El olor que me gusta

Estoy leyendo Moby Dick y describe el olor de la grasa de la ballena como “fragante”. Nunca hubiera imaginado que alguien utilizara esa palabra para describirla. Es algo que yo usaría en relación a un lirio o a una mandarina. Pero los olores son tan particulares, que le creo a Miller. Si algo es una constante en nuestras vidas es el sentido del olfato. No por nada de los efectos secundarios no fatales del covid era perderlo. La vida deja de tener sabor. Literalmente.

Oler nos acerca a nuestros hijos, nos une a los seres queridos, afianza recuerdos y nos protege. Estar conscientes de los olores a nuestro alrededor nos ayuda a maximizar nuestras experiencias. Y es el ingrediente principal en las comidas. Nada despierta tanto el hambre como el olor a pan recién horneado y me parece triste que los panaderos estén tan acostumbrados a ese aroma, que ya no lo perciben.

Muchas de las cosas que disfruto las asocio a un olor en particular. Tengo guardados los recuerdos de mis padres entre olores específicos. Y basta con entrar al cuarto de mis hijos para saber, por cómo huelen, hasta de qué humor están. Qué rico poder percibirlos así, aunque a ellos tampoco los pueda calificar como fragantes.

Todos tenemos una realidad

Lo que yo miro en el espejo es totalmente distinto de cómo me miran a mí. Misma persona, distintas percepciones. No me gustaría verme a través de los ojos de todos, pero sí de algunas personas que me tienen buena voluntad. En general, sólo podemos experimentar la vida de forma subjetiva, porque somos nuestro propio vehículo.

Hay un problema ahora y es que confundimos esas realidades con la Verdad. Hay cosas que son absolutas, desde hechos científicos hasta valores universales, que son los mismos no importa cómo los percibamos. Y precisamente porque los llegamos a vivir distinto, es que en lo que ahora consideramos una sociedad civilizada, las normas son generales e impersonales, porque se resguarda el valor y se le aplica a la persona. La eterna dicotomía entre la justicia y la misericordia.

Hay tantos aspectos de la Verdad, que pareciera que no existe. Pero sí y una de las mayores aventuras que tenemos como humanos es buscarla. Aún sabiendo nuestras propias limitaciones. Lo peor que podemos hacer es quedarnos simplemente con la imagen del espejo.

Sin preocupaciones

The Matrix es una de mis películas favoritas. Se puede uno poner tan filosófico al considerar la realidad como una simulación y a la vez gozar cómo Neo se acaba todas las balas del universo. Pero dentro de la película, el mejor monólogo es el del agente Smith cuando tortura a Morpheus y le dice que los humanos trataban de despertarse en la versión sin problemas del programa.

Durante nuestra evolución, el cerebro ha ayudado al ser humano a sobrevivir fijándose en lo malo, suponiendo lo feo y esperando lo peor. En la selva uno no se puede dar el lujo de no ponerle atención a una sombra que se mueve, queriendo creer que es una planta y no un tigre. La diferencia es comer y ser comido. Nos gusta tanto la presión que la consideramos honorífica. Sobreponernos a nuestras circunstancias es un mérito. Superarse un logro.

Nunca se ha escrito una novela épica acerca de un personaje sin obstáculos a vencer. Aburrido. Pero, en este momento de mi vida, escogería la planicie de una vida sin mayores preocupaciones. Aunque me termine comiendo el tigre.

La edad

Definitivamente ya no soy joven. Desde que me parecen inapropiados (por la edad) los vestidos que les ponen a niñas que no saben ni andar en tacones hasta que las 12 de la noche ya es muy tarde… ¡Qué joven se vuelve uno viejo!

Los seres humanos seguimos teniendo un imperativo biológico que debemos cumplir. No por nada somos capaces de procrear a los 14 años. Pero también hemos cambiado (en muy pocas décadas) a asignarnos otros imperativos sociales que pelean con nuestros cuerpos. Tengo cero problema con retrasar la edad de la crianza. Y tampoco me importa pelearme con mis hijos para ayudarlos a no saltarse etapas. Si en verdad estamos alargando las etapas de la infancia y adolescencia, seamos consecuentes y no los disfracemos de adultos hasta que puedan serlo.

No podemos tener dos cosas que se eliminan entre sí a la vez. Y eso tal vez hace más complicado el trabajo de acompañar a seres humanos en el camino de la adultez. Sin embargo, estoy convencida que vale la pena.

Las loncheras

Yo cocino todos los días. Es algo que me encanta y sigue sin pesarme. Hacer loncheras es otro cuento. Porque tengo un repertorio limitado de comida que les puedo mandar. Y uno aún más pequeño de lo que efectivamente se comen. Al igual que la planchada, es una tarea que hago con dedicación pero sin entusiasmo.

A la gente que uno quiere, se le cuida. Entre las muchas formas de hacerlo están esos actos de servicio que tal vez pasan desapercibidos pero que contribuyen a que la otra persona esté más cómoda. Son cositas que no pesa hacer y que suman. Con los hijos todo es de una vía y se darán cuenta cuando lo hagan con los propios. Vaya si no extraño los cuidados de mi mamá. Eso me da combustible para seguir haciéndolos. No tienen a nadie más. Es lo que toca. Y pronto ya no estarán en casa.

Todo tiene su momento y las loncheras me satisfacen a mí. Aunque a veces no se lo coman todo.

Se me acaban las semillas de marañón

Sucede algo muy extraño con los botes de semillas en la casa. De un día al otro, están vacíos. Y, de una semana a la otra, la ropa me queda apretada. Extraño que esas dos cosas inconexas sucedan de forma concurrente.

Todos tenemos pequeños gustos que trascienden lo meramente físico. Algo que nos consuela y alivia y apapacha por dentro. La comida es un atajo fácil, por los efectos neuro-químicos que tiene. Pero hay otros detonantes, la música, los olores, una película. Todo tiene que ver con los recuerdos y esa sensación de cariño que nos invade. Recordamos, a nivel celular, el lugar donde fuimos amados y lo tratamos de replicar. Y está bien. Pero hay algo aún mejor: sentirnos así ahora, con cosas nuevas, con lo que hay.

Los helados, las galletas, las semillas. Buenos atajos, aunque me ensanchan. La música nueva, mis hijos, la silla que me gusta y todo lo que puedo disfrutar ahora sin que me engorde. Por allí va la felicidad.

Narrar mi vida

Con mi mamá nos contábamos la vida en detalle administrativo. Las cosas pequeñas de todos los días, una narrativa sin cortar. Era una excelente base para construir conversaciones más complejas, menos comunes. Ya teníamos los bloques principales, el resto sólo consistía en arreglarlos.

La vida no sucede de momento importante en momento importante. Nos está pasando todo el tiempo y, así, corremos el riesgo de perderla entre tanto detalle constante. Narrarse uno un momento aparentemente inocuo del día asienta la existencia. Yo vivo. La rutina me lo afianza.

La gente que yo quiero tiene mi atención irrestricta. Para todo. Porque todo lo que hacen es importante y yo quiero conocerlos. La gente se aleja cuando se deja de interesar por lo granular del otro. Y a mí me encanta que me narren sus vidas.

Evoluciones inesperadas

¿Cuántas veces se cumplen por completo nuestros planes y llegamos a la meta exactamente como la imaginamos? Creo que nunca. Porque la naturaleza de la vida es que cambia y eso abarca hasta nuestras ideas, aun las más fijas.

Estaba haciendo bagels y no salieron como yo quería. Tuve que ajustar parte de la receta a la mitad del proceso y estoy segura que no quedaron como debían. Pero no salieron mal, igual se los comieron todos.

La vida viene sin receta. Sólo con guías más o menos estables de la mejor forma de comportarse. Y hasta ésas están sujetas a interpretación y aplicación. Algo así como echarle un poco más de agua a la masa porque está muy rígida. Al final, lo que uno quiere es comer rico. Y no siempre van a salir exactamente igual que la foto.

Todo lo que olvido

Nunca hago lista de súper. Lo considero un ejercicio en memoria. Me tengo qué acordar. Lo logro casi siempre, aunque tenga que regresar sobre mis pasos en las góndolas. Luego, obvio, olvido hasta que fui al súper porque es información reciente e irrelevante que descarta mi cerebro.

Hay mucho debate acerca de nuestra capacidad de guardar recuerdos de la primera infancia. Más allá de esa gente que dice que uno retiene la memoria de su propio nacimiento y que es el primero de todos los traumas, los recuerdos como tales, nadie sabe cuándo se forman con certeza. Yo tengo más recuerdos de alguien contándome qué hice el día que me tomaron una foto específica que del hecho en sí mismo.

Creo que tenemos una especie de capacidad limitada para guardar recuerdos y que algunos desplazan a otros. Que podemos ejercitar ese espacio para ser más eficiente. Y que tengo un montón del mismo espacio ocupado por cosas inservibles como las letras de todas las canciones que me acompañan cuando hago súper.

Por escrito

Las palabras se las lleva el viento. Que no era algo malo, entiéndase que ese proverbio griego alababa lo efímero de una palabra pronunciada, lo poético que vuelen, hasta dónde pueden llegar y cómo cambian. Lo escrito cae como piedra. Y, sin tono de voz ni contexto, a veces pierde la intención original.

Cuando uno escribe la intención de dos personas, trata de dejarla plasmada de tal forma que se entienda, aún y cuando a los involucrados se les olvide qué querían. Peor aún, cuando ya no están. Obvio, eso es casi imposible.

A mí me encantan las cosas por escrito. Pero me gustaría que fueran con tono y gestos, porque a veces el texto se queda corto. Pero dejo que el que me lea lo ponga y tal vez gano con la interpretación.