Un orden diferente

Ya desistí de poner mi música en un orden comúnmente aceptado. Admiro a la gente que se toma la molestia de meter canciones relacionadas, ya sea por género, por década, por instrumentos, por color de álbum, por lo que sea. A mi la música me sirve para situarme en momentos específicos, personas concretas, sentimientos particulares. Por eso tengo un único criterio para armar mis playlists: el año en el que me gustó la canción.. Ni siquiera corresponde siempre al año en el que salió, porque Patience ya tiene sus añitos y aún así se vino en la lista de este año. Porque sí.

Hay pedazos de la vida de uno que son tan personales que, invariablemente, son los que más se pueden criticar. Porque dependen únicamente del gusto de uno y, como cada quien es diferente, da paso a que a muchos no les guste. Tiene que ver con la pertenencia y la identidad. Cuesta tener una idea sana de uno mismo sin relacionarla con los demás y allí viene el jueguito entre ser diferente y ser igual. La música que escuchamos, por ejemplo, nos acerca a cierto grupo de personas de forma automática y nos hace pensar que somos una tribu. A las tribus no se las come el tigre tan fácil. Pero de allí a juzgar a los demás es pasar de una compañía beneficiosa a ser parte de un rebaño que lo va a sacar a uno si no es igual.

Como todo. Es complicado. Yo sigo poniendo las canciones que me gustan. Al menos ya las separo por años.

Se me olvidó

Tenía una idea genial para un cuento. Me senté a escribirlo y se me diluyó la inspiración mejor que cadáver en ácido. No quedaron ni los dientes. Con lo que me cuesta encontrar el texto para escribirlo… No es la primera vez que me sucede. Y es que casi siempre escribo cosas en mi cerebro, pero me tardo en ponerlo afuera en palabras para los demás. En ese ir y venir, se escapan algunos. Tal vez regresan mejorados, pero me temo que no. Simplemente se van, ofendidos por no haber sido concretados antes.

Las cosas tienen una temporalidad muy particular. Los favores que pedimos, los cariños que damos, los recuerdos que volvemos a vivir. Me gusta ponerle día y hora a las cosas que pido, porque sé cuándo contar con eso. No siempre funciona. Tiendo entonces a hacerlo mejor yo, pero tengo que aprender a que no sea de mal modo. No soy dueña del tiempo de los demás y sólo yo le pongo la misma importancia a mis cosas. Un tercero no. Es lógico. Son mis cosas, no las suyas.

Pareciera que mis ideas también tienen un sentido abultado de su propia importancia y prefieren irse ofendidas que esperar. Lo bueno es que detrás vienen otras en fila y a más de alguna atrapo en el momento indicado.

Salvo hoy, que sé que la idea era buena y ya no la encuentro. ¿Ustedes se acuerdan qué iba a escribir?

Las tardes de domingo en casa

El viernes ni acuerdo qué hicimos y el sábado fuimos a una boda de gente poco conocida, pero apreciada. Vestido nuevo, zapatos altos/bellos/incómodos, peinado de salón y maquillaje. Terminamos en el cine. Fin de semana normal. Pero hoy. Hoy hubo desayuno fuera y almuerzo en casa. De esos que se alargan hasta las cuatro de la tarde y dos botellas de vino. Con la compañía de una amiga querida, muy querida, de las que te conocen y te quieren porque te entienden. Entraña, espárragos, tostones. Churrasquera con carbón, como Dios (diosa, Zeus, Isis, Afrodita, Venus…) manda. Y pastel de chocolate. De esos que te hacen desear ser gordo sin remordimientos, tres capas de decadencia unidas por una crema chocolatosa y naranjosa, cubierto de esa maravilla de capa de chocolate como crema batida espesa. No pude comer más que un pedazo pequeño. Hubo sol y comimos en la pérgola que insistí sacarme derribando las paredes de un cuarto que fue de mis papás y luego de mis hijos y ahora de mis hamacas y amigos. Cociné yo. Porque me gusta y porque demuestro así mi cariño, nos es cuestión de besar a todos mis amigos. Las tardes de domingo me dan tregua de lluvia y viento, sale el sol y hay comida rica y buena compañía. Es lo más cerca de agendar la felicidad que he encontrado.

Logré hacer hilachas

Hay platos que me remontan inmediatamente al comedor de mis papás. El arroz a la valenciana para ocasiones especiales, el cocido de los lunes, las hilachas. Aún recuerdo la sensación de ahogarme cuando se me mal desenrollaba un pedazo de carne. Igual seguía comiendo. Me fascinan. Creo que por la pura nostalgia de que no me salieran iguales, no me había animado a hacer.

Los recuerdos de comida son muchísimo más complejos que el simple sabor. Por eso es que pocas veces nos saben igual las cosas que volvemos a probar de adultos. Llevamos años idealizando la magdalena de la casa y es imposible hornearle la memoria.

Lo que sí se puede hacer es lograr lo propio. Transformar el recuerdo en una experiencia de ahora, con el sabor que a nosotros nos guste. Nunca va a ser igual y tampoco es necesario. Va a ser nuestro, así como es nuestra la vida que llevamos y que no puede ser un homenaje a personas que ya no están. Las cosas viejas las incorporamos a las nuevas y les dejamos un escalón más en el camino a los que vienen detrás nuestro.

Mis hilachas llevaban yuca, no papa. Y les faltó chile guaque. O algo. No sé. Ya las haré a mi gusto.

Las piedras en el zapato

Mis hijos son maravillosos. Sacan buenas notas, comen de todo, son empáticos, me hacen caso. Pero hacen cosas pequeñas que me molestan. Como la pequeña piedra en un zapato totalmente cómodo que hace casi imposible caminar. Como comer mal. Me pudre.

Es tonto. O no. Las cosas pequeñas abren grietas, basta ver el daño de una gota de agua. Tal vez es porque no les damos importancia y las dejamos pasar aunque nos vayan haciendo daño de a poquito hasta que estallamos.

A veces no aprendemos a cerrar los círculos emocionales para estar bien. O algo nos molesta y lo arreglamos o de verdad no tiene importancia y lo dejamos ir. En vez de eso, no hacemos ninguna de las dos cosas y continuamos tomándonos la píldora que nos hace un poco de daño. Es como aceptar el café como no nos gusta todos los días. A cualquiera pone de mal humor. Y no es ser uno conflictivo, al contrario, es aprender a manejar esas pequeñas molestias. Nadie quiere andar con una astilla en el dedo el resto de la vida, eso se infecta.

Seguiré atormentando a mis hijos para que coman bien, sean corteses y se laven las manos. Agradezco no tener que pelear con ellos por otras cosas.

Cambios de temperatura

Siempre he dicho que yo detesto bañarme en agua fría. Que prefiero arrugarme a dejar de usar agua caliente. Pero… los cambios bruscos de temperatura ayudan al sistema a adaptarse mejor al clima, reafirman la piel y sirven para apurarse uno en la ducha.

Los cambios son inevitables y siempre son incómodos, sobre todo cuando no los provocamos nosotros. Decir que uno está totalmente preparado para ellos, es mentir. Si uno realmente estuviera preparado, no servirían para sacudirlo a uno. Las consecuencias no siempre se pueden prever. Ni siquiera podemos medir bien cómo vamos a reaccionar emocionalmente. Pero sí podemos mejorar nuestro tiempo de adaptación. Aceptando lo inevitable y no resistiéndonos con uñas y dientes a pasar las puertas que se nos abren. Porque a veces las circunstancias nos dan un empujón tan grande, que caemos de bruces en la nueva etapa. Es duro. Es feo. Cuesta. Y no podemos hacer nada más que hacerle ganas.

Tal vez la clave es poder recuperar la propia temperatura independientemente de lo externo. Como ahorita que hace calor y yo no me siento sofocada. Todo sea por ese sufrimiento de la mañana que ya hasta me está gustando. Al final, a todo se acostumbra uno.

Escribo para que me lean

Hace poco tomé un taller de escritura creativa. Excelente. El profesor es de esas personas que generosamente comparten su conocimiento porque sí quieren que sus alumnos sean mejores, aún que ellos. Es refrescante eso. Llegamos a dos conclusiones (al menos yo a dos llegué): 1. el objetivo de escribir es hacer que las historias viejas sean nuevas; 2. uno escribe para que lo lean.

Cualquier proceso en el que se saquen las ideas interiores hacia el exterior conlleva un compartirse con el mundo. El arte es una conversación entre dos personas a través de un medio que sirve de puente temporal y espacial. Yo puedo hablar con Miguel Ángel cuando lloro frente al David. Me puedo emocionar con Dumas cuando leo las aventuras de D´Artagnan. Agradezco la sensibilidad a Rembrandt cuando contemplo el retrato de un viejo. De eso se trata para mí el arte: el acercamiento entre dos personas.

Necesario un receptor para esa conversación. Al menos uno. Y, aunque el trabajo de un escritor sea aparentemente solitario, siempre se tiene a un lector ideal en mente: usted que me lee. Aunque no esté de acuerdo siempre, aunque no le guste cómo lo hago, aunque sólo sea uno.

Por eso es tan vital para mí publicar (hacer público) todo este que vengo haciendo desde hace más de tres años. Porque tengo una conversación sin fin hacia el aire que se recoge con cada persona que me lee.

Es mi cumpleaños

Y la vida se me viene encima peor que cuando cumplí los 40. Sólo han pasado dos años de eso, pero como que hubiera sido un universo. No había tenido un cambio tan grande. Nunca.

Aún no sé si sea para mejorar. Ahorita no lo siento así. Sólo me siento… inadecuada. Supongo que será cuestión de hacer que las nuevas piezas que reemplazan a las viejas, funcionen sin demasiado esfuerzo y la existencia ya no me sea tan trabajosa.

Como sea, quisiera que mis días se acoplaran como versos en un poema largo, enredado, pero coherente. Por eso este año de regalo voy a pedir que me pasen sus poemas favoritos.

HBTM

La necesidad de hablar del clima

Preguntarles a los niños cómo les fue en el colegio es como sacar una maestría en interpretación de muecas y sonidos de efectos especiales. Desde siempre les he pedido que usen palabras, no otra cosa para hablarme, pero seguimos levantando cejas, haciendo ademanes y concursando para arreglistas de sonido. Tengo una buena idea de qué les pasa casi siempre, si por algo los conozco desde antes de nacer. Pero no quiero jugar a las adivinanzas y ellos tienen algo ganado con aprender a expresarse de forma clara.

A veces pareciera que uno no debería tener necesidad de decir las cosas porque son tan obvias como el clima. Está nublado, hace calor, llueve, estoy como la chingada. Pero no. Resulta que sí se debe decir lo que uno supone que ya todo el mundo sabe. Porque no siempre es obvio, porque los adultos hemos aprendido a no ponernos las emociones en la cara y porque, aunque nos duela, no somos el centro del universo como para que los demás estén tan pendientes de uno. A los únicos que nos importa lo que tenemos adentro si no lo compartimos es a nosotros mismos. Hay que sacarlo.

Las cosas no son tan evidentes como el sol en el cielo. Y hasta para eso hay opiniones distintas. ¡Qué calor! No hace tanto…

 

Ser sensible como castigo

De pequeña lloraba por todo. Era lo que mi mamá, que tenía un chorro constante en los ojos, amablemente llamaba un chaye. Todo me molestaba, todo me hería. Era horrible. Decidí que ya no quería ser así y desde hace mucho, las veces que lloro con lágrimas rodándome son contadas. A lo más que llego es a que se me inunden los ojos como caricatura japonesa.

Luego hubo una catástrofe emocional hace dos años y se me rompieron los diques. Lloraba por todo. Oootra vez. Es muy feo visibilizar la vulnerabilidad porque pareciera que la gente sólo está esperando que uno enseñe el punto débil para meter más fácil la daga en la llaga.

Pero resulta que ser sensible es bueno. Lejos de la debilidad que creemos, sentir profundamente ayuda a acercarse a los sentimientos de los demás y a navegar con mejor inteligencia emocional por la vida. Lo jodido es encontrar ese balance entre sentir y no sentir demasiado. La capa de protección no debe ahogar la sensibilidad, sino dirigirla hacia afuera. Es un poco aprender a que uno no es el centro del universo, que la gente poco se fija en uno como regla general, que no es importante quedar bien con todo el mundo y que nada es personal si uno no se lo quiere tomar así.

Suena tan fácil, pero me cuesta entender que no es un castigo y que puedo llorar de vez en cuando.