Todos tenemos algún amigo necio que nos empuja a hacer cosas que están justo afuera de nuestra zona de confort. A tirarnos en un canopy, a subirnos a una montaña rusa, a probar el rappel. O a correr un poco más, a nadar una vuelta más.
El mío, el más insistente, es el que tengo en el cerebro. Resulta que hoy no quería nadar, como no he querido nadar todo el año, que si por el frío, que si porque el agua moja. Cualquier excusa es buena. Pero resulta que había empacado una calzoneta nueva y unos anteojos para nadar nuevos. Y me los quería estrenar. Además, pasé tocando el agua de la piscina y no estaba tan fría. Salió el sol detrás de una nube justo cuando iba camino al vestidor. Ni modo. El amigo insistente me dijo «sólo cinco vueltas». Me tiré. Llegué a las cinco. «Ay, ya estamos aquí, cinco más.» Así se fueron las 11.
De alguna forma tenemos que poder hacer cosas en contra de nuestra propia voluntad. Que, si por mí fuera, me hubiera regresado tranquilamente a mi casa a ver Fargo. Pero no puedo. Porque me obligan. Me obligo. Sería un gato. Pero no. Porque yo misma soy mi amiga necia que me pide dar más.
A veces no doy lo suficiente. La mayoría de las veces. Pero doy más de lo que quisiera. Tal vez no es tan malo.
