Hoy cumpliría 92 años mi papá

Y, pues, no creo que hubiera llegado a esa edad de todas formas.

Lo vi llegar a ponerse viejo sin estarlo realmente. No lo conocí. Creo que uno no conoce nunca a sus papás. No llegamos a ser adultos juntos, a compartir experiencias, a tener puntos en común. Entre padres e hijos puede haber amor incondicional, es más, creo que es en la única relación en la que lo hay, pero nunca amistad. Uno escoge a los amigos por esa sensación de paridad y camaradería. No se puede ser compinche de alguien que ejerce autoridad sobre uno. Tampoco se puede ser padre de alguien con quien debería uno ser compadre.

Los que ya no tenemos vivos a nuestros padres, vamos descubriendo en dónde se aprende de muchas cosas y comprende algunas de las actitudes que tuvieron con uno, sin el beneficio de corroborarlo con ellos. He visto cómo maduran las relaciones entre ambos con mis conocidos y es un regalo extraño. La vida permite a los hijos cuidar de los padres y hay un cambio de peso de responsabilidad, un sube-y-baja que nos pone en la posición contraria siempre, con muy breves instantes de equilibrio.

Hace poco escribí un relato acerca de mi padre que no salió fácil, pero que me ayudó a revisitar algunos aspectos de nuestra relación. Como no está él, he decidido que puedo moldear mis recuerdos a mi mejor conveniencia y hacerlos más felices para mí.

Tal vez así también se quiere incondicionalmente.

En un olvido

Encuentro la fecha del día después

Como cuando está el lápiz que uno buscaba en la mano

Me salté de lunes a miércoles, repitiendo un día en medio

Para no fijarme en la fecha. Supongo.

Pero el tiempo no retrocede para enmendar olvidos.

Ya hoy son dos días después y me alejo del aniversario.

O me acerco al siguiente. Siempre hay un siguiente.

Lamento haberme olvidado de tu muerte. No te he olvidado a ti.

El otro año no me salto el día.

¡Gané!!

Bueno, no. Llegué de finalista en un concurso de relatos cortos en España. Recibir ese correo me llenó de energía eléctrica todo el cuerpo y fui lo más feliz que he estado en por lo menos dos meses.

Escribir me ha salvado de mí misma, me ha regresado a estar con mis papás y sanar lo que quedó sin resolver. Me ha dado lugar para sentir cosas que no me suceden y para articular mis propias emociones.

Yo sí escribo para que me lean. Que me digan que lo hago bien no es algo menor, para mí, que de esto quisiera vivir. Ese relato ha sido el más difícil de poner en papel, por personal. Supongo que todo lo que nos cuesta sacar, puede tener una forma bella.

Lo cierto es que estoy feliz. Y se los quería contar.

Ahora le pongo cebolla a los frijoles

A mi papá le daba alergia la cebolla. Al menos eso decía. El vegetal estaba exilado de mi casa de forma absoluta. Crecí oliendo las cebolla frita de la vecindad, justo antes de poner los frijoles y siempre quise llegar con mi plato.

Hay cosas de otras casas que se nos antojan. Los juguetes de los amigos que son iguales que los nuestros pero que están en otros cuartos. La comida, el sofá, la tele. Tal vez de pequeños sabemos que la casa de nuestros papás, aunque nuestra, no la hicimos a nuestro gusto y queremos cosas distintas.

Recuerdo haber detestado la profusión de adornitos que sólo servían para acumular polvo. La cocina pequeña. La falta de cebolla. Me gustaba mucho más, aún me hace falta tener casa de mis papás a dónde regresar. Pero soy feliz teniendo una propia. Y le frío cebolla a los frijoles.

Se me olvidó publicar

Porque supongo que más de cuatro años haciendo lo mismo todos los días no ha sido suficiente para instaurar la costumbre, que más que eso debería ser necesidad. Me senté a escribir la entrada ayer, tranquila con un vasito de ron con soda de mandarina y me quedó bien, al menos me salió algo y ahora que me senté a escribir para mañana, me di cuenta que no la publiqué. Siempre lo hago a las 5:30a.m., porque a esa hora tengo casi siempre un momento de respiro y puedo apachar «enviar», en mis redes. Quién sabe. Ya lo publiqué.

Escribir se me ha convertido en un momento de terapia. La pantalla me rebota las ideas de regreso y las puedo ver en todo su ridículo esplendor. Es como uno de esos espejos que aumenta hasta la última de las arrugas, pero que sirve para quitarse los pelitos de las cejas sin quedar con un agujero. La precisión de ponerme en palabras y poder leerme me ha ayudado a darle un cause a las cosas que me pasan, a los sentimientos que me envuelven y a las ideas que a veces no son tan malas. Es un testigo de mi vida interior, por mucho que no cuente intimidades, porque son innecesarias.

Publicar es una decisión de compromiso. Conmigo. De mantener alguna coherencia en mi vida aún cuando está fuera del camino que me gustaba. Las palabras, el lenguaje, tiene como primordial causa el comunicar y para eso se necesitan dos personas. Cuando escribo quiero que me lean, aunque sólo sea yo misma al regresar unos días más tarde.

Hoy no lo hice a la hora acostumbrada, aunque sí lo hice de todas formas. Espero no olvidarlo mañana.

A las cuatro se regresa a casa

No importa el uso horario en el que me encuentre (y ahora que escribo, no sé si es con h o no eso del uso, pero no lo voy a buscar), las cuatro de la tarde es hora de irme de donde esté. A mi casa. Al lugar donde no hay gente que no sea mía, que no huela a mi comida, en donde no pueda encontrar mis libros. Allí está el vino que quiero tomar, la soledad que me rodea en cualquier esquina y los gatos que me persiguen.

A las cuatro de la tarde, agarro el reloj y lo señalo como si fuera un mandato. Ya es hora. Me ha pasado en museos al otro lado del mundo, cuando las cuatro de la tarde son las ocho de la mañana en el lugar en donde está mi casa. Quiero irme de donde sea que esté. Hay un imperativo de huída hacia lo familiar, no lejos de lo que conozco. Tal vez mi barrilete no tiene una cuerda tan larga y quiero siempre volver a las manos que me aseguran.

Quisiera que mis hijos no tuvieran una alarma interior que les diga que ya tienen que irse, no importa cómo se sientan. Quisiera que ellos decidieran quedarse volando, no ser barriletes, ser aves sin cuerdas, dueños del viento. Yo tengo los pies muy enraizados y me gustan mis espacios. A ellos les quiero dar el mundo entero. Y que no quieran regresar necesariamente a las cuatro de la tarde, pero sí alguna vez.

Las formalidades

La forma sigue la función. Dios está en los detalles. Las leyes de las cosas pequeñas. Las formalidades que nos indican por dónde va el contenido. Los formularios que nos piden lo importante. Hacer cosas metódicas que nos sitúan en dónde debemos ir.

Vivimos en un constante fluir entre las cosas pequeñas y lo grande. Entre las formalidades que parecen nimias y lo que nos pesa del fondo. Si nos pasamos del lado de lo externo, le ponemos obstáculos a avanzar lo interno. Pero si sólo vemos lo de adentro, sin hacer las cosas hacia afuera, tal vez no lo podemos transmitir que se nos entienda.

Ir de uno y el otro lado, no perder la forma y no olvidar el fondo. Como decir un “te amo” y sentirlo.

Vamos al zoo

De pequeña me gustaba ir al zoológico para ver a los monos. Decía que eran mis hermanitos, yo solita haciéndome burla.

Ahora tengo un día para estar solos con el niño y lo voy a llevar al zoo. Hay algo fascinante de ver animales exóticos que me hace pensar en la cercanía y similitudes con ellos más que en las diferencias. Puede uno sentir empatía, supongo que tiene que ver con la proximidad.

Igual que con las personas. Al acercarse uno un poco y ver más allá de la superficie, uno encuentra en dónde nos parecemos todos. La empatía no es un cheque en blanco para permitir las acciones dañinas de los demás, sino una capa de protección propia de uno hacia su humanidad. Reconocernos en lo bueno y lo malo de los demás nos eleva a la altura de seres humanos.

Me encantan los zoológicos. Y sigo queriendo visitar a mis hermanitos.

No sé cómo llegué aquí

Iba buscando la llave de la puerta y de pronto ya casi me topé con ella. No sé cómo llegué, obvio mi cuerpo sí. Es raro eso de estar desconectada con lo que hago y de todas formas hacerlo.

La distracción sólo sirve en momentos en que la buscamos a propósito. Como haciendo un deporte repetitivo para dejar en blanco la mente, lavar platos, ocuparse de ordenar el clóset. Cosas que podemos hacer en automático y que nos liberan. Pero la capacidad de fijarnos en lo que hacemos con enfoque preciso es parte del reconocimiento de nuestra vida. Pasarla distraído nos roba tiempo, que es lo único que no podemos recuperar.

Es peor ir manejando y pensar en todo menos en lo que uno hace.

Consuelos temporales

Saber que otras personas han pasado por lo mismo que uno, que lo superan con éxito y que siguen adelante, no siempre me ayuda. Porque estoy en un hoyo hoy y no sé qué pie poner encima del otro para salir de allí. Hoy. El futuro ese rosado de la superación me parece muy lejano, el fango que me atrapa muy pegajoso y el borde del pozo muy lejano.

No sé, tal vez soy muy extraña y las historias de superación no me son inspiradoras. Hasta que paso del primer momento de dificultad y doy el primer paso. Me encuentro con que las cosas no eran tan difíciles, ni tan negras y ya puedo salir del primer nivel de decepción en el que estaba.

Entonces, y sólo entonces, es que puedo apreciar las historias que me han contado los demás que ya pasaron por allí y perseveraron. Y yo puedo pensar que lo mismo me puede pasar a mí.