Cómo tomar café

A mis hijos les ha dado por tomar café el domingo al desayuno. Y a mí se me ha olvidado hacerles las últimas semanas. Tal vez porque yo nunca aprendí a tomar café de pequeña, es hasta ahora que me gusta, solo, sin azúcar. Pero sólo si es rico. Que no esté aguado. Ni quemado. Ni ácido. Ni amargo. Por eso no tomo en cualquier parte.

Todos tenemos formas particulares y únicas de aproximarnos a las cosas generales y comunes. Por eso encontrar algo que le guste a todos, es imposible. Tal vez nos llame la atención la idea abstracta, pero ya en vivo, necesitamos adecuarla a lo que queremos. El agua, fría. La sopa, caliente. El amor, intenso. El café, negro.

Y todo es válido, mientras no impongamos nuestra inclinación sobre los demás. ¿Cuál es la gana de hacer que otro tome/coma/disfrute de lo mismo que uno? ¿No basta con conseguirlo para mí? Es cierto que hay cosas qué aprender. Y que hay caminos por los cuales avanzar. Pero no quiere decir que, si me gusta algo, no sea bueno para mí. Como el café de los domingos para los niños: con mucha leche.

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