¿Por qué les asignamos tanto valor a las primeras veces de las cosas que hacemos? Generalmente no son las mejores, la experiencia siempre ayuda y el acto en sí no cambia de una vez a otra. Pero las atesoramos y las llevamos para compararlas con las siguientes en una forma un poco masoquista porque nada compite contra el recuerdo. Ningún beso es tan lindo como el que guardo en mi memoria que ya poco tiene que ver con el real.
Al contrario, casi nunca experimentamos lo que hacemos como si fuese la última vez. Se nos olvida que todo tiene un número finito que vamos gastándonos. Sobre todo porque vamos cambiando. No siempre vamos a poder cargar a nuestros hijos, ni llevarlos a sus clases, ni recibirlos del bus, porque crecen y se van. Así con todo. Y aunque hay cosas que es bueno que terminen, no es en ésas en las que verdaderamente nos fijamos.
Las primeras veces de una actividad son un paso cierto. Le podemos poner fecha. No sabemos cuándo es o fue la última y eso nos debería hacer querer ponerles más atención. Tal vez ya lo pasamos y no nos dimos cuenta.
