Las primeras

¿Por qué les asignamos tanto valor a las primeras veces de las cosas que hacemos? Generalmente no son las mejores, la experiencia siempre ayuda y el acto en sí no cambia de una vez a otra. Pero las atesoramos y las llevamos para compararlas con las siguientes en una forma un poco masoquista porque nada compite contra el recuerdo. Ningún beso es tan lindo como el que guardo en mi memoria que ya poco tiene que ver con el real.

Al contrario, casi nunca experimentamos lo que hacemos como si fuese la última vez. Se nos olvida que todo tiene un número finito que vamos gastándonos. Sobre todo porque vamos cambiando. No siempre vamos a poder cargar a nuestros hijos, ni llevarlos a sus clases, ni recibirlos del bus, porque crecen y se van. Así con todo. Y aunque hay cosas que es bueno que terminen, no es en ésas en las que verdaderamente nos fijamos.

Las primeras veces de una actividad son un paso cierto. Le podemos poner fecha. No sabemos cuándo es o fue la última y eso nos debería hacer querer ponerles más atención. Tal vez ya lo pasamos y no nos dimos cuenta.

Esta semana

Es la segunda de vacaciones, no tenemos planes, los niños parecen felices de vegetar. Y yo de verlos. Tan bonito es que no tengan nada qué hacer. Aunque del cole sí les han dejado tareas, no es como que tengamos que despertar temprano y salir corriendo. Recuerdo que mis últimas vacaciones de verdad fueron esos meses en limbo entre el colegio y la universidad. No he vuelto a sentirme así de libre.

También esta semana tengo mi examen de karate y es un evento en la casa. Cuando comencé a practicarlo, me dijeron que me iba a tardar unos cinco años en llegar a este punto y, cosa extraña en mí, en vez de sentirme desinflada, sólo me dieron más ganas de empezar lo antes posible. Igual iba a pasar el tiempo. Ahora una amiga a quien le dije que se metiera conmigo, me dice que por qué no me hizo caso.

Dos formas de aprovechar el tiempo, poniéndose en pausa de lo que uno hace siempre y no dejando que transcurra sin usarlo para lo que se quiere. La vida igual pasa y el única manera de desperdiciarla es gastándosela en lo que uno no quiere.

Comí demasiado

Y regresé a casa con el estómago lleno. A reventar. Quisiera poder comer más los domingos, pero no puedo hacer que algo cambie de un día para el otro. Se supone que hoy es el día que puedo comer lo que quiera y resulto comiendo hasta menos, porque llega el desayuno y abuso. Así paso lo que me queda de libre completamente imposibilitada de meterme un solo bocado más a la boca.

Cuando habitualmente hacemos algo, tenemos una costumbre arraigada, es difícil salirnos de esa rutina. Como dormir más temprano o tarde, comer de forma distinta, ser más amables, no enojarnos. Las cosas que realizamos con frecuencia son a las que regresamos sin pensarlo mucho, la famosa memoria muscular de los atletas que instauran el mismo movimiento, una y otra vez, hasta que se les olvida haberlo hecho de otra forma.

Salirnos de lo normal es excelente. Ejercitamos partes distintas y pueda ser que hasta encontremos algo más que agregar en la rutina. Pero pretender que al primer cambio nos sintamos cómodos y no revirtamos a nuestro modo usual, es ilusorio. Como pretender adelgazar en un día lo que hemos venido acumulando durante años.

Yo no quiero comer libre todos los días, aunque me gustaría una sucursal de mi estómago de vez en cuando para poder aprovechar y meterme el helado del que tengo ganas pero que no me cabe porque hasta respirar me cuesta. Tal vez lo logre el otro domingo.

Cuando no queda nada qué hacer

Todo lo importante o está fuera de nuestro alcance cambiarlo, o está dentro de nosotros mismos. En el primero de los casos, sólo nos queda adaptarnos y aceptar. En el segundo es la única ocasión de realizar cambios verdaderos. Lo irónico es que, cuando uno cambia lo de adentro, ya no se preocupa por lo de afuera.

Tal vez por eso son tan esenciales las experiencias de ser impotentes que nos regala la vida. Un hijo enfermo, la muerte de un padre, el no gustarle a quien uno le gusta. Nada de eso es consecuencia de lo que hagamos o dejemos de hacer y pretender cambiarlo es ingenuo y peligroso para nuestra salud.

Cuando ya no queda nada más qué hacer, es cuando entramos al único ámbito en donde sí podemos cambiarlo todo. El que llevamos dentro.

Supongo que mañana es miércoles

Y que lo voy a ver. Operamos bajo la esperanza de tener más días que el de hoy. Y no tenemos nada seguro. No sabemos realmente si la última vez fue la última. Esa dicotomía tan extraña de los seres humanos que aceptamos la inevitabilidad de la muerte y nos tratamos de ocultar de ella en el mismo espacio de tiempo que vivimos. Tenemos un número finito de interacciones. Además, la de hoy, ahora mismo, nunca regresa, porque jamás somos iguales a la vez anterior. Estar presente, conscientes de lo que hacemos, potencia cualquier cosa que vivamos.

Por supuesto no se puede estar pensando todo el tiempo que no hay un futuro, si no, para qué hacemos planes. Pero a mí sí me ha costado hacer un balance aunque sea precario entre lo que quiero hacer mañana y lo que estoy haciendo hoy. Sobre todo con mis hijos, en los que miro un futuro. No me imagino que no estén y la realidad es que todos tenemos prestada la vida.

Tal vez por eso ahora abrazo un poco más fuerte y peleo un poco menos por cosas tontas y agradezco lo que tengo enfrente y me caigo peor por no poder dejar de hacer planes que no sé si llegaré a realizar. Hoy es martes y si me toca, veré que mañana es miércoles.

El centro del día

Me gusta mi cama. Está en el último extremo de la casa y puedo ver los árboles de la vecindad e imaginarme que no estoy en medio de una ciudad sin parques. Estoy aislada, aquí leo, escribo, vienen mis hijos a dormir, vemos tele los fines de semana y los gatos me sirven de compañía permanente.

Gravitamos alrededor de centros a los que regresamos, algunos como cometas, otros de forma más permanente. Depende de lo que necesitemos. Recuerdo que de niña, el sillón de mi mamá era ese lugar para mí. Ahora lo tengo en mi cuarto y no lo uso. En días como hoy, que he tenido que leer mucho, apenas salgo de mi cueva.

Pero hay que salir, hacer que los hijos salgan, dicen que hay cosas allá afuera que valen la pena.

Una variable a la vez

Cuando uno se enfrenta a una situación nueva, con muchas partes diferentes qué atender, se puede sentir completamente abrumado. Hay demasiadas cosas a qué prestarles atención y cada una afecta el desempeño del todo. Cambiar más de una variable a la vez, es quedarse con la incógnita de qué verdaderamente sirvió para aliviar el problema.

En los pequeños cambios encontramos la diferencia más perdurable. Es igual que pretender bajar las veinticinco libras que nos aumentamos en seis meses, en seis días. Claro que uno quiere soluciones drásticas, pero éstas rara vez perduran y, si no sabemos cómo las logramos, son casi imposibles de replicar.

Me cuesta tanto aceptar que no debo querer arreglarlo todo, al menos no inmediatamente. Es como cuando jugaba Mortal Kombat y agachaba todos los botones a la vez. Ganaba, pero no tengo idea cómo. Una variable a la vez. Aunque cueste.

Las noches son para

Hubiera contestado que para dormir hace tres meses, pero últimamente no me han servido para eso. Los días sí, y no me son suficientes.

Me gusta hacer las cosas cuando tocan. Por eso tengo horas para comer. Para entrenar, para escribir. Soy poco flexible y eso me está matando.

Un amigo me dijo que tengo que soltar lo malo. ¿Por qué uno se lo queda? Somos acumuladores que no queremos dejar nada ir, ni lo que nos lastima.

Así que debo aprender a dormir cuando pueda. Poco a poco regresarán las noches a tener su propósito.

Que las cosas vengan a mí

Quisiera no tener que salir jamás a hacer mandados. Los detesto. Pero no me gusta pedir cosas del súper a domicilio, porque prefiero ver qué necesito. Entonces me quedo en ese estado intermedio de odiar lo que hago, pero preferirlo a cualquier otra alternativa. No sirve, yo sé, para bajarme la ansiedad mediana con la que se convive en una ciudad llena de tráfico.

Así que me hago favores como ir muy temprano, cuando aún están llenando los anaqueles. Igual con el banco, igual con las instrucciones por correo. Todo se puede hacer desde mi casa. Preferiblemente en un lugar pequeño en el que me gusta trabajar.

Lastimosamente no. No todo. Hay que salir al mundo, compartirse, probar ver el sol. Y así me tienen recorriendo los pasillos llenos de gente que se queda parada con la carreta a la mitad, porque todos vamos pensando en lo propio. Es un lugar en el que se aglomera la gente, pero no socializa.

Tal vez en un futuro sí vendrán las cosas a mí y yo sólo saldré por personas.

Eso ya lo escuché

Las historias más viejas del mundo son las que más se repiten. Ya sea gustos por colores en familias, adicciones lamentables que se pasan de generación en generación, hasta las grandes sagas humanas de emociones que escuchamos y leemos en todas las culturas del mundo.

Estamos condenados o bendecidos a repetir las cosas importantes, tanto en nuestros ciclos como en sociedad. Sólo así podemos volver a enamorarnos. Si no, no habrían poemas que cuentan todo de nuevo, de forma nueva. Tal vez es por eso regresamos a escribir y a leer y ver cosas que ya conocemos, porque nos las presentan de forma diferente.

Ver crecer a los hijos nos da la oportunidad de volver a ver de nuevo el mundo como por primera vez, aún cuando ya conocemos a dónde van. Es el privilegio de haber pasado ya por allí. Y la responsabilidad de no arruinarles la sorpresa.