Buen lunes

Todos los días son todo lo que pueden ser. Y si sueno mucho a coach ridículo, es que hasta los clichés más trillados pueden ser verdad. Un día o el otro importa muy poco cómo se llame.

A mí, generalmente, me gustan los lunes. Es volverme a poner el chaleco de la rutina, con islas conocidas dentro de un océano que navego. Está bien. También hay lunes sin rumbo y domingos predecibles. La cosa es tener una pequeña expectativa razonable de qué es lo más probable que suceda.

En una casa con dos adolescentes que mudan de persona casi cada hora, saber que el lunes lavo ropa me ayuda a no salir corriendo. Dan ganas. A ver cómo amanecen el martes.

Diferencias

Todos somos distintos. Eso hace que sea casi imposible predecir la conducta de un individuo. Pero, en masa, sí que se puede hacer proyecciones casi exactas del comportamiento humano. Será una cuestión de porcentajes, de influencia, de lo extraños que somos como seres. Y es que, aunque diferentes, vivimos en grupo y la presión de la mayoría sí hace mella en nosotros. Una cosa de supervivencia: en la prehistoria, quien no era parte del grupo no comía.

Ahora, se habla mucho de diferenciarse, resaltar, marchar al paso de nuestro propio tambor. Y está bien. Yo misma ayer me di cuenta qué tanto no me acoplo a lo que los demás hacen, sobre todo en cuestiones de moda. Pero eso no significa que sea un ermitaño, separada de la civilización.

Todos terminamos aprendiendo el juego de saltarnos las reglas y sus consecuencias. Y todos escogemos qué preferimos. Las rebeldías tienen su precio. Algunas lo valen. Otras son simplemente berrinches y hay que saber diferenciar entre ambas. No todos podemos ser James Dean.

Nunca es suficiente

La vida siempre se queda corta. No leemos todos los libros, ni vamos en todos los viajes, ni damos todos los besos. Se nos pasa el tiempo y no hicimos esa última visita. Se pasó el helado en el congelador porque lo dejamos para más tarde. Y, aunque nos lo comiéramos, dejamos el resto del helado que hay en existencia y por venir.

Se nos acaba la vida, porque así es la cosa y tenemos que admitir que vamos a dejar cosas sin hacer, por mucho que nos afanemos. Y está bien. Aunque siempre hay más, lo que hay ahorita es lo que hay.

Me doy permiso a veces de no hacer nada. De dejar libres horas. Porque la nada también se agota y la vida empuja a hacer. Aunque no sea nunca suficiente.

Lo que nunca te dijeron

Uno trata de decirles a los hijos cómo es la vida, pero es imposible comunicarlo todo. Primero porque uno no lo sabe todo. Y segundo porque no hay forma de transmitirlo sólo hablando. Es mucho como dar direcciones cuando hay mucho más que un solo camino. Puede que vayan por donde uno les dijo, pero igual y no.

Vivir con una comunidad cercana sirve para ver qué han hecho y cuáles han sido las consecuencias. Pero eso a veces implica que los que han estado allí antes, creen que sólo hay una manera de hacer las cosas. No es cierto. Y lo nuevo siempre conlleva errores, tropiezos, desvíos y avances.

Tal vez lo más importante que nunca me dijeron fue que puedo hacer un camino totalmente nuevo. Y espero que a mí no se me pase decírselos a mis hijos.

Imprevistos

La vida depende de tantas cosas que no dependen de uno. Es que ni la reacción de nuestro propio cuerpo tenemos asegurada. ¿Aquella comida que nos pasaba normal? ¡Sorpresa! Esta vez fue una bomba. Y así, lo que hacemos se determina afuera, sin nuestra participación.

La falta de predictibilidad es un ingrediente para degradar relaciones. Pero vivimos con ella siempre, porque por más que podamos tener una expectativa razonable del desenlace de una acción, no hay garantías. De nada.

Trato, realmente trato de ser un palo de bambú y moverme con el viento, mientras conservo mis raíces. Pero siempre hay imprevistos y a veces me tiran al suelo. Sólo toca levantarme y seguir.

Tengo que escribir

Necesito algunos minutos de calma para escribir todos los días. No es mucho. Pero es importante que no me interrumpan. Y… obvio… me interrumpen. «Mama» es una palabra desgastada en el diccionario, como todas esas palabras que se utilizan una y otra vez. Pero ésta no se borra su significado, porque allí vamos, como siempre, las mamás a responderla.

¿Cuándo se volvió la maternidad una ocupación tan solitaria? He escuchado tantas veces ese adagio que dice que se necesita de todo un pueblo para criar un niño. Yo no tuve ni madre. Literalmente. No me quejo (sólo un poco), pero sí veo una ventaja tener una guía práctica. Ni modo. Es lo que hay.

Todo se resume en que, en mi casa, si yo escribo, no me pueden invocar. Supongo que hasta los demonios tienen un día libre.

Ahorita

Me encanta tener rutina. Lo he dicho y lo repito. Es ese puerto seguro en una vida incierta. Porque todo es incierto. Hasta amanecer. Y podría darme ansiedad, pero saber que el lunes lavo ropa y el sábado nado y todo lo que pasa en medio, me da paz.

Pero también me gustan las cosas de última hora. Esa aventura a la que uno responde: ahorita. No siempre se puede. Ni siempre digo que sí. Aunque debería hacerlo más.

Al final, pasamos entre lo de la agenda y el ahorita, y queda en nuestra capacidad de ser felices en ambos extremos uno de los mejores secretos de la existencia.

Malas relaciones

Generalmente, tenemos dos formas de pensar en la muerte: o no hacerlo para nada, o hacerlo mórbidamente todo el tiempo. Es un látigo (apresúrate a vivir porque ya vas a morir), un consuelo (el cielo más allá), la emblema del nihilismo (qué más da si de todas formas ya no estaremos). Pero la gente que encuentra ese término entre el realismo, la aceptación y la trascendencia, ésa es la que ya ganó todo.

Nos cuesta imaginarnos que no existamos en algún momento. Como si fuéramos tan importantes para persistir de alguna forma u otra. Y en toda la Historia los humanos hemos imaginado qué nos pasa después. Y está bien. El problema es cuando ese después nos tuerce el ahora.

Yo no tengo sentimientos acerca de morir. Es como tener sentimientos acerca de que el agua moje o el fuego queme. Es lo que hay. Claro que eso no aplica para la muerte de los míos. Allí sí siento cosas, todas malas. No creo jamás cambiar esto. Pero sí quisiera no perder mi indiferencia principal. Es mejor eso a otra clase de obsesión.

Las evoluciones

Hoy, mientras acompañaba a almorzar al niño, recordé lo difícil que era darle de comer de bebé. Tuvo una época de no querer comer y la solución fue muy sencilla aunque no tan fácil. Ahora tiene sus momentos, como hoy, cuando no hay comida que le alcance.

Pretender que las relaciones se queden estáticas sólo porque uno ya aprendió a lidiar con una de sus evoluciones es ridículo. Porque aunque hubiera una sola cosa que no cambiara, uno sí lo hace, todo el tiempo. Hasta la comida le sabe a uno diferente.

Me gustaría saber cómo viene el cambio, no sólo que viene. Tal vez así no me costaría tanto. Pero se hace lo que se tiene qué hacer.

Lo más difícil es no hacer nada

Pídanme que resuelva y me hacen feliz. Sentirse útil es un rush, satisfacción garantizada. Nada como ayudar. Justifica la existencia. Pero así como mi emoción básica es el enojo sobre la tristeza porque me empuja a actuar y no siempre es adecuado, la acción no es siempre el mejor camino.

Esa canción de Fito Páez, Al lado del camino, describe justamente lo que nos toca hacer a veces: ver pasar la vida. Porque no se trata de hacer cosas todo el tiempo.

La gente que uno quiere a veces sólo necesita que uno esté. Simplemente eso. Y uno a veces tiene que sentarse y no hacer nada. Aunque sea lo más difícil.