Hago, desde hace diez años, la traducción de un boletín. Es semanal, me siento los domingos al final del día, generalmente con un tequila y paso por lo menos media hora entretenida con el ejercicio. El flujo de palabras que salen transformadas me lleva a terminar una semana con algo qué mostrar. Casi siempre tengo el camino fácil, pero a veces me topo con piedras sobre las cuales no puedo pasar con satisfacción.
En todos los idiomas existen palabras que no pueden traducirse a otros de forma completamente certera. Más que una equivalencia de palabras, terminamos usando pobres analogías que no conllevan todo el peso de la emoción original. Y es que, al final del día, las palabras son simplemente un frasco para transportar significados, que se van llenando de las vivencias personales y culturales. Sólo pregúntenle a un extranjero que está tratando de aprender el español si se le hace sencillo navegar los distintos argots de cada país. Ni uno que es de aquí entiende bien y termina pidiendo explicaciones a sus amigos, sobre todo si son argentinos.
Luego están las simples expresiones que conllevan tanto. En inglés, se dice que uno se «cae en el amor» o que «abraza un resentimiento». Son acciones complejas que ya cuentan de por sí una historia. En español uno se enamora y está resentido. Son menos abiertas.
Tal vez lo que más me gusta del ejercicio es encontrar la idea original y traspasarla a mi idioma, no con precisión de palabras equivalente, pero sí con fidelidad a la intención primaria. Y eso es a lo más que puedo aspirar, incluso cuando escucho a otra persona. Porque todo va a pasar por el filtro de mi mente y sólo voy a poder quedarme con mi versión de las cosas. Como con todo. La verdad es una, pero hay infinitas realidades y algunas no tienen equivalente.
