Cuando llegamos a cierta edad, la vida nos ha quitado y puesto piezas, como un set de legos que no tiene instrucciones. Terminamos en un conjunto que puede o no ser atractivo, porque depende demasiado de cómo afrontamos esa manipulación y cómo mejoramos las deficiencias de donde no están los pedazos originales.
Esto es aún más evidente cuando, ya grandes, queremos comenzar una relación de cero. Ambas partes están completas, hasta cierto punto y no tienen el beneficio de la plasticidad que da la juventud. Somos más rígidos, menos moldeables. Pero eso también puede ser hermoso. Hay obras de arte maravillosas que bien pueden ser partidas a la mitad y parecer completas, pero que se exponencian cuando están juntas.
Comenzar cualquier cosa nueva a la mitad de la vida es un acto de fe, amnesia y valentía. Es empezar de nuevo con la hoja ya escrita y hacer lo posible porque el dibujo se vea bien. Es agregarle capítulos diferentes a la novela. Es esperar que mi pieza encaje con la del otro. Pero, cuando se logra, es maravilloso.
