sólo parecidas. Pertenecer a una comunidad debería implicar ser aceptado con las diferencias, comprendido en las similitudes y aprovechado en lo sobresaliente. El promedio sólo sirve para aplanar a todos.

El interés

Acabo de visitar una maravilla moderna. Vuelta entretenimiento un poco forzado, mejor dicho, aprovechando el interés que tenemos los humanos en ver cosas que necesitan explicación.

Logramos hacer tal cantidad de obras geniales, como raza, pero no como individuos porque no todos tienen capacidad ni siquiera de imaginarse ciertos portentos. Y allí va la humanidad, siguiendo guías con visiones, aunque no siempre sean las mejores. Luego, cuando son exitosas, hacemos filas para verlas.

A mí me interesa eso: el interés en sí. Lo que pueda parecer digno de visitarse. Lo que nos atrae. En esencia, ver pasar un barco no tiene nada objetivamente fascinante. Es el hecho que se hizo de una forma maravillosa lo que es magnético. La imaginación hecha ingeniería, o arte, o filosofía, o comida, es lo que nos hace verdaderamente trascendentales. Y lo que nos permite seguir.

Suficiente

Hay personas con tantos talentos que parecieran de mentiras. Cuando los hicieron derramaron todo lo bueno que había en la bolsa y los demás se quedaron con lo que sobró. No siempre esas personas son exitosas, ni felices.

Nacemos con un set precalibrado de habilidades. Tienen un tope. Como nuestra altura. Por más que queramos, no se pueden aumentar. Y si no las alimentamos bien, ni siquiera se desarrollan a su potencial. Por eso el esfuerzo vale más que el talento.

Lo que uno debe desear es ser suficiente. Suficiente para que la habilidad alcance a perfeccionarla y hacer algo bueno con ella. Hasta la piedra más roma se puede pulir para hacerla brillar.

Leer

Los libros siempre han sido mi escape y los he dejado un poco por otras cosas. Supongo que ya no tengo (o me hago) el tiempo para absorber una historia y perderme en ella.

No es que quiera estar desocupada, pero sí con la suficiente claridad para apartar un poco de mi atención y verterla entera en unas letras bien puestas.

Ahora, necesito que el libro sea demasiado bueno para atraparme y no siempre encuentro uno así. No sé si con la edad me he vuelto más mañosa para las historias. Menos mal que siempre hay más libros que tiempo.