Capitulé: ya no hay nada por planchar

Es horrible ver cómo se acumulan las camisas esperando ser planchadas. Son como animales inútiles que no pueden sobrevivir sin un paso adicional a todos los demás. Mientras unos jeans o una t-shirt simplemente salen de la secadora, listos para ser usados, las camisas y cosas similares requieren que los torturen con un hierro caliente para poder servir de algo.

Adicionalmente, resultan tan anacrónicos, que supongo es parte de su encanto. Tengo pocas cosas que planche para ponerme, que no quiere decir que no lo necesiten. Es que las cosas de lino igual se arrugan de verse y los vestidos los uso para estar en casa. ¿A quién le puede importar? A mí. A mí me importa.

Así que, desde hoy, por lo menos hoy, todas las camisas están en sus serchas, con alguna medida de pericia mal adquirida. Que eso suceda todas las semanas, es dudoso.

Probar

Tenemos que abrir nuestra mente en casa para adaptarnos en estos tiempos de no poder movernos. Es extraño, pero nunca he necesito tanta flexibilidad como este año tan rígido. Ante una situación que no cambia, hemos hecho lo que se puede.

Hay que probar qué funciona. Con los hijos, sobre todo. Y sobre todo porque no funciona lo mismo con ambos. Ni siquiera con el mismo todo el tiempo. Para alguien como yo que busca establecer rutinas, este reto ha sido complicado.

Mi mayor deseo es encontrar la estabilidad cambiando lo que sea dentro del sistema que, además, no diseño yo. Y tal vez regresemos a tener movimiento hacia afuera.

Los extravíos

En los cuentos de hadas, los atajos se convierten en extravíos, pero siempre hay forma de llegar a la meta. Esa palabra es linda como concepto, porque habla de pérdidas temporales. Todo puede encontrarse, cualquiera puede regresar y todos los caminos terminan en casa, sin importar cuántas vueltas den.

Tal vez la diferencia entre una pérdida y un simple extravío sea la determinación de no olvidar el destino. Algo así como Odiseo y su necesidad de regresar a Ítaca. Todos podemos tomar un rumbo, pero sólo los que no pierden el faro de vista logran llegar al puerto que soñaron.

Lo que pasa en el camino, todos los bosques que se atraviesan, los desiertos desolados, los paisajes hermosos, son eso, simplemente el camino. He extraviado muchas cosas, ya sea porque tomaron una ruta alterna, o porque se quedaron atrás. Pero quiero creer que volveré a encontrarlas y tendremos mucho de qué hablar.

Ya expiró la suscripción

Y tengo ropa que no uso en mucho tiempo. Supongo que alguna no la volveré a usar y, si la suscripción expiró y hasta ahora, meses después, me doy cuenta, es que tampoco usaba mucho el servicio. Para ser una persona tan antojadiza, he tenido que aprender a frenar mis impulsos acaparadores. Regresé más de una vez a casa con otro bote de esmalte del mismo color que los cinco que ya tenía. Y ya tengo bastante más de un año de no pintarme las uñas.

Las cosas que no se usan, hay que dejarlas ir. Y concentrarse en lo que sí necesitamos siempre. Admito que tengo medias caladas como para no repetir en mucho tiempo y siempre quiero más. Pero no compro. Y que por otro lado no tengo cargo de consciencia para comprar libros. Ésos nunca van a ser gastos inútiles.

Dejaré que se expiren las suscripciones de cosas que no me importan realmente. Y, tal vez, me ponga la ropa que no uso. Quién me impide andar de largo y tacones en casa.

Los días sin fin

He pasado días que no pasan. Tal vez hace mucho calor y pocas ganas. Son los días que agradezco el ímpetu que llevo de la rutina y me dejo arrastrar.

Las cosas que se hacen porque se tienen qué hacer son las balsas de emergencia de la vida. Esperar a tener ganas es como esperar el clima: seguro que van a haber días buenos, pero ni idea cuándo. Todos los inciertos que hay en medio simplemente se tienen qué sobrellevar.

Así que lavo ropa, acompaño niños y cocino, como si tuviera ganas. Tal vez mañana sí me den.

Los martes, ese día que no existe

Si no fuera porque lavo sábanas y toallas, el martes podría no existir. Es un día como esas personas grises que no saben reírse de las cosas malas que les pasan. O arroz sin sal que sabe a agua. Además, es un día que me despierto aún más temprano y cuesta que termine.

Todos tenemos días de más de treinta horas, todas largas y llenas de ocupaciones sin gracia. Tal vez es para que los llenemos de música para bailar y la promesa de vino en dos o tres días. Son buenos para ir al súper, doblar frazadas y dormir con los gatos. Los martes son la goma que une los días felices.

Quiero martes todas las semanas para aburrirme y que no existan.

Siempre hay espacio para más errores

Hoy recordé que mi mamá siempre me dijo que yo era la hija que ella quería tener. Hacía la broma de haberse casado con mi papá, un hombre diecisiete y pico años mayor, con seis hijas previas, sólo por la seguridad de obtener la hija mujer que ella quería. Si era cierto, o no, la verdad es que haber recordado eso me sirvió como un cariño fuerte. Hoy no me siento particularmente adecuada como madre, hay muchas deficiencias que trato de tapar, no siempre logro compensar el carácter y me hace demasiada falta la dulzura para tratar a mis engendros.

Pero son míos. Para lo bueno y lo malo, tienen mi tono de voz, mi tendencia a explotar en risas escandalosas, el gusto por los comentarios sarcásticos y la preferencia por escuchar música todo el tiempo. Les he hecho mi paladar salado y el estilo hacia los colores oscuros. Tienen gatos. Buscan estar tiempo solos. Cuestionan todo. Les he pasado infinidad de errores, lo siento tanto, pero es lo que he podido hacer. Siempre hay espacio para cometer más y será una cuestión de encontrar al terapeuta adecuado para ayudarlos a masticarlo todo. Me ha tocado con lo mío y no es malo, sólo cansado a veces.

Mi mamá siempre me deseó a mí. Yo siempre quise tener hijos con mi esposo. Sólo con él. Son una nave. Me divierto mucho y tengo pánico de arruinarlos. Es lo que hay.

La vista desde el otro lado

Hay un refrán que dice que la grama siempre es más verde del otro lado. A uno siempre se le antoja lo que tienen los demás. Es peor aún cuando uno cree que sabe mejor que el dueño del terreno de al lado cómo cuidarlo. Nos encanta pensar que, en el lugar e otros, hubiéramos tomado mejores decisiones. Mentiras. Ni siquiera hubiéramos escogido mejor en nuestras propias vidas. Cada uno hace lo mejor que puede, con la información que tiene y con las emociones que siente.

Venir a decirle a los demás cómo vivir sus vidas, tener una opinión de lo que hacen que no nos afecta directamente, juzgar… Habría qué ver si verdaderamente sabemos mejor que los demás qué hacer con sus vidas. Lo dudo. No, no lo dudo, estoy completamente segura. Porque sólo conozco mis propias circunstancias y no tengo ni idea de qué está pasando otra persona en su interior.

La próxima vez que me moleste la opinión de alguien más, tendré que recordar que nadie me conoce. Y que probablemente ellos traen sus propias vidas a cuestas.

Siempre lo recuerdo tarde

Hacer el súper con hambre es una tortura. Sé que quiero llevar cosas inconvenientes cuando hasta las galletas maría se me antojan. Es cuestión del momento y el estado.

Como en todo. Nunca se vuelve a leer el mismo libro aunque uno lo repita, porque uno es el que ya no es igual. Lo del río y todo eso. Pasa con las relaciones, a las que uno jamás puede regresar, por mucho que sean las mismas personas.

No existe tal cosa como la permanencia, sólo la voluntad de ajustarse. Como ahora mismo que me he desviado tanto del tema con el que comencé, que no me decido entre comenzarlo de nuevo o terminar este desorden de ideas.

El estado y la oportunidad nos marcan las experiencias y aceptar que nunca se regresa a tener los mismos, que nunca volvemos a coincidir perfectamente con las circunstancias y que querer estancarse equivale a enterrarnos, es liberador. No vamos a llegar de nuevo al paraíso perdido. Simplemente ya no existe y buscarlo nos hace no fijarnos en los que vamos pasando. Estado y consciencia. O hambre y súper, cosas que sí se me juntan con frecuencia, aunque cambie de horario.

Necesito distancia

Se supone que a cierta edad (que ya tengo), uno necesita o anteojos o brazos más largos… Sigo teniendo la suerte de estar librada de ambas carencias y continúo leyendo impunemente libros en mi celular. No sé cuánto tiempo me sea esto sostenible. Sospecho que todo el tiempo que me tarde en ir a un oculista.

Lo interesante es que la distancia es equivalente al enfoque y puedo entenderlo perfectamente. Yo necesito tomar mucha para poder darle perspectiva a mi vida, sobre todo en situaciones complicadas. No siempre lo logro, precisamente porque vivo lo que estoy viviendo y eso de alejarme se me hace complicado. Pero, callar y escuchar equivalen a ese espacio y poco a poco he aprendido a hacer ambas.

Necesito distancia de mí misma y eso implica soltarme, mi ego, mi concepción de cómo debe ser mi vida, mis relaciones y, sobre todo, mi autoconocimiento. Sólo para que haya espacio para cosas mejor enfocadas. No hacerlo implica muchos dolores de cabeza.