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La inmediatez… esa vaina es adictiva. Cómo me gusta saber que sé dónde están mis hijos hasta cuando están en el bus. O que puedo hablar con cualquier persona en el mundo con tan sólo saber su número. O que le escribo un mensaje a alguien y sé que le llega. Pero es una vaina. Porque no espero un espacio de respiro y me frustro cuando no hay respuesta inmediata. Que tampoco es lógico.

Hemos cambiado tan rápido nuestra forma de comportarnos en tan poco tiempo, que el regreso a lo básico parece inminente. Wilson, en On Human Nature, habla de una evolución biológica confrontada contra una cultural y que la segunda necesariamente tiene que revertirse a la primera. Simplemente por el hecho que nuestros cerebros están diseñados hasta para procesar el placer de una forma y que ahora se los damos de otra. Nos podemos deshacer como especie buscando el progreso inmediato sólo para irnos a chocar contra la pared de nuestra biología.

En cuanto a que todo está aquí, ahora, en una pantalla más pequeña que una página, espero volver a aprender a esperar. No todo tiene que ser ahorita.

¿Se puede no envejecer?

La medicina quiere que vivamos 180 años. 180. No me entusiasma la idea. Pero sí me emociona pensar en no deteriorarme y morir con la totalidad de mis capacidades. Y eso también están logrando. No en algo esotérico como “sentirse joven” ni exclusivamente estético con procedimientos quirúrgicos.

Resulta que la clave de la juventud está en regresar al pasado. Al prehistórico. Imitar patrones de comida y de actividades que no tenemos ahora. Reforzar los lazos afectivos que nos dan apoyo emocional. Encontrar momentos de meditación. Y sacudirse todo lo artificial, inclusive la presión moderna de tener tantas cosa que no necesitamos.

Yo soy de la escuela de Freddy y también pregunto quién quiere vivir para siempre. Pero sí quiero estar bien todo el tiempo que se pueda.

¿Y ahora qué?

Ya pasó la fiesta, la Navidad, el Año, hasta el lunes. La semana comienza adelantada, como si este nuevo año quisiera terminarse antes de empezar. Pero hay un día después del otro, como siempre y allí no hay nada nuevo. O tal vez es que todo siempre es nuevo y por eso ya no nos sorprende.

Hace apenas unos siglos, los almanaques profetizaban hasta el clima, le recordaban a los granjeros cuándo plantar, les decían a las mujeres las fases de la luna. Ahora todo eso lo llevamos en la mano, más inmediato, no sé si por eso más ordenado.

Vivir implica esperar con fe que lo que uno planifica, se va a cumplir. Agarrarse a la rutina para sobrellevar los sobresaltos de existir. Y saber que mañana hay otro día igual de nuevo que el de ayer.

El año comienza un lunes

Me encanta que este 2024 sea tan ordenado. Algo le da de paz a mi mente ante otro año de cosas imprevisibles. Porque así es cada segundo que tenemos enfrente: una incógnita. A veces me gustaría saber qué viene, pero luego recuerdo todas las historias de profecías y se me pasa.

Desde que el ser humano puede articular sus deseos ha querido conocer el futuro. No existiría la religión sin esta necesidad. Y siempre hay una lucha fundamental entre el destino y su recipiente. Peleamos hasta contra morir, aunque es lo único seguro que tenemos.

No quiero saber mi futuro. Quiero hacerlo. Y me parece bien comenzar un lunes.

Imitar

Estoy viendo una serie acerca de Julia Child. Independiente de si le gusta a uno cocinar o no, la personalidad de esa mujer debe haber sido irresistible. Lo suyo era el “sí” y no amedrentarse con nada. Mientras uno más años tiene, todo da más miedo, sobre todo el cambio. Se cree uno el cuento de ya haberlo aprendido todo, como si el universo no fuera infinito, igual que nuestra ignorancia. Es cierto que la agilidad para el cambio aminora, pero si encima de todo no se ejerce, nos morimos. Y claro que para allí vamos, pero mejor llegar rodando felices que empujados. Quiero imitar a Julia. También con sus recetas, pero sobre todo con su forma de disfrutar la vida. A mi manera, pero con su espíritu.

Por sorpresa

No hay forma de estar preparado para las cosas inesperadas. El concepto mismo es una contradicción porque no hay lugar más vasto que el de la ignorancia de lo que ignoramos. A ver, yo sé que no sé hablar ruso, pero no sé cuántos otros idiomas no puedo hablar porque no los conozco todos. Y eso de algo tan poco misterioso como un idioma.

Pero también están las cosas que uno espera y aún así sorprenden: la muerte de los padres, que los hijos crezcan, las señales del tiempo en el rostro. Nada de eso es desconocido. Es más, hasta el sentimiento que acompaña un aniversario complicado pesa en el corazón de forma que no nos esperamos.

Todo esto me sirve para darme cuenta que no puedo hacer nada para predecir por completo el futuro. Y que lo que me sucede ahora, en este momento, es lo que vale y siempre, siempre es nuevo. La capacidad de asombro me debería mantener entretenida el resto de mi vida.

Las cosas siguen igual

Fue lunes y como que fuera cualquier lunes. Es lo bueno y lo malo que la vida no se detenga. La ropa igual hay que lavarla. La comida no se hace sola. Y mañana ya hay otras cosas más.

Me gusta eso. Aunque me agote. Así como estoy ahorita.

Tengo ganas de verte

¡Feliz cumpleaños Mama! Tendrías 79 años. ¿Cómo hubiéramos pasado estos 17 en los que no has estado? Sólo puedo elucubrar. Pensar en lo que podría ser malo no me parece suficiente para no querer lo que seguro hubiera sido bueno. Quiero creer que estarías fascinada con tus nietos, yo lo estoy y eso que me sacan de quicio a veces.

La Navidad y sus celebraciones siempre fueron tuyas. Cantar y hornear y comer y reírnos. No he podido hacer lo mismo en mi casa, sobre todo la horneada, pero los consiento a mi manera. Debe haber sido difícil cumplir años en esta época y celebrar para todos menos para ti.

Te extraño como siempre. Te mando un abrazo y un beso a donde estés.

Quiero todo

La vida se me ha hecho intensa. No sé vivirla de otra forma. O es que yo soy así. En el momento en que estoy quiero todo. Pero… también tengo días de no querer nada.

El término medio famoso de la filosofía creo que no es buscar ser tibios. Es poder balancearse. Los sube-y-bajas no se mantienen estables, oscilan. Allí debe estar el balance: encontrar que uno puede estar arriba o abajo y continuar. Porque el juego sigue. Hasta pasar por el medio tiene su gracia.

Quiero todo. Pero no todo el tiempo. Y en ese aprendizaje estoy, para no salir volando de pronto.

Un verdadero descanso

Tal vez si me preguntan cómo quiero pasar mis vacaciones, sería en un sendero boscoso en el que sólo tenga que caminar. Y que al regreso alguien me lave la ropa.

Tengo más de veinticinco años que yo me ocupo de mis cosas y diecisiete que no tengo casa dónde regresar a que me consientan. Es lo que hay, con lo bueno y lo malo. Obvio lo segundo se acentúa en estas épocas. No se me escapa que no volví a comer las galletas de guinda con pecanas que tanto me gustaban desde que enfermó mi mamá. Tal vez las pudiera hacer, pero no son lo mismo.

Me quejo de lo mismo todos los años porque el sentimiento no se va, uno sólo aprende a vivir con él. Tal vez alguna vez me vaya de vacaciones y regrese a una casa en la que no tenga que lavar la ropa acumulada.