Comenzar con el «no»

No, no sé hablar francés. No, no tengo mi cinta negra. No, no he vendido muchos libros.

Todo lo comenzamos en no y luego lo vamos adquiriendo. No estamos con esa persona que nos gusta. No tenemos el trabajo que queremos. No hemos escrito la tesis para graduarnos. Pero hay una palabra mágica, más que «abracadabra», que nos abre todas las puertas que tienen por rótulo el «no».

AÚN. Ese aún que todavía se tilda porque sustituye al «todavía». No, no hablo francés, aún. Porque no nacemos sabiendo, haciendo, teniendo. Nacemos con una hoja enorme, relativamente en blanco, que vamos llenando de lo que queremos ponerle. Todos los días le pintamos algo nuevo, aunque no queramos, o no nos demos cuenta. La llenamos de todas esas cosas que vamos acumulando. Todo deja marca, pero la hoja se va moviendo como aquellas «televisiones» que hacíamos de pequeños en el colegio con una caja de zapatos. La historia que nos escribimos siempre está en movimiento y dejar el lápiz parado sólo traza líneas aburridas.

No, no sé hablar francés, pero estoy aprendiendo. No he vendido muchos libros, pero ya fui a dejar una muestra a una librería para poder hacerlo. No tengo mi cinta negra, pero mañana hago un examen que me acerca a un grado de tenerla.

No. Aún no. Pero ya casi.

Las diferencias pequeñas

He tenido oportunidad de estar en países con varias horas de diferencia de mi horario habitual (hasta 8) y otros con menos (3) y, por mucho, cuesta más adaptarse al que menos cambio tenía. Resultaba que, para mí, eran las 4 de la tarde y allá ya eran las 7 y yo no tenía hambre ni de chiste, pero casi era la hora de cenar o ya se hacía muy tarde para salir, pero según yo aún era de madrugada… Y así. Raro.

Como si pudiéramos adaptarnos más fácil a los cambios drásticos. «Ahora es de noche, mira, está oscuro, no importa que para ti aún sea de día de donde vienes.» No es ese medio cambio que hace que todo parezca igual, pero distinto. Tal vez por eso es que nos trabamos con las evoluciones diarias, constantes y pequeñas que tienen las relaciones de siempre. Ese pequeño ajuste que hay que hacer, que es como angular la vela unos cuantos grados a favor del viento. Al final de un viaje largo, los cambios pequeños cuentan. Y mucho. Claro que es más fácil ver la necesidad de arreglar el curso cuando se está en medio de una tormenta. Pero eso no le resta importancia a lo sutil de la cotidianidad.

Es igual que el pequeño pedazo extra de chocolate todos los días. Ése que tengo al lado mientras escribo y que no como. O al menos no siempre.

Las buenas malas ideas

Ir a Dollar City para «ver qué hay» es lo más cercano a recolectar hongos en un bosque prehistórico que tengo en mi vida moderna. Salgo como mis antepasados lejanos a buscar algo que me llame la atención. Hay unos flamencos rosados de plástico que quiero poner en el jardín porque son tan feos que son lindos. Y marcos para fotos por imprimir. O cachivaches para la cocina, que son útiles, pero que no necesito. Hasta que llego al área de mascotas y se me van los ojos por todos los juguetes para gatos. Todos me gustan. Los apuntadores láser, los ratones que penden de palitos, los pajaritos que se rellenan. Esta vez ganó un animalejo que hace ruido. Genial. Hasta que, ya en el carro, me sonó el bicho todo el camino y me vi a media noche, despertando sobresaltada y con el corazón en la garganta por el «mimimimimimipripripripirpirpir» del aparato del infierno.

Hay ideas del todo geniales, ejecutadas a la perfección, que quedan exactamente como las queríamos y de todos modos no sirven. Porque son malas ideas bien hechas. El pastel de un ingrediente que no nos gusta, que probamos hacer por necios y que siempre sí no nos gustó. La relación con la persona que no nos llena, a la que le metemos todo nuestro esfuerzo, pero que no quita la carencia de un ingrediente principal. El trabajo que nos da de comer, que hacemos como maestros y que no nos gusta.

Tal vez no es tan necesario que las cosas sean perfectas para ser buenas. Así como el mejor vino es el que más nos gusta, las mejores cosas en nuestras vidas son las que más queremos.

A la gata, obvio, le fascinó el juguete y anda con él por toda la casa. Cuando llega la noche, lo decomiso y lo guardo. Puedo mejorar una mala idea por muy buena que haya sido.

Por la niña que me hace ser mejor mujer

Mañana (el 6), cumple 8 años mi niña. La que casi se muere cuando compartíamos piel. La que no lloraba cuando tenía hambre, gruñía. La que pesaba menos que mi gata pequeña.

Esta niña, con su carácter firme, su determinación, la empatía, la necesedad… por ella yo trato de ser mejor. A mi estilo. Con las dificultades que no le oculto. Con los defectos que no le justifico. Porque tengo. De ambos. Y mucho. Y ella también. Pero es allí en donde crecemos.

No quiero que ella jamás sienta que no está cumpliendo mis expectativas. Quiero que se esfuerce y se caiga y aprenda y siga. En toda sinceridad, es difícil no verse en los hijos. Imposible no hacer algo mal. Sólo hay que procurar que las cosas negativas los fortalezcan, no los destruyan.

Me cuesta ser mamá, por ese simple hecho: sé que algo he hecho, estoy haciendo y voy a hacer mal. Espero que lo bueno lo compense.

 

La realidad inverosímil

Leer noticias es adentrarse en un diálogo interno que comienza, muchas veces con un «¡No puede ser!» La capacidad de los seres humanos para cometer actos que se salen de lo que nosotros consideramos normal es infinita. Como la imaginación. Pareciera que, junto con poder escribir acerca de mundos que no existen, también podemos decrear el nuestro, negar nuestra humanidad, comportarnos como cualquier otra cosa que seres pensantes.

O, también, está nuestra incapacidad para concebir formas de vida diferente a la que tenemos día a día. Y surgen las intolerancias, las persecuciones, el mismo desvalorar al otro por ser eso, otro.

Todos hacemos cosas diferentes a los demás. Algunas se salen de lo jurídicamente permitido en una sociedad. Otras, no. Y luego están las que todavía no son legales, pero no son inmorales y se hacen con gusto. Hay de todo. Habemos de todo. Y cambiamos en nuestras tolerancias, comportamientos, hasta leyes.

A mí no me gusta leer de los horrores que nos podemos infligir unos a los otros, porque me dan ganas de renunciar a mi especie. Pero entiendo que hay muchas cosas que me molestan, que no dañan a nadie y sobre las que poco o nada debo opinar. Supongo que hasta para eso hay imaginación.

Casi me olvido de escribir

Porque estuve ocupada haciendo cosas chilenas hoy en la tarde. Decidimos que, para portada de mi libro de cuentos basados en mitos, quería una foto maquillada de Medusa. Más bien, mitad Medusa, mitad yo. Nos tardamos toda la tarde y fue genial. No sé cómo terminen las fotos, espero que bien, pero lo lindo fue sentirme parte de un entusiasmo comenzado por mí, pero tomado por más gente.

Las ideas que se pueden pasar con energía entre personas, ésas son las piezas inmortales que dejamos. Anónimas, con vida propia, se expanden y extienden. Como los dichos populares que uno repite aunque no tenga ni idea quién los dijo primero. «El agua observada no hierve»,  dicha por mí hoy, por ejemplo, esperando que hirviera una ollita con agua, viene de algún lado, originalmente en inglés, que no tengo ni idea de cómo llegó a mi boca.

Tenemos muchas formas de trascender. Las obras físicas se van arruinando. Hasta el Coliseo está en ruinas. Las personas, todas, morimos y una generación más o menos no recuerda nuestro nombre, menos el color de nuestra risa. Pero la ideas, esas que se pueden repetir, que calientan por dentro, que podemos traspasar sin imponer… Ésas nos hacen inmortales.

Hoy no tuve una de esas ideas, pero igual casi se me olvida escribir.

Shhhh…

No pude nadar más que una vez esta semana pasada. Eso implica que no escribí ni una palabra de ficción y que hay un zumbido en mi cabeza constante que antes estaba y que ahora he logrado ahogar en la piscina. No soy una persona necesariamente ermitaña, pero sí aprecio ese momento de no tener que hablar que me da nadar.

El silencio como conductor a mejor comunicación, interna y externa, es un elemento poderoso en la sanidad mental. Poder estar solo con los pensamientos y que éstos no lo destruyan a uno, que el diálogo interno sea reflexivo y no devastador, creo que se logra con terapia y silencio. Las voces internas que más sanas a veces son las más calladas y hay que poner atención para escucharlas. «Me gustas, me caes bien, esto lo hiciste bien, vales, eres suficiente», casi no tienen volumen. Las sofocamos con expectativas externas, recuerdos dañinos, emociones sin análisis. Y luego estamos enfermos, tristes, sin inspiración.

Allí es en donde uno se recupera, recoge pedazos que ha ido dejando tirados, sana, en lo profundo de nuestro silencio y soledad. Vale la pena sumergirse en ese mar interno y salir con más ganas para estar en el mundo externo después.

Esta semana espero nadar por lo menos tres veces. Tampoco necesito tanto silencio.

Salgamos a cazar vampiros

Mi papá no comía ajo. Nunca. Ni cebolla. Le hacía mal y le ofendía mi presencia cuando yo salía a comer y regresaba con el tufito característico de los restaurantes. Es que es un atajo para potenciar el sabor de cualquier cosa. Estamos tan acostumbrados, que no nos damos cuenta salvo cuando la ofensa pasa a injuria y no podemos ni hablar porque nuestro propio aliento nos desmaya.

Hay tantas cosas a las que nos acostumbramos que son así. Pequeñas actitudes ponzoñosas, tonitos de voz hirientes, desfases en nuestra coherencia. Y, como todos los tenemos, no nos damos cuenta y seguimos, aunque apestemos, pero sólo un poco. Incluso es más fácil identificar lo malo en los demás. Al fin y al cabo nosotros nos olemos todo el tiempo y sentimos que es normal. Pero basta con que alguien que huele diferente se siente al lado nuestro, que ya estamos como si fuéramos sabuesos, olfateando el aire. Todos, todos, todos apestamos. De alguna forma u otra. Sólo nos queda bañarnos y empezar de cero para que no sea tan malo el asunto.

Pero hoy comí comida coreana que sabía a gloria. Y estoy lista para salir a cazar vampiros hoy por la noche.

El eco por dentro

Me gustan los mitos. Específicamente los griegos. Las explicaciones sobrenaturales para fenómenos psicológicos resuenan en las historias de la humanidad. La cosmovisión de la época queda retratada en esas tradiciones y ponerse a revisarlas desde nuestra perspectiva es ilustrativo. El de Eco, la ninfa, es especialmente triste. Alguien que sólo puede repetir lo que le dicen está prácticamente anulado. Espera impulsos externos para poder sacar algo.

Pero nosotros mismos tenemos un poco de ecos. Las cosas que nos pasan rebotan en nuestras experiencias y muchas veces sólo devolvemos. Todas esas palabras que nos disparan recuerdos de la infancia y nos sitúan en un lugar indefenso, que nos hacen reaccionar de forma exagerada y que nos destruyen, nos dejan anulados como personas. Lamentablemente es un caso frecuente y lo repetimos, por algo gritar la misma palabra en una caverna siempre va a tener el mismo resultado.

Generalmente los ecos se forman en los vacíos. Siempre me imagino un lugar oscuro y desierto, cerrado por todas partes menos una pequeña apertura. Se acabaría esto si lo abriéramos. Si nos abriéramos. Iluminar eso que llevamos guardado, para darnos cuenta que ya no hay nada allí. Que todo el dolor que metimos se disolvió con el tiempo y que sólo quedan paredes en donde rebota el ruido exterior.

Eco se desapareció. Yo no quisiera que me pasara lo mismo.

Y un café

La niña sacó 100 en un examen de mate porque ya se aprendió la tabla de multiplicar. Eso merecía celebrar con lo mejor que se puede para esas ocasiones: un helado. Es la comida universal de lo bonito, lo alegre, de estar triste y consolarse. Una cosa deliciosa, fría, imposiblemente cremosa. Mi papá le pedía a mi mamá que le hiciera y alegaba cuando compartía. Yo siempre quiero uno. De limón.

Hay que pararse y celebrar. Un examen de niña que se ha esforzado, o aprender algo nuevo, hasta no pelear y ser insoportable un día es motivo de alegrarse. Creo. Me enfoco tanto en lo que hago mal que ahora mismo escribiendo esto no recuerdo la última vez que celebré por algo mío que yo haya hecho. Mi cumpleaños no cuenta, allí sólo tengo que existir. Pero hacer algo porque logré lo que quería… Puedo decir con lujo de detalles en dónde he fallado últimamente.

Es fácil darse cuenta de lo que hacemos mal. Porque nos marca, nos da vergüenza, nos hace sentir que nos falta o que faltamos. Nada como una conversación con gente cercana que le ilumina a uno dónde está el espacio, cómo es difícil uno, para reexaminar la vida bajo esa lupa. Complicado.

Fuimos a por el helado de la niña. Y yo me tomé un café. También lo celebro con ella.