¿Así vas a salir? Era la forma que mi mamá expresaba su desaprobación cuando yo ya no necesité que me escogiera la ropa. “Haz lo que quieras”, era otra joya de pasivo-agresividad de mi casa. Me incordian las implicaciones de ambas, sobre todo por ser ambiguas. Prefiero un “te ves fatal”, o “eso va a ser un desastre” claro y sin dobleces. El problema es que, cuando me toca guiar a mis hijos en cosas como no ir en short y t-shirt a una primera comunión, por ejemplo, debo usar tacto. Y se me han escapado las fatídicas palabras de la boca. Tontamente espero que se les alumbre un foco de sentido de la propiedad y se vayan a adecentar. No sucede. Obvio. Recurro a mi nitidez verbal y me gano un adolescente ofendido. No hay forma de ganar.
Generalmente, las opiniones críticas de terceros se guardan con todas las demás cosas que sirven de abono. ¿Qué peso pueden tener? Y llegará el día en que las mías les sean menos importantes a mis hijos. Espero, entre tanto, que hayan adquirido ya un ápice de sentido común.
