El famoso detox

Ay. Muero por una tortilla con frijoles y crema. Muero. Me quedan muy pocos antojos de eso que se llaman «pecados» en la comida. Ya no me desgarro por una dona, ni un helado. Las pizzas me tienen sin cuidado. Una hamburguesa, tal vez, se me atraviesa por el pensamiento de vez en cuando. Pero una tortilla. Con frijoles volteados. Y crema.

Resulta que andamos en treinta días de «desintoxicación». Se fue todo. El vino. El tequila. Los frijoles. Las tortillas. El queso, oh por Dios, el queso. Ya llevamos quince días de eso y casi, casi lo tiramos todo por el caño el domingo. Enfrentados a la posibilidad de ir a comer a nuestro buffet de desayuno favorito, nos dispusimos a romper el sacrificio. Pero no. Igual hice el desayuno que tocaba y nos lo comimos como valientes.

Cuesta. Cuesta limpiarse. Porque implica dejar cosas que verdaderamente nos gustan. La vida ya es muy triste como para amargársela uno. Pero… Pero. Quiero llegar a vieja sana. Lo más sana que pueda. Me gusta tener una cierta talla de ropa y no verme descuadernada. Y me gusta ejercer mi fuerza de voluntad. Qué músculo más débil. Hasta que se flexiona y resulta que sí lo puede levantar a uno mismo.

Me quedan catorce días de detox. Lo celebraré con vino. Y frijoles.

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