La noche de anoche

Sonó la alarma. Cuando realicé qué estaba haciendo, ya miraba por la ventana de la cocina, descalza y en piyama, como si pudiera proteger mi casa y a los míos a punta de cara de dormida y pelo de loca. Un gato. O que se fue la luz. Cualquier cosa tonta. Me espantó el sueño. Pasé más de una hora dando vueltas en la cama, escuchando la respiración pausada del durmiente a mi lado. Me dieron ganas de despertarlo, por indecente de dormir mientras yo no podía.

Nuestros primeros impulsos no son siempre edificantes. Queremos romperle la cara al que nos atraviesa el carro, salir corriendo después de un accidente, ir primero en todo. La preferencia primaria, si la siguiéramos en todo, haría imposible nuestra vida en sociedad. Por eso nos pasamos años amaestrando a los niños para que piensen dos pasos más allá de sus acciones y sopesen las consecuencias. Porque somos seres sociales, nuestro propio bienestar emocional lo hace necesario. Así que no podemos ir pateando a los demás, por muchas ganas que tengamos. Ya somos “civilizados”.

Logré volver a dormir hasta la 1:30 am. Un sueño ligero, que me tiene medio mareada, sin estar muy segura de estar escribiendo algo coherente. Pero no desperté a nadie más.

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