Hace un año, esperábamos que nos trajeran al primer perro de la familia. Llevaba diecisiete años negándome a tener uno, menos del tamaño que lo querían en casa. No me gustan los perros. No sólo por mi experiencia personal, sino porque no son mis mascotas favoritas. Prefiero los gatos.
Uno toma decisiones con la información que tiene a mano. El problema es que, dentro del universo de la realidad, uno ni siquiera sabe qué es lo que no sabe. Pero si esperáramos a tener toda la ruta detallada, no caminaríamos jamás. La vida pareciera estar hecha para ser recorrida medio a ciegas y por fe. Si Bruce Lee aconseja ser como el agua, para adaptarnos a lo que venga, coincido totalmente. Uno fija el curso y ajusta.
Ya pasó ese año, vino el perro y ahora tengo dos, porque una viejita necesitaba casa. Son encantadores ambos y nuestra familia definitivamente cambió con ellos, para mejor aún poniendo sillón destrozado, trastos comidos y diversos desastres en la balanza. Siguen sin gustarme los perros. Pero me gustan los míos.
