No desperdiciar

Mi casa está llena de cosas que me gusta llamar antiguas y que en realidad son viejas. Porque no tienen más valor que el sentimental para mí. Los anaqueles de la cocina de mi mamá, por ejemplo. Recuerdo el esfuerzo que le costaron, no sólo en dinero, sino en convencer a mi papá de instalarlos. Para mi papá, cambiar de lugar un cuadro en su casa era una afrenta personal. Y ahora está una parte de esos anaqueles, lista para tirarse. Porque están viejos y la casa está nueva y ya necesitamos muebles que le vayan.

Y a mí se me parte el corazón. Porque uno tira las cosas que no sirven y tal vez no sirven, pero sí me recuerdan a mi casa. Esa casa que ya no existe más que en mi memoria. Hasta la memoria me falla, porque tengo ya tantos años de vivir en otra casa que es la misma que ya no me recuerdo de la primera bien. Ni siquiera huele igual.

Las cosas las tiramos. Está bien. Hasta a veces desperdiciamos cosas materiales, porque para nosotros ya no sirven. Aunque todavía puedan servirle a alguien más. Lo que no podemos tirar son nuestros recuerdos. Modificarlos, sí. Actualizarlos, sí. Igual que remodelé una casa que ya no servía para lo que la queríamos y ahora es diferente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.