Pasé un par de días sin tener que ir a ninguna parte, ni de hacer nada. No sé cómo no hago eso más seguido. No manejé, no vi tele, no cociné. Nada. Ni siquiera sentí compulsión por hacer ejercicio.
Entre tantas cosas que tenemos que hacer, se nos van los días. Siento, como hoy que ya tuve que subirme a un carro, hacer loncheras, pensar en citas, que hago muy poco para todo el tiempo que gasto. Y que es más la ansiedad que me da todo. Lo que verdaderamente me atormenta es no saber si lo estoy haciendo todo.
Supongo que no podemos ni siquiera saber si lo que logramos está bien hecho. Esa conversación en la que uno dice muy poco o demasiado. Las palabras de cariño que pueden sonar a reclamo. El no saber de alguien al que uno quiere. El saber demasiado de uno mismo. Todo. Todo me da ansiedad. Hasta que lo mando y me mando al carajo. Porque no se puede vivir así.
Nada está ni ligeramente bajo mi total control y aprender eso me ha sacado todas las arrugas de la cara. No me gusta pensar que soy un barco a la deriva. Pero tampoco puedo pretender que yo construyo vías inamovibles en el mar. La imagen que prefiero es la de un buen barco, con velas firmes y una guía segura. Si bien no poseo el poder de cambiar el rumbo del viento, sí puedo ajustarme.
Y, en los días de calma, tirarme a nadar.
