La isla

A veces pienso que puedo vivir aislada de todo el mundo. Luego me pasa algo que quiero contar y admito que necesito gente.

Los seres humanos somos una criatura tan extraña, porque existimos en un mundo interior imposible de compartir del todo, dentro de un conjunto de otras personas a quienes necesitamos. Las necesitamos porque evolutivamente estamos hechos para vivir en sociedad, para establecer conexiones y para brindar ayuda. Cableo básico de nuestro cerebro. Cuando está dañado, hablamos incluso dentro enfermedades mentales.

Ningún hombre es una isla en sí mismo (y si creen que eso me lo inventé yo, vayan a buscar el poema, por favor). Todos navegamos conteniendo nuestra singularidad y relacionándonos con otras. La magia está en los breves espacios de tiempo en los que coincidimos.

Lo que uno guarda

Cuando me tocó vaciar la casa de mis papás, encontré hasta recibos de mis párvulos. Cada cosa guardada con cariño que yo tiré por montón. Porque no eran importantes para mí, pero sí para mis papás. Las cosas que guardamos, ese papel del concierto, el menú de un restaurante, un corcho, todo eso que termina en la basura de nuestros hijos, nos describe. Las cosas de valor tienen una historia propia. El papelito con un dibujo, llevan nuestra historia.

Desde que enterramos a nuestros muertos, podemos ver cómo le asignamos valor a las cosas. Por algo pedimos descansar para siempre con ellas. Ese plato especial, el collar con el diente del mamut… Cosas que, miles de miles de años después, tienen mérito de curiosidad antropológica, seguro contaban la historia del día a día de la persona que las usaba, pero ahora están mudas.

Cuando terminé de tirar cosas, me prometí no guardar nada que no fuera indispensable, inclusive teniendo la menor cantidad de gavetas en mi casa. Pero… imposible no tener una librera con piedras, o mesas con corchos, o papelitos que tal vez hasta yo olvidé qué significan. Porque de alguna manera también ellos cuentan mi vida, tanto como esto que hago todos los días. Y también eso les va a tocar limpiar a mis hijos.

Todo a su tiempo

Se supone que hay un momento para todo. Es una de esas reglas como las de los bienes raíces (ubicación, ubicación, ubicación)… para la vida es “momento, momento, momento”. Y me refiero al adecuado. Al que nos encuentra en el lugar y la disponibilidad correctos. Es cuando tenemos la fuerza para levantar el regalo, la sabiduría para apreciarlo y la humildad para aprender.

Cuesta vivir atento al momento. Sobre todo cuando se es joven y uno quiere saltarse todas las etapas. Uno mira a los hijos luchar contra el límite de su edad y toca darles calma, aunque sea a la fuerza. Todo viene.

Es malo perder ese momento por no tomarlo cuando se nos presenta. Pero tampoco sirve adelantarlo. Y es en ese juego que uno pasa la vida, a veces aprovechando las oportunidades y a veces lamentándolas. Menos mal que la muerte nunca llega a la víspera, porque no la apreciaríamos cuando nos toca.

El tiempo en el carro

Estoy consciente que mi tiempo con el adolescente es limitado y va en disminución. Me encanta eso y me duele como tener roto el dedo pequeño del pie. O el corazón. Lo que duela más. Por eso agradezco cada momento que lo tengo para mí. Llevarlo a sus partidos, por ejemplo. El tráfico de la ciudad nos ayuda a que el recorrido sea largo.

Hay una magia especial en los espacios vacíos de tiempo que uno tiene que llenar platicando. Por eso es bueno instituir momentos sin celular. Es para obligarse a hablar porque los silencios son incómodos.

Hay un tráfico espantoso, pero qué bueno. Porque lo tengo para mí sola por lo menos una hora. Me quedan pocos.

Entre estar y fijarse

Uno realmente no puede vivir su vida en función de otra gente. No haría nada, porque no hay manera de quedar bien con todo el mundo. Pero sí tiene que saber que más de una persona se fija en lo que uno hace. Y es a las personas más cercanas a las que más les afectan nuestros actos.

Uno hereda actitudes de personas que no llega ni a conocer. Se llama epigenética y se hace de forma irreflexiva. Así, hasta creo que los gustos de comida se pasan de generación en generación. Tanto cuidado que hay que tener. Pero sólo si uno quiere. Porque, al final del día, hasta los hijos llegan al momento en que son responsables de su salud emocional.

Yo trato de vivir mi vida para mí. Eso implica cuidar de los míos, porque son parte de la misma. Todo lo demás, se arregla solo. O que le hagan ganas.

Planes

Ya tengo años que hago planes y pido que me los cancelen. No porque me caiga mal la persona, es simplemente porque le encuentro más felicidad quedarme en mi casa. Hasta que hablo con otro amigo y quedo de vernos, porque también me gusta ver gente.

Hay una etapa particular de la vida (en la que uno tiene ya más años, obvio) cuando estar en fachas en la casa tiene más atractivo que salir a ver qué hay. Uno ya sabe qué hay. Ya lo vio, ya comió… Pero eso es mentira, porque siempre hay cosas nuevas. Lo que se acaba es la curiosidad de verlas. Y allí es donde uno se envejece. En la pérdida de la curiosidad.

Me sigue pareciendo que, una tarde lluviosa como la de hoy, estar en mi casa le gana a casi cualquier cosa. Luego recuerdo que es alegre hablar con adultos y hago el esfuerzo por salir. Más de algo tiene el mundo nuevo y bonito que valga la pena explorarlo. Y a mí todavía no me ha alcanzado del todo la vejez.

Tantas perspectivas

Anoche cenamos con una sobrina que no tuvo relación con mi papá, su abuelo. Difícil juntar historias cuando no hay una en común. Y, montar la historias de una persona en particular es aún más complicado porque cada uno tiene una versión distinta.

Somos lo que hacemos. De nada importa lo que uno lleva adentro, si lo que saca es deficiente. La forma en que nos comportamos importa más que nuestras intenciones y la huella que dejamos es más valiosa que los buenos sentimientos. Es cierto que uno no vive para que los demás tengan una buena opinión de uno, pero son ellos los que van a contar nuestra historia cuando ya no estemos.

Me llama la atención escuchar lo que los demás saben de mi papá. Lo uno al rompecabezas que jamás voy a poder terminar. Es bonito ver cómo la imagen, más que clara, resulta más compleja, con más aristas. Así debe ser.

Que se vayan

Tengo a los dos niños enfermos en casa. No fueron al colegio. Obvio no me gusta que estén enfermos, pero me encanta que estén conmigo. Hay algo allí de posesión, tal vez (son míos, yo los hice), con la ansiedad que da que salgan al mundo, con que me gusta tenerlos cerca. Todo se combina para que yo haya pasado un día tranquilo. Porque no están enfermos graves, es un pinche catarro.

Desde que los seres humanos nos reproducimos, sacamos a nuestros hijos a que vivan sus vidas. Probablemente en nuestras comunidades preagricultoras, los núcleos familiares eran más cohesivos y pasábamos más tiempo juntos, aún de adultos. No había tal cosa como irse a estudiar fuera a los 18. Pero tampoco habían adultos viviendo con sus padres sin colaborar en casa. El bendito balance…

Yo quiero que mis hijos tengan vida propia. Para eso me estoy esforzando. Pero sí sé que, cuando se vayan, va a ser duro. Por eso me gozo los momentos juntos, aún cuando están enfermos.

Figuras importantes

Las vidas ejemplares sirven precisamente de eso: para darnos un ejemplo de cómo otro ser humano navegó por la existencia. Nos rodeamos de personas a las cuáles queremos imitar o evitar y hacemos leyendas de las que nos quedan lejos.

Últimamente hay una tendencia para poner todas las narrativas en grises y quitarle lo extraordinario a la gente especial. Concedo que hay luces y sombras dentro de todos, pero no funcionan como una ecuación diferencial en donde los valores de cada lado se anulan entre sí. Lo bueno y lo malo coexisten, sin quitarse el peso uno al otro.

Lo bueno de las historias es que uno escoge qué contar y qué aprender. Lo bueno de conocer la vida de otros es saber que hay formas de superar los problemas que nosotros tenemos, porque alguien más ya pudo. Todo lo demás es parte del paisaje.

Repitamos

Me gustan las cosas nuevas. Música, comida, gente, lugares. Pero hay pocas cosas como regresar a lo que a uno le gusta. Por eso agradezco tanto poder ver series viejas.

Cuando crecemos, nuestro cerebro va haciendo conexiones y los recuerdos de infancia son más fuertes, sobre todo porque los afianzamos con emociones también. Regresar a esos lugares nos devuelve lo que sentimos. Pasa especialmente con la comida.

Me gusta celebrar los momentos importantes de mis hijos con comida especial. Les hago una conexión a la que pueden regresar fácilmente cuando sean grandes y quieran volverse a sentir queridos. Y yo… miro series chileras de cuando era joven.