Le escribí a la fábrica uno de esos correos que no tienen suficiente información, porque no hay forma de decir lo que uno tiene en mente sin sonar desajustada. “Estimados Señores, les escribo para preguntarles si es posible que entre sus archivos tengan récord de un reloj que se ajusta a esta descripción. Lo heredé de mi papá y quisiera conocer su proveniencia. Aunque no tiene un nombre visible en ninguna de sus caras, existe esta leyenda y puede ser que haya sido fabricado por ustedes. ¿Podrían por favor buscar entre sus documentos? Agradeciéndoles de antemano su atención a la presente y el tiempo que puede tomarles la búsqueda, quedo de ustedes, muy atentamente…”
Nada. No se dice nada en una carta así.
No puedo describir estar parada del otro lado de una cama que, a mis cinco años, me parecía inmensa, viendo a mi papá darle cuerda al reloj. El mítico reloj que tocaba musiquita cada quince minutos, ese reloj que mi papá llevaba casualmente por la calle cuando su sola presencia era suficiente para ahuyentar al más audaz de los ladrones. Él. Con sus bigotes de gato relamiéndose un almuerzo de ratón tierno, los brazos que podían cargarme sin esfuerzo y el carácter de volcán desbocado.
La pieza había cambiado varias veces de manos. Llegó a las de mi papá por la necesidad. La del dueño que tuvo que venderlo, acompañándolo de historias fantásticas de para quién había sido fabricado. A mí nunca me importó esa parte del asunto. Era el reloj de mi papá y yo era feliz escuchando su carrión.
Alguna vez lo llevamos a hacerle servicio a una joyería de las de antes, con mostradores de cueva de ladrones y un taller repleto de otro tipo de joyas: lentes, magnificadores, herramientas diminutas, piezas esperando ser armadas. El dueño era amigo de mis papás y mío. A mis cinco años, acosaba a mi mamá para pasar saludándolo cuando hacíamos mandados en El Centro. El ritual era el mismo: me acercaba a su secretaria, preguntaba amablemente por mi amigo, entraba detrás del mostrador haciéndome sentir muy importante y lo iba a buscar. Era mucha la decepción cuando él no se encontraba en la trastienda. Pero, cuando estaba, nos tomábamos de la mano y me llevaba al otro lado de la calle, donde el chiclero de la esquina, a comprar chicles. Una cajita. No más. Con eso bastaba.
El reloj dejó de sonar. No hubo quién lo arreglara. Y mi papá no tuvo nunca el dinero suficiente para llevarlo a alguna parte más especializada. Se quedó bello y roto. Igual que él, quien dejó de hacer de su fuerza una fortaleza y simplemente se resquebrajó bajo el peso de una rabia que lo consumió hasta dejarlo solo, sin amigos y con pocas personas a su alrededor que lo quisiéramos lo suficiente como para estar cerca.
Las cosas valiosas, esas que verdaderamente tienen algo qué dar al mundo, son fáciles de arruinar. Las echamos entre una trituradora de tiempo y descuido que las va consumiendo. Así pasa con las habilidades, los talentos, las oportunidades, los amores.
El reloj de mi papá ahora es mío. Hace años se lo di a mi amigo para que me dijera si lo podía reparar. Imposible. Al menos para él. También él, valioso, está roto por la edad. No había querido regresar a recoger ese pedazo de mi papá que ya no servía. Para no verlo y no verme y no sentirme como si estuviera tratando de subastar a mi padre queriendo encontrar el valor tangible de una cosa que jamás se va a poder tasar en su justa medida. ¿Quién me puede pagar verlo dándole cuerda y haciéndolo sonar para que yo le replicara con las estrellas de felicidad en los ojos?
Recogí el reloj hoy. Le di un abrazo a un hombre que ya casi no existe. Pesaba. La caja con ese pedazo de maquinaria sin andar pesaba entre mi bolsa. Lo venderé. O no. Pero es mío. Así como lo es la vida misma que también me pasará atravesando y me dejará pesando menos que el recuerdo que tengan de mí los que vengan después.
El reloj está arruinado. Sigue siendo valioso.
