Todas las facetas del dado

Si a uno le gustan los juegos de personajes interesantes y reglas complicadas, Calabozos y dragones es el lugar dónde plantar su bandera. Es fascinante, con reglas movedizas e historias apasionantes. Y un elemento de azar: los dados. Que no son los que uno ya conoce, sino tienen más lados.

Algo así la realidad: mientras más compleja es, más lados tiene. Y todos forman parte de lo mismo. Y, por mucho que uno le de vueltas, siempre habrá por lo menos una cara que estará invisible. Nos pasa hasta con las conversaciones: cada uno se lleva un pedazo propio y siempre se queda algo sobre la mesa.

Yo no juego CyD. No sé dónde haría el tiempo. Pero sí sé que nunca puedo ver todas las caras de lo que tengo en frente. Y que en cualquier momento de la jornada, a mi personaje se lo puede llevar una mala tirada.

Qué viene primero

Tengo un tazón de madera para ensaladas que era de mi mamá. Le falta un pedazo de la orilla donde lo rompió el perro (para variar, el perro). Lo sigo usando y quiero repararlo. No es un tazón materialmente valioso, pero a mí me gusta. Allí está el asunto: creo que vale la pena el esfuerzo.

En cualquier situación incómoda, hay una forma de solucionarla. A veces es sencillo, a veces no. Pero no es tan importante qué tan difícil sea arreglar una relación, sino si hay ganas de hacerlo. Lo primero es creer que vale la pena. Luego hacerle ganas, con todo.

Cualquier esfuerzo es poco cuando uno quiere y mucho cuando no. Aún no sé cómo reparar el tazón. Pero lo voy a hacer.

En el carro

El niño va a aprender a manejar y está emocionado porque ya no va a depender de mí. Y yo estoy atesorando cada minuto que paso en el tráfico con él. Las mejores conversaciones que he tenido con él han sido en el carro.

Sucede un fenómeno extraño cuando uno va manejando que propicia las pláticas. De todo tipo. Tiene algo qué ver con la ausencia de verse a los ojos, el espacio compartido a la fuerza y el no tener nada más qué hacer.

Recomiendo altamente subir al adolescente al carro e ir a tomar un helado. Dejar que hable. Escuchar y preguntar. Poner su música. Compartir la de uno también. Y guardar cada uno de esos viajes. Porque la licencia es la marca inequívoca del fin de la niñez. Y está bien. A veces el tráfico es terrible.

Disfrutar de la vida como libros

¡Qué frase esa que acabo de leer en un libro de Pessoa! Y es que me resume la totalidad entera de lo que puede ser la vida misma, porque es el lienzo y los colores con los que nos pintan los cuadros los escritores. También así se disfruta: hay libros obligatorios, otros aburridos, unos apasionantes a los que siempre regresamos, demasiados, no alcanza una existencia entera para agotarlos, tampoco alcanza la vida para vivirla toda.

Mis gustos literarios han ido cambiando con los años, eso es normal. Pero también cambian según lo que esté viviendo y lo que me toque hacer. Hasta dependen del último libro que acabo de terminar. Es una especie de progresión culinaria en donde el plato anterior influye en el gusto del siguiente.

Me encantó esa frase. Puedo hacerla propia. Y de eso se trata. Los libros permean nuestra existencia y los disfrutamos igual.

Se vale preguntar

Tengo la costumbre de decirle a la gente cuando me gusta algo que tienen puesto. Creo que vale la pena sacar la energía bonita al aire. Hacemos tanto lo contrario, sobre todo en el tráfico, que hay que compensar. También pregunto dónde compraron las cosas si me gustan mucho mucho. Y si es demasiado, y tengo confianza, hasta cuánto cuestan (sí, ya soy esa vieja, no me arrepiento).

¿Desde cuándo perdimos la costumbre de acercarnos con una palabra amable aún a extraños? El saludo en la calle cuando se cruza uno con alguien en la acera. Ver a la otra persona a los ojos cuando le pide uno algo. La cortesía que no cuesta nada y que ayuda a hacer el día más suave.

Yo no soy una persona cálida. Pero no me esfuerzo por ser amable, me sale natural. Y creo que obtengo más satisfacción yo al ver la reacción de agrado de la persona que ella misma. Además que a veces averiguo dónde conseguir las cosas que me gustan.

16 años

Se llegaron los 16 años del niño. ¿En qué momento esa cosita es más grande que su papá? Con tantas cosas de gente grande, como si ya fuera adulto. Aprendiendo a manejar, queriendo salir solo. Se me parte el corazón y se me llena al mismo tiempo. Belleza esa que con ese agujero que les hacen a uno los hijos al irse, el corazón sólo crece.

No puedo pedir mejor hijo. Le he podido ver cómo evoluciona esa personalidad, la dulzura que ejerce sin alarde, la inteligencia que no impone y la amabilidad suave. Es un adolescente asshole. Porque tiene que serlo. Y es un hombre (casi) que tiene una capacidad incomparable para ser lo que quiera.

Mi hijo me ha dado el privilegio de ser una mejor persona porque quiero que me recuerde con cariño. Soltarlo es desgarrador. Pero lo hago con gusto porque es lo que toca. Espero que siempre sepa que puede regresar.

Así de fácil

Al nene le crece torcida una pezuña. (El nene es ese individuo de cuatro patas que pesa cien libras y se cree chiquito que me comió un sillón entero y que me tiene jurando que jamás voy a volver a tener un perro, mientras le digo el “nene” porque me tiene enamorada.) Como buen adolescente rebelde, no me deja que le corte las uñas y se queja si le apacho la pata. Imposible hacerlo yo. Así que lo llevé a la veterinaria…

La educación de los hijos tiene mucho que ver con convicción y más aún con fe. Convicción en que la parte de la disciplina, las reglas, los límites y todo eso que no ayuda a la paz del hogar cuando se imponen son buenas para ellos y fe que las ejerzan cuando uno no está presente. El “por favor” y el “gracias” que hay que sacar con anzuelo, les debe brotar natural en otra casa. Y esa dulzura que uno quisiera ver se derrama con mamás que no son las de ellos. Y está bien. Porque yo no estoy con ellos todo el tiempo y es precisamente allí cuando tiene que servir lo que trato de enseñarles. Frente a mí me sirve menos que se porten bien.

Creí que le iban a tener que poner bozal al chucho. Que lo iban a tener qué sedar. Y quedé sorprendida de ver cómo hasta estiraba la pata para que le hiciera su manicure. En fin. Menos mal fue así porque ahora ya sé que lo puedo llevar más seguido. Porque conmigo igual no se deja.

Yo no sabía

Hoy me enteré que La flor de la canela, es una canción peruana. Y yo que creía que era un bolero mexicano. Que, a primera pasada, suenan muy parecido.

La ventaja de vivir fijándose en el mundo es que uno tiene la oportunidad de aprender cosas nuevas. Aún cuando uno creía que ya las sabía. Ese principio budista de aproximarse a todo con mente de principiante abre el espacio necesario para aprender. Y que todo sea nuevo y sorprendente.

Prefiero parecer ignorante y simple al emocionarme con cosas familiares que perder la capacidad de maravillarme, sólo porque ya las conozco. Así me disfruto a mis hijos y la comida y las canciones. Hasta las que ya creía que conocía.

Orden

Mi mamá no era ordenada. Para casi nada. Dormía poco, comía cereal a la una de la mañana, sus mesas de trabajo eran un desastre. Mi papá era extremadamente ordenado. Con horarios rígidos, los lápices alineados por tamaño y las camisas por color. Y cuando se trataba de encontrar algo, mi mamá metía la mano dentro de la montaña del desastre y la sacaba con lo que quería, mientras que mi papá no encontraba nunca lo que buscaba.

Hay una diferencia enorme entre ser externamente ordenado y ser metódico, según lo veo yo. Ponerlo todo a escuadra no significa que uno recuerde dónde lo hizo. No propongo que el desastre sea preferible. Personalmente, me gustan las cosas en su lugar. Pero el exceso de rigidez no ayuda a la felicidad.

En lo personal, me gusta el balance. Las cosas tienen un lugar y las dejo siempre allí, porque sino no recuerdo dónde jodidos están. Y, prefiero fijarme en el resultado (la ropa está limpia, la comida hecha), que imponerme un proceso del cual no me puedo desviar. Las rutinas son más bien una guía, no una tabla de mandamientos. Y, aunque yo no tengo una montaña de desastre sobre mis mesas, tampoco le tiro las suyas a los que viven conmigo. Cada quien su método.

Conocer a alguien

Me encanta observar a las personas y hacer conjeturas acerca de sus vidas. Es un excelente ejercicio para escribir. No tanto para conocer a alguien. Para eso, uno tiene que estar atento a lo que le digan y contrastarlo con lo que hacen. Si uno presta suficiente atención, la gente le dice a uno quién es en los detalles más pequeños.

Conocer a alguien, comprenderlo, es muy parecido a quererlo. Rara vez odiamos lo que conocemos. Le tenemos recelo a lo desconocido. Y nos da pereza hacer el esfuerzo por acercarnos a lo incógnito porque requiere intención y apertura a cambiar de opinión. Comprender exige que ejercitemos el verdadero músculo de la empatía que es la imaginación y algunos de nosotros no lo usamos desde la infancia.

La lección importante es diferenciar entre comprender y tolerar. Yo puedo entender a alguien que me haga daño, pero no voy a aceptarlo. Ya llevo demasiado tiempo trabajando esa diferenciación y dándome todo el permiso del mundo para alejarme de lo que no me conviene. Igual, sigo haciendo lo posible por descifrar a los que me rodean. Me sirve para escribir.