Quitar barreras

Cuando crecemos, vamos construyendo barreras. Algunas son esenciales como los filtros para hablar. Otras son invisibles hasta que nos chocamos con ellas. Pero todas están hechas con la buena intención de protegernos, aunque sirvan de pavimento en el camino ya sabemos a dónde.

Lograr envejecer sin amargarse es poder identificar las barreras que tenemos y elegir cuáles dejar. Tener la disposición de quitarlas para dejar entrar nuevas relaciones, aún sabiendo que pueden salir mal. Ser vulnerables, tener interés, sacar el corazón a que le dé la luz. Todo requiere voluntad, valentía y una sana dosis de locura.

Es interesante caminar con alguien a quien le interesa atravesar la pared con la que se topa. Y, aunque la cosa no resulte como uno quiere, no significa que no vale la pena derribar muros y exponerse al daño. Todo hay que usarlo en esta vida; la ropa, los trastos, las joyas, el corazón. Yo no me quiero morir dejando cosas perfectas sin usar. Mucho mejor que sirvan, aunque se rompan. Yo misma me he roto en tantos pedazos que ya no encontré todos. Y ahora luzco repuestos con orgullo. No estoy intacta, pero estoy completa.

Caminos

Hace poco tuve una conversación que me dejó con mucho qué pensar. No es la primera vez que sale el tema de una u otra forma. Tampoco la primera vez que considero todo lo que implica. Pero cada vez tengo más claridad para mi respuesta. Una conocida me preguntó, con algún grado de aire de superioridad, el por qué yo había dejado de trabajar en mi carrera. Implicando que la decisión de quedarme cuidando a mis hijos había sido un desperdicio de vida. A los dos días, el mayor me dijo que creía que él, de todos sus amigos, era quien mejor se llevaba con su mamá.

Se habla ya en muchas partes de esa incapacidad de tomar dos caminos al mismo tiempo. A nosotras las mujeres, en esta época, se nos pide que tengamos carrera, trabajo, familia, buen cuerpo, cultura y buen carácter. Escojan. No se puede todo. Y desvalidar la decisión de trabajar fuera de casa o trabajar dentro de casa, es tener poco respeto por la vida de los demás. Yo quisiera tener independencia económica, por supuesto. Me encantaba mi trabajo y me gustó mucho todo lo que hice. Criar a mis hijos no era mi opción natural. Es imposible ponerle un marcador objetivo al éxito o fracaso de mi decisión. Y, aún así, lo volvería a hacer.

No es un desperdicio no seguir una carrera. Tampoco es un sacrilegio hacerlo y pasarle el cuidado de los hijos a terceros. Hay historias de éxito y fracaso en ambas partes. Yo sé me queda mucho por hacer de mi vida profesional mientras los niños me van necesitando menos. No donde dejé la anterior, pero sí con una nueva. Y, en absoluto, mi vida ha sido un desperdicio.

Con miedo

La niña me tiene nerviosa. Y sé que todo va a ser maravilloso. Pero me muero de la angustia.

Si uno se quedara sin hacer cosas simplemente porque tiene miedo, la humanidad no hubiera salido de su cueva. Tenemos dentro dos fuerzas igual de fuertes pero opuestas que nos han hecho la especie que somos: por un lado, la gana de estar cómodos; por el otro, la necesidad de explorar. Sin una de las dos, seguramente nos hubiéramos extinguido.

Las cosas se hacen. Indiferente de cómo nos sintamos. Y todo va a estar bien.

Cuestionamientos

Estar con alguien que se interesa, implica contar. La vida, las creencias, los errores, los miedos. Uno entra en una especie de intercambio de experiencias y qué tan difícil sea tiene mucho qué ver con cuánto está satisfecho uno de lo que hizo.

El problema de creer que uno no volvería a cometer los mismos errores es que uno no entiende que tomó la mejor decisión disponible en el momento. Si volviera a pasearme por mi pasado, lo repetiría. Lo único que se puede cambiar es el futuro.

Aunque me dé vergüenza no haberme querido más antes, me tengo cariño ahora y me perdono. Sólo así puedo cambiar lo que viene.

Olvidos extraños

Y se llega el día cuando uno olvida hacer algo que viene haciendo desde hace 17 años, todos los domingos. Porque el día fue extraño. Porque me acosté tarde. Porque tengo la cabeza en otra parte. Por lo que sea. Pero se me olvidó.

Cambiar la rutina cae bien. Renueva las ganas. Da otra perspectiva. Y nos saca de lo usual. Aunque lo cotidiano sea como rieles que nos mantienen en camino, salirse de lo usual ayuda a apreciarlo.

Ya. Igual ya hice lo que me tocaba. No pasó nada malo. Sólo no pasó ayer.

De película

Pensamos que nuestras vidas no son lo suficientemente interesantes como para ser contadas. Las obras literarias tratan acerca de personas con historias gigantescas. ¿A quién podría importarle nuestra existencia? Pero esa vivencia común es lo que nos une como seres humanos. Además, cada uno tenemos nuestro propio punto de vista subjetivo.

Vivimos en sociedad para sentirnos acompañados. Y registramos nuestra existencia de alguna manera para sentirnos únicos. Y, entre esos dos extremos, está buena parte de lo maravilloso que es vivir.

No todo de nuestro día merece ser contado. Pero sí todo vale la pena vivirlo con intención e intensidad. La película de cada vida es, en su mayor parte, hecha para un público de uno. Más nos vale interesarnos.

Juntar piezas

Cuando llegamos a cierta edad, la vida nos ha quitado y puesto piezas, como un set de legos que no tiene instrucciones. Terminamos en un conjunto que puede o no ser atractivo, porque depende demasiado de cómo afrontamos esa manipulación y cómo mejoramos las deficiencias de donde no están los pedazos originales.

Esto es aún más evidente cuando, ya grandes, queremos comenzar una relación de cero. Ambas partes están completas, hasta cierto punto y no tienen el beneficio de la plasticidad que da la juventud. Somos más rígidos, menos moldeables. Pero eso también puede ser hermoso. Hay obras de arte maravillosas que bien pueden ser partidas a la mitad y parecer completas, pero que se exponencian cuando están juntas.

Comenzar cualquier cosa nueva a la mitad de la vida es un acto de fe, amnesia y valentía. Es empezar de nuevo con la hoja ya escrita y hacer lo posible porque el dibujo se vea bien. Es agregarle capítulos diferentes a la novela. Es esperar que mi pieza encaje con la del otro. Pero, cuando se logra, es maravilloso.

Nada qué hacer

Tengo años durmiendo intermitente y probablemente eso seguirá siendo mi realidad durante otros más. No siempre es tan malo como anoche. A veces es peor. Pero, como decimos en casa, es lo que hay.

La verdadera felicidad es encontrar lo inamovible de la vida y moverse dentro, preferiblemente siendo útil. Cuando uno ve que ya no queda nada más por hacer, cambiar uno mismo es lo que toca. No vamos a quitarle lo mojado al agua, pero tal vez aprendemos a nadar.

No dormir es terrible. Espero compensarlo hoy en la noche. Nada más se puede hacer.

Contarte

Hoy domingo es el día de la madre y a mí siempre me ha causado un poco de inquietud esta celebración. En primer lugar porque mi mamá murió hace casi veinte años. En segundo, porque creo que soy una madre mediocre, si bien me va. Nada qué celebrar. He hecho lo que puedo con lo que tengo. Si yo les contara a mis hijos la cantidad de veces que me ha costado hacerles la comida, lavarles la ropa, ser amable, pensar antes de reaccionar… No me aproximo al ideal de una madre como esas de reels. Ni de cerca. Pero siempre los he querido y querido hacer lo mejor para ellos.

No quiero calificarlo de tragedia, porque es muy dramático. Pero la parte más irónica de crecer es que, probablemente, nuestros papás tienen la respuesta a la mayoría de nuestras preguntas. Y nosotros no se los creemos. Es una falla en el sistema. O tal vez no. No siempre aprendemos a hacer lo que debemos sólo porque nos lo dicen. El dolor del calor del fuego es más intenso cuando nos hacemos la ampolla.

Si yo pudiera contarle a mis hijos cómo vivir, les diría que amen sin límites y se dejen ir como gordos en resbaladero por la vida. O sea, que hagan exactamente lo que van a terminar haciendo. No he conocido a nadie que valga la pena que no haya cometido errores ni que no se haya gozado vivir. Y eso conlleva darse de cara en el suelo, romperse el corazón, ser feliz, llorar, todo. Contarle a mis hijos de mi vida es una tarea sisífica. Porque la sigo viviendo. Porque estoy aprendiendo a ser feliz de otras formas. Y porque no pienso dejar de hacerlo hasta que estén seguros que estoy muerta. ¡Feliz día de la madre!

Una pequeña inconveniencia

Comenzar una relación nueva tiene todo qué ver con la amnesia y poco con la desconfianza. Uno debe olvidar qué se hizo en las relaciones pasadas y aproximarse a lo nuevo como eso, nuevo. Y tenerse uno confianza que las lecciones aprendidas sólo sirven para mejorar.

En cualquier situación, hay una curva de aprendizaje. Qué tan rápido la pasemos marca cómo nos sentimos después. El problema a veces es que, a más experiencia, menos flexibilidad y eso no ayuda para aprender. La mente de principiante es complicada mientras menos primerizos somos. Pero es esencial para continuar creciendo.

Creo que empezar algo de cero requiere mucha valentía. Y la disposición de sacudirse de las caídas inevitables, olvidando el dolor, no la lección. Porque quedarse estancado, es morir.