Marcas

Recientemente me topé con una compañera del colegio con la que, según yo, no compartimos experiencias allí. Resulta que sí. Increíble cómo pudimos convivir tanto tiempo y no coincidir. Lo que más me llama la atención es ese conjunto de marcas que se parecen. Y no hablo de tatuajes, sino de lo que nos deja la vida en el espíritu. No se ve, pero se vive profundamente.

El advenimiento de la psicología moderna es uno de los avances médicos más significativos. Creer que sólo el cuerpo se enferma y se cura nos deja sin herramientas para sanar lo que nos duele por dentro. Y a veces, eso es más pesado que cualquier herida que sangra.

Todos tenemos marcas. Algunas bonitas, otras no tanto. Y todas se deben asumir, felizmente porque, aunque nos adornen, no nos determinan. Yo estoy llena de recordatorios. Espero seguir haciéndome más, son la prueba de que sigo viva.

Lo que no se pregunta

Hay cosas que uno deja sin decir, porque uno supone que se sobreentienden. Grave error. A veces hay que dejar claro hasta que el agua moja. Como que se nos olvidan las cosas evidentes.

Los seres humanos estamos acostumbrados a creer que todos entienden el mundo como uno. Y, aunque obvio hay cosas en común, nadie mira la vida igual que el otro.

Me gusta poner las cosas sobre la mesa aunque parezca agresiva. Detesto los malos entendidos por no abrir la boca. Y todo, todo, se puede preguntar.

Medidas sorprendentes

Nunca he tenido problema para hablar con extraños. Una combinación de falta de vergüenza y genuino interés. Creo que todos somos parte de un entramado que nos une y que se puede aprovechar de las conexiones aunque sean efímeras.

Resulta que uno de los factores que determinan nuestra felicidad, buena salud y longevidad es, precisamente, la calidad de nuestras interacciones sociales. Incluyendo con extraños. Ese saludo en el elevador, la conversación casual con la persona sentada al lado nuestro en una cola, hasta la disposición a preguntarle algo personal a la cajera de una tienda, nos expanden. Nos hacen más felices. Porque como seres sociales nos sentimos realizados cuando vivimos hacia afuera.

A mis hijos les da pena, tremenda pena, que yo hable con extraños. Pero lo voy a seguir haciendo. Y espero que ellos lo hagan también. Ser feliz es una buena meta.

Preparativos

Vivo la vida en preparación para lo que sigue. Bueno, así era antes. Ahora trato de estar preparada y vivir lo que hay ahora.

Se puede esperar. Tener metas. Pero no se puede vivir para después. Porque no sabemos si eso existe.

igual, creo que siempre me va a gustar hacer planes, sabiendo que no siempre se cumplen.

No soy buena jardinera

Tengo una violeta en la cocina que florea muy bonito. Es la única planta que da flores dentro de mi casa. Soy tan mala con ellas, que hasta se me murió una suculenta. Cada quien tiene sus gracias, lo mío son los niños y los animales. Y las relaciones. Ésas sí las cuido bonito.

Una planta es una excelente metáfora de una relación, porque, generalmente, dan lo que uno les pone. La atención, los nutrientes correctos, el lugar adecuado, el cariño, todo da frutos, literalmente. Así con las personas. A veces uno se encuentra con relaciones que requieren cuidados más delicados y a veces termina uno cuidando cactus que no dan pero ni espinas. Depende de uno si está contento con eso o no.

Tengo una buenísima mano para cuidar de la gente que quiero. Pero, con los años, me he dado cuenta que a veces la única que pone de su parte en conseguir florecitas soy yo. Y me canso. Las relaciones no son transaccionales, pero tampoco son un agujero en el mar que se traga toda el agua que uno le pone. Algo debe de haber de correspondencia. Conocer eso, saber cuánto está dispuesto a estar uno pendiente, por cuánto tiempo puede esperar y hasta dónde, es una de las lecciones más liberadoras que me ha dado la vida. Tal vez no me salgan flores de las plantas, pero satisfacciones personales de relaciones profundas y correspondidas, sí que estoy aprendiendo a tener.

Con todo

La vida te da el ímpetu de hacerlo todo con pasión y luego creces y lo pierdes. La intensidad se atempera. Uno aprende estoicismo. Y luego buscas ese fuego y no quedan ni las brasas.

Prometeo fue castigado por enseñarnos a hacer fuego. El factor esencial que nos saca de lo inmediato y nos permite ver por lo menos un día más allá. Que nos ilumina alargando el día y nos da calor cuando podríamos morir. Pero no es ese fuego, creo yo, el que ofendió a los otros dioses. Es el de la fuerza vital con la que nacemos.

No podemos dejar que la edad o las circunstancias o el cansancio o lo que sea nos ahoguen las llamas de nuestra capacidad para darlo todo. Igual, vamos a enterrarlo eventualmente, mejor usarlo.

Las verdades y lo que se entiende

Hay muchas formas de contar una historia, más si es la propia. Editamos, alargamos y acortamos nuestra biografía cada vez que hablamos de nosotros mismos, porque lo importante no es lo que pasó, sino cómo lo vemos en este momento. O el siguiente.

Lo mismo pasa con la Historia, que, además, es contada por muchas personas distintas que le dan el giro que quieren. Difícil estar seguro del todo de dónde venimos, si se descubren cada vez más tergiversaciones de lo que nos cuentan. Hay que hacerla de detective y psíquico, no sólo de historiador, a la hora de considerar esas venas académicas con que se nos quiere alimentar.

Yo creo que ayuda mucho ver con objetividad lo que existe ahora para escarbar los cimientos sobre lo que está fundado. Tener criterio y saber que nunca vamos a conocer toda la verdad, ni siquiera cuando es la nuestra.

Enfocar las distracciones

Todos necesitamos de un descanso de nuestras vidas. Una especie de recreo que nos refresque y nos permita seguir adelante. No podemos quedarnos allí para siempre, porque sería igual que comer postre como único alimento. Se puede, pero con pésimas consecuencias, la peor de las cuales es que a uno le llegue a hartar el postre. Tragedia.

No me consta, pero podría asegurar que nuestros antepasados prehistóricos tenían una vida más emocionalmente satisfactoria que la nuestra. Si el único oficio es estrictamente para sobrevivir, el resto del tiempo se puede utilizar en enriquecerse a un mismo, con la socialización, pintar cavernas, contar cuentos, criar hijos… no lo estoy idealizando, para nada. A mí que me den agua corriente y plomería interna, además de antibióticos, antes que cualquier atardecer idílico sin polución. Pero… no puedo dejar de especular que debe haber sido satisfactorio tener más balance en el propósito de nuestras actividades. Sinceramente, no necesito un tercer vestido. Ni un décimo. Pero lo quiero… En fin.

Integrar las distracciones en la vida diaria. Que se vuelvan partes esenciales de la misma. Eso nos ayuda a estar mejor balanceados. Con tal que ésas no se conviertan también en ataduras y tengamos que encontrar distracciones de nuestras distracciones.

Llenar la cubeta

Para regar una planta, se necesita que el recipiente tenga agua. Una lección tan esencial que no es fácil entender. Cuando uno es mamá, se vuelca tanto sobre los demás, que se queda vacío.

Yo quisiera que todos entendiéramos cómo cuidarnos para poder cuidar a alguien más. Y no sentirnos mal.

Ahora he estado tratando de llenar mi cubeta antes de regar una plantita adicional. No es egoísmo, es supervivencia.

Con poco

Se puede ser feliz con poco, cuando uno ya tiene el resto. O tal vez es todo lo contrario. Me ha pasado que mis momentos más felices son sencillos, pero es porque no me preocupa nada más. Cuestión de perspectiva, supongo.

La vida se construye de a poco y es todos los días. Cosas esenciales como la salud se aprecian mejor cuando faltan. Y terminamos no dándonos cuenta de lo que tenemos hasta que ya no está.

Quiero aprender a gozar lo que haya. En ese momento. Y trabajar por lo que falte.