Año y medio después, aún no tenemos la licencia de construcción de la casa. He aprendido a vivir con esa parte de mi vida en suspenso, como si existiera en una dimensión alterna en la que no pasa el tiempo. Eso me tiene extremadamente feliz, por supuesto. Los pobres niños siguen durmiendo juntos, tengo la biblioteca de manualidades entera en mi cuarto y no hay un espacio de la casa en el que no haya una cosa fuera de lugar.
Entre eso, el estudio mítico de la casa, servía de bodega de fácil acceso para cualquier fauna de cosas, desde bicis, hasta herramientas. Y, para mientras, mi marido haciéndome cara de niño abandonado pidiéndome un espacio propio. Y yo haciéndome la bestia.
Estoy en negación. Total. No quiero mover un dedo más en la casa porque no veo que avance. Hay situaciones que nos sacan por completo de nuestro eje. El mundo deja de girar en la dirección que llevábamos. Da vértigo. Dan ganas de bajarse. De no hacer nada. Y resulta que es imposible. Porque la vida continúa y ni modo que uno se va a ausentar de ella sólo porque las cosas no están saliendo como uno quisiera.
Aprender a sacarle lo mejor a cualquier situación en la que uno esté, es de las lecciones más duras que he tenido que aprender. Pero porque me he resistido. Y no tiene ninguna razón de ser.
Sacamos las repisas, las cajas, carruajes, bicis, pinturas… (Están regadas por toda la casa, ni me pregunten.) Pero el estudio está disponible y el hombre lo ha estado pintando feliz. Es un paso. Pequeño. Que ha hecho una enorme diferencia.
