Eso de «la calma antes de la tormenta» hace que piense que uno siempre debe estar en un estado de alerta. Como si estar tranquilo fuera un mal presagio. Supongo que en el tiempo de las cavernas, esperar lo peor en todo momento era la única forma de sobrevivir. Pero es una desgracia traerlo a nuestra modernidad.
Según algunos psicólogos, las relaciones tormentosas nos gustan porque equivocamos la emoción con la ansiedad. Ese shot de adrenalina que nos da la incertidumbre, el pleito, las reconciliaciones grandiosas, nos llenan de emoción, hacen que el corazón se acelere y que uno se quede con ganas de más. Pura drogadicción. Y, cuando estamos en una relación donde no pasa nada de eso… confundimos estabilidad con aburrimiento. Cual pendejos.
Quiero querer algo mejor. Para mí. Para no estar confundida. Para que mi corazoncito sea feliz y se sienta seguro. Ni siquiera necesito estar en estado de alerta constante para estar delgada, porque me motivo a mí misma. Sólo necesito darme el espacio para no sentir que tengo que salir corriendo.
