Me escondí todo el día

A veces me da dolor de cabeza. Me devora un animal pesado, que se posa sobre mi cráneo y me anuncia que piensa empollar una tortura. He aprendido a esconderme de él, entre la sombra de mi cuarto. Pero siempre me descubre. Se disfraza de mandados qué hacer, niños qué atender, trabajo, artículos, vida. Estoy muy quieta, creo que esta vez sí me le escapé, sólo para sentir una garra que me sujeta.

Aprendemos a vivir con el dolor. Hay estudios que indican que después de una enfermedad y luego de recuperar alguna rutina, cualquiera puede regresar al nivel de felicidad normal que manejaba antes de sufrir. La satisfacción base es íntima y, aunque tiene picos y valles, la mantenemos en alguna escala constante. Anticiparse a lo negativo también ayuda a sobrellevarlo. Como ver cuando viene el pinchazo. O saber que, al menos un día al mes, me va a doler la cabeza.

Es cuando nos sorprenden que verdaderamente nos duele. El choque que nos agarra desprevenidos, el adiós que no logramos ver venir, la pérdida súbita. Y, aún así, terminamos sobreponiéndonos. Como yo espero hacerlo mañana, mientras ignoro al animal que tengo asentado sobre mí.

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