Se perdió el hámster

Ayer le di magdalena a los hámsters de los niños, mientras mirábamos el juego con amigos. Un pedacito pequeño, que se notaba les encantó. Son lindos los roedores esos, mascotas sin mucha interacción que sí tienen gracia. Se han escapado de sus bolitas de exploración, dejando a los gatos con la curiosidad y las ganas de ver si los instintos les están aconsejando bien.

Pero hoy en la mañana no estaba uno. Revolvimos la viruta, movimos muebles, les preguntamos a los gatos. Todo en vano.

El primer paso cuando uno tiene mascotas es ponerles nombre. Los hacemos nuestros al identificarlos. La ilusión cuando nace un hijo (o el pleito, depende) y poder decidir la forma en que lo van a llamar el resto de su vida. Es tan básico. Poder decirle a las cosas por lo que son despeja dudas, enfoca sentimientos, sana enfermedades. Y convierte a extraños en propios. Por eso preguntamos por Goliat (el hámster perdido) y no por uno genérico a quien no conocemos por su nombre y poco nos importa qué le suceda.

Me gustan las denominaciones precisas. La claridad es, para mí, el camino a la libertad. Y el hambre debe haber llevado al hámster de vuelta a casa. Porque apareció, acurrucado en la lavandería.

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